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viernes, 24 de mayo de 2013

Come down easy

http://www.youtube.com/watch?v=TEn2cBKT6lY

Adictos a las sorpresas. De una tarde como estas tardes de otoño en las que el sol seco se puede combinar con viejas penas y hacerlas llevaderas. Tomar el dolor y llevarlo a todas partes con nosotros, y olvidarlo en un lugar, un día, sin que nos demos cuenta. 
Podemos ser la tristeza de nuestro presente doliente y, sin embargo, ser esperanza de esa tarde que se hace noche y se diluye en las risas de los amigos.
Y bendita esa relación: la de la amistad. Y el viejo sueño lejano que trae el viento que habita bien en lo profundo de cada mirada. Si todos los sueños secretos se pusieran en las mesas de los bares, sólo habría bares de alegrías. Todas las cosas que nos hicieron felices, cada momento impregnado en vivencias que saltan a la memoria a través de lugares y de paradas de colectivo, se materializarían en la magia que sólo puede tener el realismo. 
Abrirse a las sorpresas es un privilegio, uno de esos que sólo puede obtener un realista. Porque el mundo nos dice que nada sabemos de él y que los hechos se encadenan más allá de lo que podemos controlar. Cuando soltamos ese control, nos pegan las casualidades.
Dejar ir papeles que condenan, hábitos obsoletos que nos llevaron a nada, basados en ideas sin importancia, en deseos impregnados sin un sentido. Agarrate fuerte a lo que tiene que ver con vos, porque eso es lo único que vamos a amar. 
Pero, sin embargo, volver y encontrarte es una de las estúpidas ideas que resisten los embates del tiempo. Y el show de nosotros, los estúpidos. 
Gracias a Dios, hay todo un mundo de estúpidos.


Cata critica el abandono al que la estoy sometiendo. Sé que no logra olvidarlo, que el verano en la playa no le fue suficiente, como si algo aún no cerrara en su cabeza. La veo manejar y mirar detenidamente los bares a los que él solía ir. Después me pregunta porqué la miro, se ríe, pero su risa se vuelve amarga. "Quiero ver a Juanchi", me dice a veces. 
Tal vez debería insistir (tal vez debería haber insistido) en que lo olvide, pero hay historias que necesitan vueltas de tuerca, que necesitan morir en acciones, pero, en definitiva, morir. 
Cuando era más chica, leí algo que decía que los amores que nunca se dan, que nunca se manchan, que nunca se marchitan ni se concilian en día a día, son aquellos amores que nunca mueren, porque lo que es joven no muere nunca. Tal vez hay que marchitar, acelerar el pulso hasta que, finalmente, todo dé lugar al silencio, a la lejanía de acción, al cese del movimiento, a la muerte del deseo.
- Contame del tarado ese -me dice, mientras le da una seca profunda a su cigarrillo maltratado.
Se refiere a Rodrigo Garay.

Le digo poco, porque estoy en el momento en el que las vivencias son más profundas que el recuerdo de ellas. Le podría decir que apenas nos vimos en la segunda cita nos besamos, que nunca retrocedimos y que nunca hubo que empezar de cero hasta llegar al momento del beso; que cada mañana recibo su mensaje de "buenos días" y él recibe mis "jajaja", que me manda canciones y yo le mando curiosidades, que  lo escucho hablar de su hijo y logra que esa dimensión, desconocida para mí, no sea la dimensión enemiga; que me conmueven sus historias y a él, mis confesiones. Que creo que se está enamorando de mis detalles. Que aún no conoce mi casa, pero yo sí la de él. Que me encanta cómo quiere a los suyos y hasta me motiva a expresarme con los míos: pregunta el nombre de cada integrante de mi familia: me cuida, me presta atención, escucha detenidamente cada palabra que digo y la hace suya y la usa en sus propias palabras. Que sólo nos vimos cuatro veces y ya pasó todo ésto. Y en una semana. Que todavía no estuvimos juntos (si sabe a qué me refiero).
- ¿Ya garcharon? -pregunta Cata y me saca de ese ritmo privado. 
- No. Y la pelotuda ya está enamorada -dice Santi, que se asoma desde el asiento de atrás. Me quedo mirándolo con los ojos como huevo, sorprendida por casi haber olvidado que él estaba ahí , sorprendida porque responde por mí, sorprendida porque a veces padezco por mi exceso de exposición. 
- No diría enamorada -contesto, entre enojada y (de nuevo) sorprendida. 
- ¿De dónde salió ese Rodrigo? -pregunta Cata, sin dejar de prestar atención a la gente amontonada en la puerta de los bares.
- No me acuerdo.
- ¿Vos sos demente? ¿Vas a tener sexo con alguien que no conocés? -me dice ella de manera exagerada. Me hace todas las preguntas que yo no me hago. 
- Dice él que nos conocimos hace diez años... De alguna manera, lo tengo en Facebook. Y dio la casualidad que me lo crucé el año pasado... una vez que iba en la bici y choqué contra un árbol. Él me levantó.
- Diez años ¡Qué viejos somos...! -contesta ella. Su única observación. 
- Pero no me acuerdo bien lo que pasó... Parece ser que nos juntamos en una casa, en esa época lo hacíamos mucho, salimos, creo que estabas vos también, Cata. Me iba a contar, pero siempre nos distraemos y terminamos hablando de cualquier otra cosa...
- Y la boluda ya está enamorada.
- Santiago, basta. Estoy encantada, no enamorada. 
- Hoy a la mañana me llamaste y me dijiste que tenías una noticia increíble. Y ahí me dijiste que estabas enamorada, chiquita. 

Me perdí en mis pensamientos mientras miraba la noche a través de la ventana, recordé la charla. "¿Encontraste un bar en el que pasan buena música? ¿De esa que nos da ganas de pararnos en las mesas y bailar?", respondió Santi, esta mañana, cuando le dije que tenía una noticia increíble. Probablemente puse la misma cara que había puesto al mirarlo sorprendida... ¿Cómo hace esas conexiones extrañas?
Le dije que estaba enamorada, o, más justa aún con la verdad, le dije que no lo había llamado porque había estado muy ocupada enamorándome (Santi tenía razón, yo lo había dicho). Pero lo cierto es que suelo ser exagerada a la mañana después de andar en bicicleta.

- Dejala que disfrute lo que le está pasando... Ustedes son terribles - Ese era Dany, amigo de Santi, que estaba acongojado en el asiento de atrás y quién también había olvidado que estaba... Debo estar borracha. O peor, debo estar enamorándome. 
- ¿Y por qué no está con nosotros...? ¿O por qué vos estás acá con nosotros? -insistió Cata.
- Porque los extrañaba...
- Dale.
- Porque tenía salida con su hijo.
- Vayamos acá -gritó Dany de la nada y saltó como un niño. Tocó la cabeza de Cata y la hizo poner violenta.
- Bueno, bajemos acá, pero esperá a que pare. El otro día te tiraste del auto... Vos estás loco.

Me acostumbro a las caras de ese boliche-bar cuando entramos. Y mientras busco con mi mirada una mesa cercana a la puerta, Santi huye al baño.
Veo un mensaje. Pasé varias veces por este momento: miro la pantalla, espero que vuelva la luz y veo su origen, y deseo... deseo que sea el mensaje que espero, pero siempre con un dejo de miedo, de desesperanza. Últimamente, soy una exitosa de los mensajes y este es, efectivamente, de Rodrigo. Un mensaje de "Buenas noches".  Pero no me sonrío. Me quedo quieta. 

Quiero decirme que soy feliz, pero sólo puedo preguntarme qué quiere él, porqué (me) hace ésto. Una sensación se deposita en el estómago: "¿Qué estoy haciendo?", me digo. Trato de decirle a Cata que estoy mal de la cabeza, que debería estar contenta, pero no es así...

Y en ese momento, la mano de Cata se clava en mi brazo, paraliza mi voz. Me aprieta tan fuerte
que me hace enojar. Como si eso fuera poco, se tira atrás de la mesa, llevándome con ella: casi caigo, pero me mantengo agarrada de la silla mientras la sostengo, o mejor dicho, mientras ella no me deja otra opción que la de sostenerla.
Miro hacia el punto al cual había mirado y detecto una cara que conozco mucho, pero no de la vida real. Es una cara que yo había mirado por horas en las fotos, una cara que nos mira y se acerca, se abre paso entre la gente.
- "Kate" -le dice.
 Juanchi.
Mi corazón late como si fuera la involucrada en esa historia que ni siquiera me pertenece. Santi viene hacia nosotras, pero lo ve, lo reconoce y se desvía.
Cata finalmente asoma de los abismos: su perfil claro se ilumina a medida que sube. Se para nerviosa, me mira, amaga a presentarnos, pero las palabras no salen.
Rápidamente repaso sus sueños: comprendo que poner demasiado en un deseo inmediato y que este suceda coloca en él una carga irracional. Casi puedo ver cómo todo el cuerpo de mi amiga responde a ese llamado misterioso, cómo se acopla a este evento sorpresivo. 
Digo alguna pavada que la trae a la vida y me muevo para darles espacio y soledad. Me deslizo hacia Santi, tentada por la simetría a la que nos somete a veces el universo.
Los vemos interactuar, nosotros en silencio. Es muy clara la atracción entre ellos, atracción que se había mantenido intacta por seis meses y, tal vez, que había cobrado fuerza en el misterio en el que nos convierte para el otro ese tiempo. Las manos se buscan en cada ocasión, las miradas se llaman, incluso cuando él no deja de mirar hacia dónde estamos nosotros. 

No recuerdo cuánto tiempo pasa. Pero sí recuerdo que esto ya me pasó a mí...
Una chica parte desde algún punto, nos atraviesa a Santi y a mí (a mí me mueve de mi lugar) y llega hasta ellos: empuja a Juanchi con la violencia suficiente como para alejarlo de nuestra amiga.
- ¡¿Vos te crees que yo soy boluda?! -le grita. Él mueve las manos dando explicaciones que sólo Cata puede oír. No lo miro a Santi, pero sé que camina hacia ellos con los mismos pasos con los que camino yo.
Y ahí está Catalina: paralizada, mirando hacia la puerta. Juanchi se aleja con esa chica, sin siquiera darle una explicación a mi amiga que huye hacia la puerta.
Santi y yo la perseguimos. Abandonamos a Dany, pero, después de todo, él es adulto. Lo entenderá.


Todo fue silencio después. Me pregunto porqué nos olvidamos que ya pasamos por esto, ¿acaso debería ella también llenarse la puerta con papeles que digan que cuando algo no nos cierra, tal vez, se deba a que simplemente no se ajusta a lo que buscamos? 
La luz sigue siendo la misma esa noche, entra por la ventana y se funde con el silencio. El espacio se hace perfecto y la iluminación es lo único que se atreve a irrumpir.
Tomo fuerzas de la nada y hago lo que todos quieren pero nadie se anima: prendo la radio. Gracias a Dios por la música, la música en un auto, cuando la noche ya se hace fría.
Adictos a las sorpresas, a las buenas y a las malas. Lo irreal se nutre de estas últimas.



Miro mi celular, tratando de adivinar los deseos de Rodrigo a través del aparato. Y de encontrar alguna pista en las palabras, en las letras. Me estremece pensar que esta oscuridad nace en el momento en que doy forma a este mal inminente: los dolores están a la vuelta de la esquina, los golpes, como el que mi amiga había recibido esta noche, ya me doblegaron con fuerza en el pasado. Alguna parte de mí quedó prendada de malos tragos y necesita mirar hacia abajo, controlar los pasos. Esa oscuridad comienza a apoderarse de mí. La mano de Santi descansa, de pronto, en mi hombro, como si pudiera ver la cantidad de imágenes que se suceden y se golpean en mi cabeza.
Para mi sorpresa, llega un mensaje más. 
"Hermosa, seguro estarás por ahí con tus amigos. Quería decirte que te extraño y desearte buenas noches otra vez".
La oscuridad se enoja más. Me vuelve un animalito indefenso y peligroso. Y Rodrigo parece no entender que mi yo más turbia y más densa me dice al oído que nunca olvide que lo que empiezo a querer se aleja de mí.
Vuelvo a depositar los ojos en la luz.
- Dejá que esa idea se vaya... -dice Santi al aire. Se refiere a Cata, a mi, a los miedos, al pasado.








viernes, 17 de mayo de 2013

This magic moment

- Necesito que me lo cuentes de nuevo -dice él.
Estoy en una cita. Y mi cita quiere saber sobre la cita que no fue.
Ya llevamos tres tragos encima así que las cosas son sueltas, fáciles.
- Ya bastante tengo con las cargadas de mis amigos...¿Vas a seguir tomando?

Rodrigo Garay se termina su Negroni. Le hace una seña a la moza porque prefiere volver a la cerveza.
- Contámelo como lo contarías en un cuento. Sé que te gusta escribir, veo tus publicaciones y me río mucho...
No me pareció un mala idea. Tal vez era la forma más catártica de confrontar la situación.

- Bueno, había esperado ese momento por más de un año, y sucedió: Pablo me invitó a salir. Estuve pintándome un buen rato y hasta me puse tacos, lo cual marcaba una diferencia, yo nunca uso tacos, pero era una cita... Me pasó a buscar en su auto, me regaló un libro. Le di un abrazo y se puso nervioso... "Señal de que le gusto", pensé.
- No te culpo, yo pensaría lo mismo.
-  Fuimos a su pizzería favorita y elegimos pizza de rúcula y jamón crudo. Me preocupó...
- Terminar con rúcula en el diente.
- Exacto. Después surgió el tema bebidas: no quería tomar, porque él no es de tomar...  -digo, mirando preocupada la velocidad con la que desaparece el líquido en la boca de Rodrigo Garay. Sus ojos son sumamente simpáticos y nunca para de reír. Continúo con el relato -: Entonces decidí no tomar, quería igualdad de condiciones, que me viera como una mujer seria.

Rodrigo le sonríe a la moza, y su preocupación hacia la gente me resulta tierna. Empiezo a encontrarlo encantador, pero no es que no haya sido así desde el principio, sólo que comienzo, literalmente, a sentirme atraída hacia él. Sin embargo, no me acerco mucho. Cuido mis movimientos.
Pese a su simpatía, veo que me mira con seriedad, como si realmente hubiese pensado mucho en este momento en el que me tiene enfrente. Cada una de sus palabras está llena de sinceridad y me mira con atención. Sigue el movimiento de mis ojos y no se detiene en las manos; exageradamente se concentra en mis idas y vueltas y hace que no exista más que lo que le cuento.
Por lo pronto, yo sigo contándole lo que me había pasado  el día anterior:

- Ahora empieza lo surrealista... Llega la pizza -y le remarco a mi interlocutor la doble zeta- y me preocupa cortarla prolijamente. Se me ocurren mil maneras de cometer torpezas...Mil maneras de decirle algo incorrecto, a él, a ese hombre casi perfecto alejado de todo lo mundano. Esperé un año este momento. Momento en el que él me pregunta si ando con alguien. Le cuento que estoy sola, lo cual es cierto, esperando al indicado...
- Ay qué tierna -comenta mi cita.
- Él me dice que también. Lo miro seductoramente...Así. - Le muestro a Rodrigo mi mirada seductora-. Pero que nuevamente está en problemas, porque la chica de la que está enamorado y con la cual planeó un viaje es más pendeja.
- Auchhhhhhhhhhh.
- Y se siente algo histeriqueado y siempre hace lo mismo, comete el mismo error una y otra vez... Para ese entonces, Rodri, los ojos empiezan a ponérseme rojos. Te diría que el alma abandonó mi cuerpo, pero no, eso me pasó tantas veces que aprendí a detenerla.
- ¿Lloraste? - Me gustó que siguiera la línea de la seriedad, porque por más gracioso que sea, ese momento no fue un buen momento.
Lo cierto es que en aquel momento -que un día después parece lejano y se disoció de mis emociones- viví el típico quiebre de la mala noticia: llegó enseguida a mi cerebro y la información tomó posesión de mi cuerpo. Me di cuenta cuántas expectativas tenía yo en Pablo, como si fuera la única persona en el mundo capacitada para entenderme, aquella capaz de conectarme con mejores momentos, la única con la que podría ir al cine y hablar horas y horas de datos irrelevantes y de esos recuerdos de cada escena que sólo un obsesivo por la belleza puede tener. Ese quiebre que retuerce el estómago y construye un nudo... no llegó a ese punto. Enseguida entendí la insensatez de todo esto. Yo no tenía ningún sentimiento de ese tipo por esa persona concreta, ese sentimiento tenía que ver conmigo y se resolvía en mí. El resto es anécdota:
- No, no lloré. Subí las piernas a la silla, me relajé y finalmente cedí al impulso animal de comer la pizza con la mano.
- Buena jugada... -dice- ¿Esto vos lo inventás o tu vida es así?
- No sé, tal vez estoy maldita.
- O lo contrario. Creo que uno genera estas cosas cuando tiene un alma muy inquieta, un alma contenta, feliz... Uno sale a la calle con cierta magia y provoca cosas. Espero que algún día puedas controlar ese impulso a tu favor. Pero por favor, continuá.

Puedo decir que me deja algo perpleja. Hace mucho que no tenía este tipo de conexión con alguien. Casi estoy de acuerdo con él, casi creo haber tenido esa conclusión yo misma, pero alguien más puede verlo. Alguien más puede ver a través de mis ojos. Lo siento ansioso por mis detalles y sé que son muchos. Conviene guardarlos, conviene sacar la artillería pesada de a poco.
Sigo con mi relato.

- Ya no me importaba nada. Pero esto no fue suficiente:  me cuenta que se pregunta porqué no puede andar con alguien de su edad, como, por ejemplo, aquella chica con la que se junta para mmmm y con quien tiene mucha piel, pero es sólo eso.
- El príncipe azul es uno más, ponele. 
- Mientras me cuenta esto, yo ya paro a la moza y le pido que cambie mi agua por cerveza. "¿Chica?", pregunta ella. "No, traeme la de litro, por favor".
Rodrigo muestra la mejor de sus sonrisas: esa que estalla en carcajadas graduales, relajada, a la que no le importan las arrugas del costado del ojo. Hace mucho tiempo que no veo a alguien que ría así. De hecho, es simple eco de la alegría que duerme en mí, esa que espera ansiosa por ser despertada.
Me roba el beso que no daba desde el belga. Pero decir que lo roba es injusto. Simplemente nos miramos. Le pido que deje de mirarme y mi cara se acerca, su cara se acerca.

Pensemos en impulsos: en esa extraña posesión de la naturaleza que nos mueve a hacer cosas. Imaginemos cómo, en esa situación, el impulso de estampar mi boca en la suya se hace imposible de evitar. Y así vivo uno de los momentos más cursis de la vida. Me asusta un poco el creer que estoy en un cuento de hadas, de príncipes, de princesas y yo ya no soy el sapo.
- Tenía ganas de hacer esto...
- ¿Sí? -contesto de manera torpe porque tengo una boca en la mía.
- Desde que cruzaste la calle corriendo y riendo. Te hubiese dado un beso.
- Algo querías decirme... - Yo había sabido esto desde antes de cruzar la calle corriendo.
- Tengo un hijo.

¿Qué me pasó? Me pregunto: ¿qué me pasó que no fue relevante entre nosotros?
Supongo que crecí, supongo que entendí que el amor y que las ganas de conocer a alguien son las únicas razones suficientes para seguir adelante. Vueltas que da la vida terminan por romper cadenas sin sentido, y ya a esta altura, pretender que no hubo un intento de otra vida en todos nosotros es simplemente inocente y inadecuado, pretender encontrarnos sin historias es insólito. Amar después de crecer tiene que ver con amar una historia. Atraso y adelanto mi vida y me veo desde diferentes perspectivas, pero algo nuevo se mueve atrás de mis intenciones, algo nuevo opera en mis hábitos. Una liberación de prejuicios.
Mi respuesta a su confesión es un silencio de naturalidad, porque, como dije, yo ya lo sabía. Por otro lado, me iba a permitir la oportunidad de conocer a alguien distinto.


Rodrigo promete que cuando nos veamos (y lo mejor es que sea cuanto antes) va a contarme cómo nos conocimos diez años atrás y todo lo que pasó ese día.
A la mañana siguiente, monto la bici algo dormida y voy en ella hasta el trabajo. Mi energía es muy buena como para ser desperdiciada en el subte. La verdad es que apesto a cigarrillo y a optimismo.
Respiro hondo y me recuerdo que no estoy exenta de las vueltas incontrolables del mundo.
Con toda su atención puesto en mí, Rodrigo hace fáciles mis días por un tiempo.
Lo único que hace que esta historia vaya a ser un pasado es aquello de lo que más cuesta liberarse: los miedos. Los miedos también operaban esos días en mí desde los rincones más oscuros de las historias pasadas. Entre la adrenalina de un beso y de la respuesta del amor ante el amor, descansa ese monstruo que espera colarse en las emociones. Y no se iba perder este momento.















viernes, 26 de abril de 2013

The Fairest of the seasons

- Alguna vez vamos a decir que estos días fueron los mejores días -dice él que yo dije hace diez años.

 http://www.youtube.com/watch?v=CzGt9CZplyE



Escuché por ahí que todo en la vida, incluso ser una mejor persona, tiene elementos físicos.
Creo que en algún momento habría renegado de esto. Un día como hoy, que podría haber sido ayer porque los días son confusos cuando son largos e intensos y mi mente ya no es la misma, alguien habló de una puerta pesada que hay que abrir cada vez que nos queremos conectar con lo mejor de nosotros. Y para tener fuerza ¿qué es mejor que ejercitarnos?
Estos días que pueden estar matándonos, desconectándonos de ese centro de garantía y seguridad, son, sin duda, los que darán que hablar. Y son los que quizás ejercitarán la constancia a la hora de abrir esa puerta pesada.
Pero es Rodrigo Garay quien atajó estas reflexiones (no yo misma) para luego traerlas a un plano que se hizo más real y encantador.
Rodrigo Garay sabía querer desde que tenía memoria: conoció todas las formas de amor posibles y eso lo hacía un gran hijo, un buen hermano, primo y amigo, un amante atento y un padre ejemplar.
Disfrutaba de misterios y enredos emocionales sin verse afectado.Traté de imitar su conducta y las charlas que tuvimos, algo enredados en nuestros besos, tenían que ver con todo esto.
Sus decisiones, incluso las más alocadas, nunca lo habían desvelado, y cuando apostaba a algo no padecía ansiedades, no padecía de reflejos morales ni metafísicos al respecto: sabía que esa idea había sido puesta en marcha y los seres humanos sólo debemos confiar en el tiempo y en entregarnos.
Eso creíamos esa tarde en la que teorizábamos todos nuestros posibles y futuros choques, en la que practicábamos algo del amor. Y sin embargo, cada uno a su manera, habíamos pasado las etapas del amor.
Ese viaje que él había hecho, diez años atrás, era parte del proceso de ser uno mismo: su curiosidad de mundo era demasiado grande como para desplegarse en esta ciudad, así que partió hacia España con una novia: el viaje duró diez años; la novia, días. Pero no la recordaba con rencor, sino como una pieza de ese proceso, una pieza para la que él también era una pieza. Sucede que cuando uno cree amar y ese amar se va, aunque sea con un dolor inicial, uno recuerda al otro como una posibilidad que nunca sucedió; como si ese proyecto inicial hubiese sido para otra persona, porque uno cambia cuando los sentimientos cambian y lo que podría haber sido no es más que una alienación de la realidad y un juego de la memoria confusa que, al evocar situaciones, no hace más que repasar un obra retocada infinitamente.

En este trayecto en el que todavía estoy, yo no lo conozco. O, mejor dicho, no lo reconozco. Nos habíamos cruzado hacía diez años.
Por ahora solo recibo mensajes erráticos; mensajes que hoy me sobran, pero que mañana echaré de menos.


La temperatura va bajando como baja aquel telón del teatro en el que ahora estoy. Mientras la obra termina, el verano también lo hace. El otoño despliega su encanto y trae viejas sensaciones, y algo de calma, esa calma que sólo tiene lo nuevo. Pero es lo nuevo que no es nuevo, eso que quizás siempre está ahí: los balcones, que son parte de una arquitectura a la que nos habitúan nuestros días laborales, forman una nueva entidad. Esta Avenida de Mayo, de la que este teatro toma parte de su nombre, se desdibuja en otro escenario, y de esos balcones comienzan a asomarse personas que entienden que el día terminó. Las luces se encienden casi al mismo tiempo, como si otra mente programara la vida salvaje de la ciudad noctámbula. El aire festivo se materializa en botellas que tienen en sus manos. Yo solo tengo mis dilemas y la idea de evaporarlos escribiendo. Escribiendo estas líneas que nunca creo que alguien vaya a ver...
- La temperatura va bajando como baja aquel telón del teatro -me dice Alejandro, que pululaba atrás de mí, pero yo no lo había visto. Se había colado en la oscuridad y me había leído-. Romántica y pelotuda...
Cierro el cuaderno rápidamente y ni lo miro. Él se sienta a mi lado y prende un cigarrillo. Me convida uno:
- No, gracias, acabo de fumar.
- ¿En qué andás? Aparte de andar reviviendo a los alemanes del siglo XVIII.
- Buscaba estar sola... Mucha gente en la oficina estos días. Me quedé algo alienada y recién ahora recobro el diálogo conmigo misma.
- Entonces mejor no me cuentes nada, no quisiera participar de ese diálogo esquizofrénico... ¿Algún amor por ahí?
Lo miro fastidiada.
-Todos preguntan lo mismo cuando se quieren poner al día con una persona -dice.
- Otros preguntan por el trabajo...
- Es buen parámetro para saber qué es lo que le importa a cada uno -remata, absorbe con fuerza el cigarrillo apretado en sus manos, pero nunca saca la mirada del ciclista que pasa frente a nosotros. Esta noche descontracturada es una invitación para no preocuparse por los autos. Por algún motivo desconocido empiezo a pensar en llegar a casa y en hacerme un té de vainilla. El té es una de las mejores cosas del otoño.

- Sabía que andabas en alguna -contesta, cuando le cuento que Pablo, el galapaguense, me había invitado a cenar al día siguiente-. Parece que finalmente se va a concretar esa historia perdida.
Nos reímos. Me levanto y lo saludo: es hora de volver a casa.



Amo cenar desayunos, de hecho, es uno de los platos clásicos de José Hernández.
El té de vainilla y las tostadas nocturnas se ven tibias en la mesa llena de miguitas. La luz del costado alumbra lo necesario. Y mi computadura encaja a duras penas en todo el despliegue de esta cena que es sólo mía.
Cata me responde a la pregunta de "Qué harás este findelargo" (así escrita por mí, a las apuradas). "Pienso estar borracha todos los días...", es su respuesta.
Pero otro mensaje azul me espera: "Seguís atropellando árboles con la bicicleta?". El mensaje pertenece a un tal Rodrigo Garay.
Pienso unos minutos qué es lo que me dice esta persona. Pero me distraen mis nuevos vecinos que están ensayando: pese a las quejas, prefieren hacerlo de noche.
La música entra por mi casa de manera afinada, como si viniera de varios lados a la vez. Alguien chista afuera y me asomo al jardín. Un viento alegre revolea las hojas apiladas y se desparraman en un baile inocente sin tragedia. Una ventana se cierra con fuerza: bien podría ser el viento o alguien enojado.
Muchas veces hablamos con Sol de los mensajes o, mejor dicho, de las señales. Mi hermana es una gran estudiosa de las señales. El universo cantando, el universo bailando, el universo gritando, el universo disfrazándose de gato que aprueba o desaprueba. Miramos pasar la vida y nos sorprende frenar siempre en la misma calle, como si algo nos quisieran mostrar algo. Y ahí en el medio, nosotros con nuestros dramas, jugando a que somos los actores principales de una obra con final feliz. Amé y odié las señales, pero siempre cobraron sentido más adelante, hasta que un día cobraron sentido en el momento justo.
Pero algo que nadie dice sobre ellas es que a veces, para aprender, hay que desoírlas. Tal vez la señal entre todas las señales sea que hay que equivocarse: creer que debemos enviar un mensaje en un arrebato (y hacerlo), creer que mañana recibiremos respuesta sobre un nuevo trabajo, creer que el cambio de estación nos llenará de novedades. O bien, concretamente, creer que tendremos una cita.
Pienso en la ropa que usaré mañana para ver a Pablo y con inocencia busco la belleza en mi cara frente a un espejo, una remera negra que me encanta, pero que siempre olvido que tengo... (lo mismo que olvido mi cara). 
Y las señales nos gritan, nos dejan sordos, para que no podamos oírlas.










viernes, 8 de marzo de 2013

Tangled up in blue

- Siempre amé esa enorme capacidad para llorar que tenés -me dijo ella. Aún no lo sabía, pero se estaba despidiendo.
Por Dios que hacía calor en esos días. Digo: ¿estuvieron este enero y este febrero en Buenos Aires?
 "¿Quién dejó abierto el horno?", gritaba un señor desde una vereda.
Díganme que no estoy loca y que padecieron lo mismo que yo: caminaban por la calle y un minuto al sol, esperando que cortara un semáforo o que alguien acelerara el paso, hacía que los pensamientos se dispersaran, que la ira cobrara dimensiones básicas y que la temperatura doliera. Era como entrar en un horno, y movernos entre una masa hirviendo, una goma pesada apoyada en el piso; naturalmente, y por mala costumbre quizás, creíamos que con cada paso íbamos a llegar a un lugar en el que un viento nos aliviara, pero no, la quietud del calor abarcaba todo. Respirar quemaba las fosas nasales  -parecía una mentira, un montaje-, y no encontrábamos el espacio en el que nuestra nariz pudiera dar ese suspiro, esa inhalación que permitiera desempeñarnos como la especie dominante que somos. Alguien nos vendió un clima templado, con las obligaciones y el modo de vida que tal situación amerita, pero no, llegamos al siglo en el que el mapa de color amarillo nos abarca.
"¿Estamos en el Ecuador o qué?", gritaba un señor por la calle. La gente lo miraba con odio. Ni una sonrisa en la vereda... Hasta que sí: sonrisas cómplices de compasión.

http://www.youtube.com/watch?v=YwSZvHqf9qM

Mientras los grados nos derriten, yo estoy deshaciéndome, sacando de encima todo lo que no soy, todo lo que dejé que eligieran por mí. Como un hilo que va desenredándose, buscando qué hay en ese fondo fijo, estable, en el núcleo.
Soy de migrar eras y los cambios le calzan bien a mis zapatos. Quizás soy ultra maleable como el agua, que entra en cualquier lugar, se adapta, se mueve, se transforma.
No es culpa de nadie que la propia naturaleza nos mueva, nos aleje de nuestros hermanos de ruta y que nos vuelva a encontrar. Seguir esa ruta después de enamorarse de ella implica focalizar.
"Encuentra tu alegra y focus", había dicho Amie, en esa mezcla increíble de idiomas que hacía que sus consejos fuesen más legendarios de lo que eran. Amie había seguido su camino, y, si ahora no me equivoco, debía estar rumbo a Japón: "Es mejor para mí ser sola", me confesó la última vez que nos comunicamos , después de tres serias relaciones fallidas en poco tiempo. ¿Acaso también lo era para mí?

Sol me trajo de nuevo a un presente focalizado cuando me hizo apurar el paso. Es mi primer caminata urbana desde que regresé, y más allá de reencontrarme con mi mejor amiga, no tiene nada de atractivo. El calor me está matando, lo mismo que estos zapatos altos. 
- Me encanta ver que no volviste como una hippie roñosa. Cuando volviste de Ecuador estabas tan dejada... ahora estás hermosa. Me encanta.
Lo que a mi no me encanta es el hecho de haber tropezado tres veces ya.
Sol retoma el monólogo en el que dice que tengo la increíble capacidad de llorar mucho y que eso hace que apacigue el dolor, que evito así, de esa manera, que la ansiedad se apodere de mi organismo.
Ella siempre me recuerda que el cuerpo tiene memoria, así que cada hábito que nos haga bien puede conectarnos enseguida con algo de luz cuando todo se vuelve oscuro. Explotar en llanto, para ella, es un buen hábito. ¿Cómo le explico que ya no quiero llorar...?
- Me voy de Buenos Aires -lanza al aire y ni se inmuta. 
En ese momento extraño en el que abandono mi cuerpo, veo las caras borrosas de la gente, pero una cara comienza a definirse entre todas. Un rostro de otro lado, que nada tiene que hacer en los pasos que camino, se planta frente a mí con una nitidez que provoca de todo.
Sol nota que pierde mi conexión. Yo noto que pierdo, otra vez, el equilibrio. En esta ocasión, tengo poco tiempo para reaccionar, y cuando tomo algo de conciencia me doy cuenta de que estoy muy cerca del piso. Hago mi mejor movida y quiero creer que fui como una gacela que volaba por los aires, con mi divino vestido floreado.

Ante la mirada impresionada de Sol, esa presencia que ella nunca había visto en persona, Paco, me levanta del piso.
¿Cómo le explico a él que no soy la misma, o que no quiero serlo, o que quizás lo soy pero soy más fuerte, o que soy más débil pero nunca la misma? Tampoco me lo puedo explicar a mí.
- No cualquiera cae de esa manera... -dice, y se porta como un caballero.
En cuatro minutos de charla me entero que tuvo una hija, que es feliz; él se entera de mis viajes, de lo intenso que fue el 2012. Le presento a Sol (y de paso, le resuelvo a mi amiga la intriga de no haber visto nunca al hombre que me había dejado patas para arriba).
Nos saludamos con un abrazo y seguimos.
No sé porqué, pero creo que es la mejor forma en la que podría habérmelo encontrado.
- Por lo menos, estabas hermosa... -comenta Sol, como para que yo no pensara en la caída. Enseguida supera el momento en el que podría no haber sabido qué decirme. Lo gracioso es que no importa. Nada es más que la afirmación de mi propia vida. Creo que alguna vez hice las cosas bien...
Pero todo lo que me importaba era que Sol se iba. Yo no la podía detener. Ahora sí, las cosas iban a cambiar. 
- ¿Crees que vas a estar bien sin mí? O sea, solo con decírtelo, te caíste y te encontraste con Paco. No sé si es el universo pidiendo que me quede, o diciendo que me vaya.
Me sonrió, como hacía mucho que no veía.
- Como si no me hubiesen pasado cosas peores... 

Supongo que eso era todo. Lo de mi amiga estaba decidido y esto no había sido el anuncio, sino la despedida. Yo la acompañé a hacer un par de cosas y a cerrar otras tantas. Ella me acompañó hasta la puerta de casa. No se movió hasta que atravesé ese jardín que ella amaba y hasta que desaparecí en mi edificio.
Adentro sonó el teléfono.
Supongo que puse a Santi al día. 
- Se viene la tormenta -me dijo.
- Ajá.
- Sos como el clima.
- ¿Insoportable?
- Inestable. 
- Mañana te veo a la noche... pero ¿qué pensás hacer durante el día?
- Voy a ir a reciclar botellas -contesté.
- Planes locos los tuyos chiquita... 
- No me cargues, sabés que me divierto a mi manera.
- Lo, deberías empezar a salir. Creo que es una pena que no conozcas a nadie.
Me dejó pensando.
Ni él ni yo sabíamos que se acercaba un hombre que iba a sacarme de esta caja de cristal...





jueves, 21 de febrero de 2013

Hard sun

Realismo mágico.

Es lo que abunda en la ciudad que habito: esa ciudad que me vio nacer en muchas formas, innumerables veces, y que me verá morir una y otra vez aplastada en sus calles; desde su fondo, el río me trajo lluvia pantanosa y me sugirió en humedad, me arrojó padecimientos y me curó en romanticismos, en poemas y poetas, música de todos los mundos posibles... ¿Soy una tragedia o soy un milagro?...Te preludio en este viento... Pero algo quería decir.
Y caigo de rodillas... Caigo. "Reíte hasta julio", dijo ella.
Me quedé sin música para pensarte...Amar. Querer. Te quiero. Fuckin love you. Ik houd van jou. Mi amas vin.
Cuánto hay de mi en vos...
Trágicamente, corro tras las hojas y descubro que se aleja de mí ese pedazo de papel que decía: "Volveré por ti".


(http://www.youtube.com/watch?v=e4uTEhDqa_s)

Recuerdos. Memorias. De alguna manera, todo esto quedará atrapado en un universo que no es real. Impregnado y pegado, arrancado de mí, plasmado en lo más parecido a una memoria impersonal, a un recuerdo que pierde peso y gana años.

Huellas: mis pies de diez años pisaron suelo neoyorquino de jugueterías y puertos. Cubrieron arenas cariocas y camas uruguayas. Mis manos tocaron las pieles de reptiles ancestrales galapaguenses; se adueñaron ilícitamente de alcoholes baratos en avenidas cocteleras sudacas. Mis labios rieron con niños de todos colores bajo el mismo cielo una tarde nublada, y besaron bocas europeas de culturas antagónicas.
¡Ay! Quisiera borrar. Borrar tantas otras cosas. Pero ya no me pertenecen esos recuerdos: ya no me pertenezco.

Cambios.

Sentada frente a las montañas.
El año pasado, que apenas me dejó de salir de él, fue aprender a poner límites, fue aprender a ir y a venir (pero siempre, a volver a mí) y es, entonces, que acá están los límites.

Sentada frente a las montañas, no veo un océano infinito de infinitas posibilidades: acá las cosas son estables, delimitadas, fijadas por marcos imponentes. Dibujadas en un paisaje que tarda siglos (va, ¡qué siglos! ¡Eras!) en moverse y en cambiar; un paisaje lleno de altibajos, pero fijo, casi inmortal e incorruptible. 
Quisiera quedarme quieta, pero las piernas se mueven solas. Es cierto que extrañan esa posibilidad marítima de caminar sin rumbo, pasando de playa en playa sin necesidad de volver a los caminos, sin nada que marque un límite entre un terreno y otro. Hace cinco minutos que me senté, y el pie izquierdo hace un movimiento molesto. Respiro, me comunico con él y lo detengo.
Confío en mis elecciones. Hace meses que la gente me pregunta qué quiero de la vida: "Tranquilidad", respondo. Pero se ríen de mí, y algunos hasta aseguran que soy una de las persona más tranquilas del mundo, pero eso es porque no me conocen bien...

"No quiero morirme acá". Esa (eso) era yo el seis de diciembre.
Solo alguien que vive en Buenos Aires puede entender lo que pasó ese día. Solo alguien que se la pasa viendo películas de ciencia ficción puede haber pensado todo lo que pensé cuando vi la nube, aparentemente tóxica, que nos cubría.
Los que sobrevivimos a la nube tuvimos que padecer otro de los diluvios universales. La ciudad colapsó, y yo tuve un examen final. En fin, fue un día típico en nuestra ciudad.
"No quiero morirme acá". Eso fue lo que les gritaba a mis compañeros de trabajo. Algo que me excedió terminó por confesarme no tranquila, y si bien mi cara puede vestir cierta paz, lo cierto es que mi ánimo puede oscilar entre la quietud atrapada en la intelectualidad y la magnitud de la Explosión Inicial rebotando en mis emociones. No hubo vuelta tras ese liberación, y nunca más volvieron a mirarme como antes.
Siempre tuve un alma inquieta, y cuando eso pasa, las cosas simplemente pasan. No importa lo que uno haga por impedirlo.

Pero hay otra versión mía que resume estos dos humores que me eligen: la parte mía que anda en silencio en bicicleta, la parte que prefiere estar bien lejos de un subterráneo, que quiere evitar el contacto forzado con la gente y elegir las formas de acercamiento al mundo que le son propias. Quiero ser esa persona; quiero ser la persona que puede almorzar un miércoles con una de sus mejores amigas y con su bebé; la persona que puede cruzarse en Palermo con Sol y moverse adonde quiera. Esa libertad es la que sacará mi mejor versión adelante, la que permitirá lo estable en mi vida, lo que hará que los "día a día" sean frecuentes y lo que hará que, de nuevo, me vuelva dueña de mis propios tiempos.

"La gente en la montaña es estable", pienso, y miro a los que me rodean: sentados frente al lago toman mate, fuman, leen. La gente de montaña es comprometida. Cualquier acto de rebeldía, como perderse en medio de la noche, es casi impensable, sobre todo, porque las condiciones climáticas no ayudan.
Estar solo acá es estar solo, cada cual tiene su familia y, si bien hay momentos sociales, lo cierto es que cada persona que llegó aquí se comprometió con su decisión. Tomó sus cosas y eligió y elige ese "día a día" todos los días; ese día que transcurre entre árboles, perros que son de todos, lagos helados, siestas, caminatas breves, tierra y polvo (¿acaso no somos eso: tierra y polvo?).
Mi respuesta natural fue cierta resistencia a la siesta. La respuesta natural al polvo fue una alergia caradura que no sé de dónde habrá salido (entre mis males, la alergia nunca había existido).
Con los días, esa molestia se fue. Con los días, me fui abandonando al sueño después de almorzar: en la casa de mi amiga, o en la playa, sola, tirada en el sol, pegada al lago. Dios sabe que no me gusta alejarme del agua.
Traté varias veces de meterme al lago, pero el agua está tan fría que hace doler los dedos del pie. Traté de caminar por la orilla, pero no hay arena: hay piedras que te hacen retroceder.
Alguien me habló del lago alguna vez. Había sido Paco: "El agua es tan fría que te encoge el pito...".

Tiemblo un poco con ese recuerdo enterradísimo. Solo existe cuando lo nombro, pero no existe en mis sueños ni en mis pesadillas. Alguna especie de aplanadora mental pasó por encima de él, y alguna máquina más sofisticada desintegró lo que quedaba.
Me quedo pensando que varias de mis ideas de amor están ligadas a cosas que vi, a cosas que viví. A un Paco que había puesto en marcha una cadena de decisiones que lo habían sacado de mi historia. Sin embargo, una versión de él me había tirado por abajo de la puerta ese bendito papel que perdí, el papel con tres palabras: "Volveré por ti". Pero eso se había esfumado de este universo.
Probablemente, una vez que cambie de pensamiento, volverá a ser un póster y no una red de mis emociones.
Descubro también que los veranos definen mis años, que me gusta el verano y que me gusta definir. Que cuando estoy tranquila disfruto la comida y una siesta. Que la playa es el paraíso de los descomprometidos, que la sucesión de gente y la extensión plana de su geografía invitan a moverse inestablemente.
Extraño la playa. Pero me dejo conmover por la montaña...
El paisaje de altibajos solo se puede atravesar con paso firme, concreto. Pies estables son los únicos que te llevan hasta los lugares.
Uno se pierde por los caminos, el sol se pone cruel sobre la cabeza, y el pelo llega a quemar. Un auto pasa y nos llena de polvo. Un gaucho a caballo saluda y sigue camino; me pregunto cómo tolera la boina, la camisa, el pantalón... el silencio.
Pierdo el equilibrio un par de veces, pero nunca llego a caer. Seamos justos con mis inquietudes violentas: me enseñaron a balancearme como nadie en la urbanización violenta versus mi bici.
"La entrada a la playa", pienso feliz. Me relajo y me pregunto cómo encaro esta bajada pronunciada. Lo encaro como encaro todo, un poco arrojada, un poco consentida por mi peso, un poco inclinada y caigo sin caer, hasta el agua.

En la orilla, esta vez me saco la ropa como loca, la tiro en el pasto y corro hasta el lago conteniendo la respiración. El frío primero me lastima, y probablemente pongo cara de Jack en "Titanic". Una nena de cuatro años es la única metida y me mira cuando paso por al lado. "Dale, nena", me dice, y suena como el ser más valiente, seguro y concreto de mi vida.
Tomo aire y el agua no se siente tan mal en la cabeza. Una vez que todo el contorno de la cara se envuelve en el agua fría, entiendo como nunca que somos seres de sangre caliente, y que esta piel protege hasta que no lo hace más.
Nado para no dejar que el frío hiele mi sangre, pero lo cierto es que ya no tengo frío. Me muevo como pez en el agua ("Claro", dirían).
Salgo casi sola en medio del lago, rodeada de montañas.
Y sí, creo que voy a poder con esto...
Cuando regrese.


¿Estable? En mis ciclos de inestabilidad. Y con cada gota del tiempo voy viviendo esta importancia del conocerse. Y de elegir. Porque elegimos.
El sol me va secando de a poco y noto y podría descubrir con palabras aquella sensación que provoca el calor ante el frío, esa desaparición del elemento mojado, ese bienestar simple. 
¿Por qué pienso en un café con leche y en bizcochitos Canale? Tendrán que ver los buenos recuerdos.
Es tan simple como entender que llegan los días en que me tengo que casar con la idea. Con la idea de felicidad. 
De hecho, esos días ya están aquí. Es ahora cuando tengo que ver cuánto hay de mi sin todos.

"Bienvenida al 2013", decía su mensaje.




viernes, 21 de diciembre de 2012

The winner is

Dicen que no son muchas las cosas importantes que se aprenden en la vida.
Rebelde y adolescente decía que en verdad hay muchas cosas por ver, muchas cosas por vivir y, sobre todo, muchas cosas que nos dejarán enseñanzas. Eso dije a mis ventitantos, cuando un sentimiento de omnipotencia acompañó mis días. Supongo que era necesario y no lo condeno.
Pero el tiempo avanza sobre nosotros, y descubrimos que sí, hay muchas cosas por aprender, pero que, en definitiva, se resumen en pocas.

Básicamente, la primer enseñanza es la más chocante: sé humilde, porque solo de esa forma vas a aprender a aprender. Y más allá de la cacofonía osada, esta se convierte en la capa más profunda, la que sostendrá todo el hormiguero que construimos encima.
Cada capa depende de la otra y se encadenan tan íntimamente entre ellas que nace la relación más importante del universo, la más sólida y estable: la de causa y consecuencia.
Lo segundo más intenso que vas a aprender, la verdadera planta baja, es a asumir las consecuencias de tus actos. Esto solo sucederá cuando hayas aprendido en humildad cuáles fueron las causas de tus elecciones.
Tercero. Primer piso de nuestro trabajo de obreras: perdonate. Reconocé por tu humildad que algo seguro en la vida finita e imperfecta es que te vas a equivocar. Habrá quienes no lo vean, quienes te pongan mala cara y quienes lo reprochen toda la vida. De hecho, vas a reprochar cosas a muchos durante toda tu vida. Pero no, perdonate y perdoná, el tiempo es demasiado apático como para detenerse en tus propios sentimientos. Y te recuerdo, nadie es el centro del universo.
Como un animal de cuatro patas, por la fuerza de cuatro veces cuatro y en cuarto lugar, poné límites. De la manera más dulce y sana, o como una fiera de la sabana africana si es necesario. De esa manera, vas a tener poco para perdonarte y perdonar. De esa manera vas a tener las relaciones más sanas de tu vida. Las más transparentes, sinceras. Y sobre todo, ponele límites a tus pensamientos y emociones, porque muchos vendrán desde un centro confuso de caos para complicarte la existencia.
Sin embargo, estate preparado para ir más allá de los límites en función del amor, para saber en qué momento de emergencia emocional uno debe cruzar la barrera. Pero tenés que regresar. Regresá por vos mismo siempre.
Lo más difícil que aprendemos es a amar bien. Una vez que hayamos cumplido con todo el trabajo, podremos salir del hormiguero y ver la luz. Podremos darle a otros nuestra mejor versión y recibiremos la de ellos, en un intercambio sin mediadores, sin planteos, sin exigencias. Un intercambio real, espontáneo, natural. La diferencia con todo lo otro lo vas a ver cuando esta forma de amor esté sucediendo. Recién ahí vas a entender esa sutil diferencia.
Un detalle: no esperes que esto sea estable, preparate para trabajar todos los días como si fueras una hormiga. Animate de vez en cuando a dejar que todo se venga abajo, porque solo entonces vas a comprender la riqueza de esto: el dolor entrará por cada hueco y por los pasillos, inundará las cuevas, y verás cómo tus propios colosos tambalean, porque no estamos hechos para cargar mundos. Verás como los muros sangran una y otra vez. Dejá que la angustia y la ansiedad te hagan llorar, pero no dejes de hacer: andá al supermercado en lágrimas de fuego, pero no te olvides de cuidarte.
Otra cosa: te deseo suerte. Fuiste embarcado en la misión más difícil de la historia: ser feliz.


http://www.youtube.com/watch?v=YNzbq--GAYA&NR=1&feature=endscreen


- A veces, solo hay que dejar de pensar en todas las cosas. A veces, no hay nada más que les puedas agregar -dijo Santi-. Y terminar algo cuando termina. Dejarlo como está...

Intenté en vano toda la semana conectarme con mi centro. 
Insomnio, pensamientos recurrentes sin salida, sin claridad. Todos razonamientos abiertos que me hacen girar en mi eje, como si no quisieran que viera hacia algún punto, como si no me dejaran mover.
Mi bici me grita desde la cocina, y como puedo, corro, me agacho y gateo a través del living; una mano gigante sale de mi habitación y trata de arrojarme a la cama, pero quedo aferrada al marco de la puerta. Sí, la misma imagen de la gata que tuve cuando era chica y de su primer baño: ese animalito tan chiquito y dulce que fue mío aferrado a los azulejos, con los pelos erizados, tratando de no tocar el agua. 
Y el desfile. El desfile de todas las personas que me quieren, y sus diálogos.
Y de fondo, la imagen de una madre enterrando a una hija: la imagen de una Ana que se salió del tiempo. Que no se aguantó un "no sé que vendrá, pero creo que no era lo que pensaba". 

- Las armas... - Eso dijo Juampi.

- El año me la dió -confesó Sol.

- No puedo creer que no le guste más. ¿Me puedo hacer un Fernet?
No sería Cata sin un Fernet.

- La vida es ahora... -sostiene mi hermana y suena a una persona más adulta que yo.

- Hola, ma -digo, cuando llego a su casa. Ella me abraza y trato de esconder que puedo llorar en todo momento y a toda hora. No logro esconder que estoy en jaque. Que no me cuesta nada volver a ser la persona de mi primer escrito. Volver a perder cierto sentido y tardar meses en encontrarlo. Podría, conozco ese camino.
Mis cosas -esas que suenan graciosas- pueden cobrar un matiz trágico si sumo malos momentos.

- No -dice mi hermana. Se ríe.

- El tiempo lo va a llevar lejos de mí -afirma Cata y toma su vaso-. No. El tiempo me va a llevar lejos de él. Todo lo que hice, fue por amor.
Por primera vez, levanto la cabeza y la veo sonreír. Por primera vez, levanto la cabeza...

- Vamos a volver reír algún día -me grita Sol, mientras corre por mi jardín para llegar a su auto-. No.   Vamos a volver a reír mañana.
Me río porque ya son las doce.

- Lo que nos diferencia de Ana son las armas... -sostiene Juampi mientras me sostiene en brazos-: Las armas que tenemos para salir de nuestro dolor, de nosotros mismos cuando nos enroscamos.
Por primera vez en la semana, creo.


Llego a la cocina, agarro la bicicleta, abro la puerta y salgo a pedalear. El sol me da en la cara y siento el aire sin humedad; el jardín, lleno de colores primaverales y el panorama de todos los verdes posibles tiñen mis ojos. Veo, porque queda algo más que el dolor.

Esos caminos que conozco de memoria, no. Mejor, los otros. 


- No son necesarios los pensamientos ni las palabras. Las cosas suceden -dice Santi-. No hay más que podamos agregar. 






miércoles, 14 de noviembre de 2012

Chasing cars

http://www.youtube.com/watch?v=GemKqzILV4w

No sentirse parte de ningún lado. Como si fuésemos una especie de poesía que nació en la calle de cualquier pueblo, en cualquier tiempo y en cualquier dirección.
Ser fiel al origen fue el paradigma: ama como lo concebiste desde el primer momento en que dijiste "Soy"; odia, revuelve, entiende, perdona; ríe, llora, no lo entiendas, no des otra oportunidad, abraza los caminos de la vida y abraza este ida y vuelta que algún día terminará por abandonarte. Muere como si hubieras entendido la vida. Como si hubieras viajado a lo más profundo de tu ser, como si te hubieras descubierto cada día.
Nos hicieron creer que somos parte de un soplo divino, engendrados en el aire del ser superior. Pero no era tan así... somos un pedo de Dios.


- Lolita, tenés que aceptar que "Prometeus" no estuvo buena -dijo Santi, poco antes de cortar la comunicación. Esto hizo que, lo que parecía ser el fin de un llamado, fuese el comienzo de un nuevo debate.
- ¿Lo decís porque le recomendé a Dany que la vea?
- No solo por eso... también vi tu cara en el cine. Cada vez que te gusta mucho una peli sacás la lengua y te la mordés. Te das vuelta, me agarrás fuerte el brazo y me decís: "Seguro que hace tal cosa...".
- Sí, pero está buena la peli. O sea, me gusta lo intrincado y paradójico de que, de alguna manera, Alien nos haya salvado... Los Ingenieros venían a matarnos, pero eso que iban a usar para matarnos se fue contra ellos. Me encantan esas paradojas... Admití que eso está bueno...
- See... puede ser.
Claro que no lo convencí. Fue el cansancio lo que lo convenció esa noche de viernes.

A Santi no le gustó la película. Yo, por mi lado, sigo sumando nuevos rituales: el cine del domingo, la juntada de  flores de los viernes y ahora, hasta retoco fotos. Claramente, los rituales son improductivos y el mejor de mis proyectos consiste en subir a Facebook los mejores momentos de algunas películas. Digamos que el año empezó de una forma y sigue fiel a su curso. Y sin embargo, solo importa que estoy bien.
Ni siquiera determinó mi día el hecho de que Pablo (mi amigo de Galápagos)  no me haya contestado.
Después de nuestro cruce en bicicleta dos semanas atrás, después de proyectar un encuentro para la noche de viernes, yo no había tenido respuesta a mis dos mensajes.
Pese a esto, algo no permitía que yo sintiera inseguridad; ni siquiera había dado vueltas en la cama. Estaba segura de que yo le gustaba, y no importaba este silencio, porque mi mensaje había sido el correcto y si esto iba a marchar, lo haría en contra de cualquier eventualidad.
Como ya era sábado a la mañana, agarré la bici y volé.


Capitalizo el pasado. Se supone que eso hago cuando hago lo que hago.
Nadie nos quiso en soledad, pero ese es el problema: nadie nos quiso, tampoco, acompañados. Aprendemos a estar solos y tratamos de aferrarnos a cierta armonía entre la soledad y la expansión. A veces, fallamos. Ahí entra en juego otra capacidad de grandeza: la humildad. Bajo mi cuello ante lo que no sé, que es todo (ni siquiera me sé a mí misma). Y caigo de rodillas. Caigo. Si no lo hiciera, todo lo inmortal vendría a arrancarme la cabeza.
He muerto varias veces en mis impulsos románticos, suspiros inefables e inestables de corrientes simbólicas. He aquí que descubro, con varias vidas encima, que debo amar el ínfimo granito irregular de arena que soy, bajo este cielo inmenso.

Cata lloró ayer. Ante la mirada sorprendida de Sol y la mía, algo desentendida. Entendí que si dejaba arrastrarme no podía serle de mucha ayuda.
Finalmente, sucedió. Ella bajó la guardia, confesó los sentimientos al hombre que la llenaba de alegría.
Y comenzó el alejamiento. Se acabaron los mensajes y las canciones y el día a día.
Cata confesó que estaba con pensamiento circular: se perguntaba qué es lo que había hecho mal la última vez que se vieron, repasaba los detalles en cada movimiento, en cada mirada, en cada palabra. Si ella olía mal, acaso (varias veces me hizo sentir el olor de su pelo porque quizás tenía feo olor y nunca se había dado cuenta). Sí, a este punto llegamos...
Ella no podía entender que él no le pusiese atención, esa atención a la que la había acostumbrado.
Traté de encontrarle la lógica, pero ya lo dijo Sol: "Pasar de un contacto de día a día a nada explica lo que no queremos entender". Le dábamos vueltas al tema, sobre todo porque Cata no sentía esto siempre. Que él hubiese roto esa pared era algo que no pasaba todos los días. La pregunta era si él se iba a enterar.
Yo me sentía enojada hacia el hombre de mi amiga: ¿acaso no tenemos bastante con la exigencia a nosotros mismos como para que alguien más venga a ponerse exigente con nosotros?
Todo esto pensaba mientras pedaleaba. 
Alternaba con pensamientos sobre Pablo. Prestaba atención a cada ciclista, con la ilusión de ver aquella bicicleta perfecta y cuidada.
El clima nos había perdonado un poco y el sol era tan suave como el viento casi tibio que no molestaba en absoluto. Daban ganas de respirar profundo y de reír. Me gusto cuando no temo, cuando no me obsesiono, cuando me dejo ser y me libero de ataduras.
De pronto vi a alguien que parecía ser él, aunque no puedo decir que lo haya sido.
Me pasó de largo y no iba solo.
Lo seguí con la mirada, mientras se alejaba, y mientras yo pedaleaba sin parar. Su traje, negro, su casco, negro y de pronto, todo negro.
Exagero. No fue todo negro: negro era el tronco del árbol cuya existencia no calculé. Tuve un mínimo segundo para girar e hice lo que pude.
La bicicleta se dobló hacia mi izquierda y hacia abajo. Yo volé un poco, sin contar que, antes de terminar en el piso rodeada de gente, el hombro derecho y la cabeza rebotaron en aquel tronco.
Me dejé caer sin rigidez, quizás hasta entregada a la fuerza de gravedad, y mientras lo hacía, recapitulé todo lo que estaba pensando cuando no pensé en mirar hacia adelante.
Cuando abrí los ojos, tres o cuatros personas estaban rodeándome. Abrí los ojos con algo de timidez. Creo que estuve desmayada unos minutos.
"Qué porrazo", dijo el más viejo de esos hombres. Me dio la mano y me levantó, mientras el más joven levantaba mi bicicleta roja y la miraba con dolor y resignación.
Rápidamente, mantuvo la rueda entre las piernas y la enderezó: la dejó como nueva. Me la dio con una sonrisa, sonrisa que se evaporó cuando me vio bien.
"Te conozco", me dijo. También le vi cara conocida, pero ningún nombre... Solo quería ir a casa. Les agradecí, los convencí de que estaba bien y me monté de nuevo en la bici.
"Cuidado con los árboles, suelen tirarse encima de la gente", dijo el muchacho.
Me reí. De hecho, empecé a reír como loca: de solo imaginar cómo una persona larga, delgada y torpe rebotaba contra un árbol en una bicicleta me provocó una carcajada que no dejaba de sonar.
Llegué ansiosa a casa (quizás intuí que me estaban buscando). Tomé una Villavicencio de naranja y sonó el celular.
Casi no llego.

- Ana se suicidó... -era la voz de Sol. Era mucha información. 
Enseguida supe qué Ana era. Digo, no éramos cercanas desde hacía mucho, pero claro, era Ana, aquella chica. Pero no estaba muerta. No.
- No, ¡se quiso suicidar! ¿No?
Después de entender la charla y pasarla a otro plano, comprendí que nunca entendemos la muerte, pero no solo como algo existencial: no la entendemos concretamente en un primer momento. La información parece no ser correcta, hasta que todos lo entienden, hasta que son varias las personas que nos juran que aquello ha sucedido. Todo esto sucedió sin que yo estuviese preparada para recibirlo, como si la vida funcionara sin reparar en la muerte, y como si la muerte funcionara sin respetar la vida. 
Le dije que tenía que cortar. Que la llamaba.
Me senté en el piso.
Fue tan simple este nuevo golpe seco que me dejó sin palabras: sin palabras siquiera en la mente.
Días después de aquello puedo pensar algo sobre este tema. 
¿Qué sintió Ana?
Solo había silencio como respuesta. El silencioso recuerdo de su sonrisa, porque ella siempre reía: ¿acaso nunca había sido feliz y nos engañaba a todos? Y el recuerdo de sus ojos azules: vacío; un vacío que nunca encontró puentes y se aisló. 
Podría decir que la entiendo (y no solo eso, yo la conocí desde los cinco años), y entonces: ¿qué nos diferenciaba de ella? ¿Por qué yo estaba acá y ella no?
- Las armas que tenemos para enfrentar el tiempo- me dijo Juampi, después del funeral.
Es en el tiempo también que podré entender algo más, que podré dejar de sentir esta punzada cuando recuerdo que crecimos bajo las mismas enseñanzas y las mismas aventuras. El tiempo lo destruye todo, ya lo han dicho...









viernes, 5 de octubre de 2012

Delicate

Se había distanciado de ella misma... ¿o acaso se había ensimismado demasiado? Hacía días que no vivía la vida que era suya, como si alguien la hubiese vivido, padecido por ella.
Pálida y frágil, simple y compleja se había alojado en una cavidad de su propio espíritu, hueco inaccesible, y ahí estaba, perdida en alguna fantasía infantil que nunca se realizó, buscando un faro que la guiara. Con los ojos empañados, la visión de afuera entorpecía los movimientos internos.
De todas formas, Ana tuvo la fuerza para levantarse y acomodar el vaso caído. Si seguía dando vueltas sobre el asunto, todo, vivir o morir, sería impensable. Lo mejor era terminar ahora.



Me encanta verla sonreír. Me recuerda a la vida sin pensamientos enroscados, me suena a nuestras vidas adolescentes de tardes avellanedenses de Chocolinas, café y soda; programas que ni mirábamos ni escuchábamos.. 
Muchos años después, veo a Cata sonreír como sonrió tantas veces en el pasado. 
Creo que él le gusta mucho. No lo vio tantas veces, ni ella piensa tanto en él, pero al día siguiente a sus encuentros, está llena de paz y energía. 
La acompaño y no le saco mucho el tema, porque sé de la presión que podemos ejercer los demás y, encima, las historias no son lo que eran. Hacemos trivialidades, las pavadas de siempre, porque ella se quiere medir. Aún no llega a ese punto en el que las cosas no se hacen fáciles, a ese punto al que es mejor llegar de a dos porque sino, uno la pasa mal. 
Encontramos que la manera de preservarnos, de cuidar esta energía, consiste en agarrarnos entre nosotros, los que estamos, tomarnos las manos y esperar el momento indicado para el "salto de fe". 
Ese término ronda mi cabeza desde mis días facultativos. Yo estudié filosofía. Podría haber estudiado paleontología, o cualquier carrera sin salida laboral, ya que mis talentos no suelen ser eficaces en el mundo. Puedo recordar el nombre más largo que le pusieron a un dinosaurio, y puedo grabar al instante en mi mente los momentos musicales de películas, pero, sin embargo, no sé cómo moverme en el mundo  concreto: no entiendo de economía y, cuando me explican, necesito que me repitan los términos cuatro veces. 
También sospecho que tras la sonrisa de Cata hay esperanza y miedo. Preveo intensidad y que esta batalla contra el tiempo y el mundo en relación a la posibilidad del amor será difícil, pero la llevo de la mano. No voy a soltarla hasta que me avise que debo hacerlo, hasta que me diga: "Lola, estoy decidida". 

Mis particularidades me están simpatizando más que nunca y son tan simples que no merecen explicaciones: despertar el sábado a la mañana y comerme una naranja. Salir de la cama sin la angustia del año pasado; hasta creo que ya no le temo a lo que temía. Después, el café enorme llena mi casa con su aroma; afuera ya hace frío. La temperatura no deja de bajar y me visto enseguida. Nada echa hacia atrás ese deseo de salir a andar en bicicleta. Nada quita las ganas de llevar mi cámara de fotos conmigo y, más aún, creo que mis fotos son cada vez mejores. 
Me pongo los guantes a veces; otras veces los olvido y llego con las manos coloradas por el viento cruel, pero nunca vuelvo atrás. 
Recién cuando llego a la bicisenda, me pongo los auriculares enormes y escucho música. Empiezo a convertirme en una figurita repetida de Palermo.
Así es como yo recupero mis rutinas saludables. 
Si logro hacerme del tiempo suficiente, antes de salir, dejo preparado el almuerzo: las verduras limpias, prolijas en el plato, como una paleta llena de colores, y el pescado, guardado en la heladera. 
Pero no me exijo tanto, y si no logro hacer todo rápido como para no perder la mañana, me conformo con unos fideos con queso.
Parece mentira que alguna vez haya temido a la velocidad de mi andar, y no entiendo porqué me preocupaba que todos vieran mis logros y mis posibles accidentes. Quizás, ya no tengo vergüenza de ser yo, con mis grandezas y mis miserias.
Con suerte pienso poco, pero seamos realistas: soy yo.
Pienso en todo lo que quisiera escribir, pienso en la gente que quiero y extraño, y a veces vuelvo con el irrefrenable deseo de comunicarme con amigos que tengo olvidados, vuelvo con ideas creativas, con nombres de pelis que no vi y quisiera ver. Sueño con cantantes, con escritores, con los viajes. Recuerdo los mejores momentos de mi vida. 
A veces, pienso un poco en el belga, porque fue reciente, pero lo cierto es que ningún hombre me tiene. Me pregunto si quiero que alguien me tenga. Me río, canto, cierro los ojos, miro el lago. Me conozco, no voy a responder eso.
Por un momento, todas las cosas que quiero hacer se vuelven fáciles: como si hubiera relación entre montar una bicicleta y buscar un trabajo en el que pudiera crecer, o entre tirarse de cabeza a la pileta y confiar en que cuando uno tira esos mensajes de amor al universo, en algún momento, en algún punto, en algún lugar, alguien responde. 
Solo puedo decir que en este momento de la vida, finalmente, respiro. A veces huelo que podría hurgar en la tristeza, pero vuelvo a mi centro, como si ya hubiera aprendido mi camino a casa; como si yo ya fuera mi propia casa.
A veces me enojo porque las ruedas pisan caca; a veces me raspo, a veces tengo que frenar cuando no quisiera.

Esa mañana en particular, iba riendo de mí misma. Podría haber soñado con este momento, pero esas cosas no suceden hasta que lo hacen.
Me crucé de frente con alguien y creí reconocerlo. Me di vuelta, confiando en la agudización de mis sentidos que me permiten saber de antemano que no hay nada frente a mí.
Él giró la cabeza y me miró. Nos seguimos con la vista mientras nos alejábamos, hasta que, decididamente, clavé los frenos. Él lo hizo también. Paramos de manera abrupta porque ambos íbamos rapidísimo. Yo me desestabilicé pero logré apoyar los pies en la tierra y no caer. 
Hicimos marcha atrás sin abandonar las bicis, pero sin subirnos a ellas. Cuando estuvimos a centímetros, nos abrazamos.
La última vez que me vio, había sido en las islas Galápagos.
Ahora me encontraba sobre el cemento, me encontraba urbana. Me miró de arriba abajo y se sonrió, le causó ternura mi desprolijidad. 
El día que lo abandoné en una de las islas, creí que nos íbamos a ver acá; creí que quizás nos gustábamos y que habría idas al cine, cenas, bares y, finalmente, un beso, ese que nunca me dio en las noches playeras del lugar mejor guardado del mundo. Sin embargo, su respuesta llegó con frialdad y nunca hubo tiempo para mí. 
Yo dejé de pensarlo, pero ayer, mientras cenaba con Cata en casa, le hablé de él. Una cerveza después, le escribí un mensaje en Facebook, mensaje que él nunca había leído. 
No le conté esta última parte, pero algo en este año me está resultando tan sospechoso... ¿acaso hay línea directa con el universo?

Nos despedimos varias veces hasta que, con todo lo aprendido, me hice la mujer de tiempo preciado y ocupado.
Quedó una promesa de encuentro.

Lo creí. Esa promesa me deparó una semana aún mejor que las que vengo pasando. Quizás los mensajes de amor al universo llegan. 
De todas formas, la trama es tan complicada que se vuelve frágil. 

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Under pressure

 Ana no podía recordar qué era lo que habían hablado la noche anterior. Estaba sujeta y atada a esa angustia que gira a través del cuerpo. Ni siquiera la lluvia logró sacarla de aquel silencio de intensidades confusas, de imágenes, sensaciones, nombres que se repetían su mente. 
No tenía interés o, mejor dicho, ya no tenía interés en descifrar la salida del laberinto a través de los nombres, sensaciones, imágenes.
Algunas veces había disfrutado de la lluvia rebotando en el balcón del edificio de enfrente, en tiempos anteriores, en los que podía distraerse en detalles. Ahora, todo era trascendente, globalizador y blanco y negro. Los colores fueron perdiendo diferencias cuando ella se puso diferente.
No podía recordar la charla, pero sí recordaba el vaso girando en el escritorio. Aunque sabía perder el control, las formas de perder el control fueron cambiando. La alienación y el olvido son los peores enemigos y estaban juntos.
Los años ya eran muchos y el recuerdo de todo, más denso. 
El agua no dejaba de caer y en algún momento recordó la charla. Eso fue todo. Esto es todo: mucho, nada. 


http://www.youtube.com/watch?v=xtrEN-YKLBM


- Tu silencio me preocupa... -decía el mensaje de Santiago.


¿Qué recuerdos tienen de su primer amor?
Yo tengo un buen recuerdo de él. Pero uno solo, porque todos los demás recuerdos de él son malos...
Teniendo en cuenta que parece que estoy tomando al -maldito- toro por las astas, puedo ver cómo se cumplió la sentencia que había en sus palabras crueles. 
Yo fui la contrapartida perfecta e idónea que un cruel necesitaba, porque era quien esperaba recibir los golpes.
"Nadie te va a querer nunca...". Si no lo dijo textualmente, lo dio a entender. Ese día, me quedé mirándolo, en medio de la nada de pasados difusos.
Como maldición, llevé eso conmigo gran parte de mi vida.
Éramos niños y crueles y románticos. No entendíamos nada, solo que el amor era la suma del que sufría y del que hacía sufrir.
Lo peor de todo fue que yo le creí. 
Pero, ¿qué pasó cuando entró un poco de luz? ¿Qué pasó cuando alguien me quiso, cuándo probé lo que era despertar enredada con alguien y girar por un colchón y no salir nunca de esa burbuja que se forma alrededor de dos cuerpos? Idas al cine agarrada de una mano; una cerveza y un beso seguro; dos ojos solo para mi, y el hecho de no tener que pelear contra todas las mujeres, o más bien, contra  una sola:  mi pulposa inseguridad. Cuando hubo un día a día y noche a noche, un mensaje respondido, una madre suegra que me conoció y regalos de cumple... desde ese día, nada volvió a ser lo mismo.
¿Qué hice yo? Me aburrí.
Aún poseída por la maldición, enloquecí y seguí corriendo, porque mis aventuras en busca del cáliz que  destruyera mi penoso recuerdo aún no habían terminado. Pero sabía que algo había cambiado: nunca más permitiría que nadie me maltratara.
Y volvió a pasar: alguien me "cazó" en medio de una jungla llena de animales. Yo me rendí y sentí cosas que nunca había sentido. Tuve la sensación del instante, del tiempo detenido y de nuevo la burbuja; tuve amor en carne, en mente, en alma. Lo malo se fue... por un rato.
¿Qué hice yo? Recordé el temor. Me asusté. Me alejé y lo alejé, porque cada paso era inseguro; la vida era angustiosa y oscilaba entre un te deseo y un te temo. Lo tenía, pero no. Algo no tenía... de él, de mí.
Los fantasmas volvieron y me atacaron.
El resto, el final lo conocen. El final sobre Paco y aquella noche del año pasado.
No estoy enojada con él, porque las cosas no podrían haber sido de otra manera. Esa estocada final terminó con un mundo hecho en bases a malas experiencias de amor; colapsó ese universo y dejó un vacío para ser llenado por cosas nuevas.
Con respecto a lo anterior, a ese primer amor, podría ponerme poética, dulce, enojada; superada, resentida, abatida, recuperada. Pero prefiero resumir: "Fuck off".

Puedo sentir su respiración contra el cuello. No es tan temprano, pero de alguna manera es como si lo fuera.  El viento que sale de su boca se siente tibio, no frío ni caliente. El aire comienza a convertirse en algo material, es un espacio de contenido; yo empiezo a sentirme molesta y atrapada, me ahogo. Me pongo los auriculares como puedo. Saco la mano, que estaba apresada por un costado, bajo el peso de su cuerpo. Tengo que girar en el intento, así que quedamos cara a cara en un intimidad molesta; nuestros ojos se esquivan porque esta cercanía implica un conocerse que ninguno de los dos quiere. Todo esto es accidental y hasta irritante: esta intimidad obligada nos irrita.
También nos irrita el paro de subtes, el cambio en nuestras rutinas matinales, el sentirnos manoseados física y moralmente por todos lados; el hecho de que el tren haya tardado tanto y el hecho de que tengamos que apretujarnos de una manera insólita. La comparación "vacas que van al matadero" ha pasado a ser un lugar común y nos para lejos de esta situación real... así que no, le analogía sería otra. Por lo pronto, puedo dejarme inspirar por Santiago que me preguntó si me habían tocado mucho.
- No, Santi, nadie me podía tocar, porque el tocar implica que hay algo diferente de mí y lo cierto es que todos éramos una masa sin forma...
Podría ir más a fondo y hablar de un dios panteísta, de un idealismo irónico, pero no, no es a lo que apunto.
De hecho, tampoco lo es esto. Así arrancó el viernes. Uno de los días de la semana siguiente a la partida del belga.
Creí que después de aquella invasión amorosa recuperaría las rutinas, pero comparto este pedacito de mundo con personas diferentes, que tienen su propios deseos, sus propias intenciones, su propia búsqueda del bien.
Acá estoy en un tren que nunca me tomo, tratando de llegar a un lugar al que no deseo llegar, apretada contra un hombre que ni conozco y que evita mirarme porque sin querer me tocó la cola.
Un suspiro colectivo me hace saber que afuera llueve: ese suspiro colectivo que simula un "noooo, lo que faltaba". 
Trato de aislarme del mundo que ya tanto molesta que provoca risa: dos personas hacen chistes en cada parada, en cada sacudón, en cada golpe. Los demás agradecemos esa buena onda, esa fuerza que nos recuerda que por pasar cosas así podemos decirnos "grandes personas". Por otro lado, cualquier acto de agresiva desazón es condenado a muerte.
Lo gracioso es que estoy como estuve esa semana de "matrimonio": invadida. 
Con todo el nuevo contenido de experiencia, con toda sensación nueva, con esta aventura aún latiendo por todo el cuerpo, puedo entretejer nuevas teorías del amor, de mi persona, de mis emociones, y todo en función de entenderme/nos un poco más.

Día uno: Besos, besos, besos.
Día dos: Besos, malos entendidos culturales, besos.
Día tres: Odio. Beso.
Día cuatro: BESOS. Empiezan los dilemas..
Día cinco: Lo odio. Besos. Dolor. Lo amo.
Día seis: ...¿Dónde estará? No creo que se haya ido... las cosas están acá...
Día SIETE: Besos. Casi perdemos el avión. Despedida. Se fue. Llanto descontrolado (dolor y alivio).

Aún todo es muy desordenado como para entender qué pasó, cómo pasó, porqué pasó. Aún me pregunto si debería entender; si fue mucha la atracción, el choque de energías que resultó en momentos increíbles y estados de guerra absoluto; en si debería intentar entender o simplemente dejarme arrastrar por los sucesos de este año: bajar la cabeza, pero no como avestruz, sino como alguien dispuesto a dejarse llevar, como alguien que confía en las fuerzas de los cambios, de lo que está viniendo. Cambios. Sí. Eso había dicho Dany. La misma noche que lo conocí, la misma noche que Julia fue mamá. La misma noche que llegó el belga. 
Después de eso, después de que él se fue, yo me aferré a la soledad.
Mis amigos me están buscando, pero con mucho cuidado, porque entienden que necesité estar sola.
Recién hoy, esta noche, Santi y yo nos comunicamos. Elucubramos un poco de qué venía la mano. Eso me dejó pensando.
Julia no para de decirme que su bebé extraña a la tía que vio una sola vez; Barbi me saluda tímidamente, y me arroja un par de mensajes formales; Cata desaparece y me deja desaparecer; Sol, por otro lado, reclama mi atención. 

- Lo.
- Sant.
- ¿Asustada? Mucha matraca pa vos, ¿no?
- Ja.
- Bueno, en serio. ¿Cómo estás, Lolita?
- Asustada... ¿vos?
- Hiperoptimista.
- Ahh, no me la creo. Me gusta oírlo.
- Sé lo que te pasa...
- ¿En serio? Ayudame.
- No te creas que tengo el don de leerte (cosa que es muy fácil en verdad, pibita)... pero tuve asistencia  divina.
- ¿Y rubia? 
- Sí, fue el tema de la semana con Sol. Te lo perdiste. 
- Actualizame.
- Creemos que Lola se asustó.
- Ah, pero eso lo sé yo solita - Me reí por primera vez en días -.¿Vas a hablar de mí en tercera persona?
- Me gusta oír esa risa. Y sí... es divertido hacer que hablamos de alguien más. Lolita se asustó porque dejó entrar a alguien a su vida: le dio la llave de su casa y él tuvo acceso a todos sus secretos. Ella no estuvo sola por siete días seguidos. Le gustó y la asustó. Fue la primera vez que sucedió eso que siempre quiso, que siempre la preocupó. Siempre temió que no sucediera y, al mismo tiempo, que sucediera.
- Me gusta su teoría..
- Porque a ella le gustan las contradicciones... es tan capaz de contradicciones, tan capaz de dar y recibir que esa parte de ella, que pone el caparazón porque cree que no lo merece, se enoja terriblemente, la castiga con pensamientos tristes. Y se olvida de lo importante...
- Chan.
- Que es tan capaz de amar que, inevitablemente, el amor va a llegar.
- ¡Y a irse!
- Se va a poner irónica, se va a poner "intensa", pero sabe que tenemos razón... Siempre supo que este chico se iba a ir, pero no debería quedarse con eso. Ella necesitaba una muestra de afecto, que alguien le demostrara que valía la pena, pero solo porque ella se propuso hacerse valer... con mucho esfuerzo, este año se alejó de personas que le restan y nos dijo: "Esto soy yo..."... ¿Qué estás haciendo, papa frita? ¿Qué es ese ruido?
- Me cambio -contesté.
- ¿Y que vas a hacer?
- A tomarme una cerveza a Antares... muero de ganas. Lo pensé toda la semana.
- ¿Con quién vas, papa frita? Yo estoy de cama, Sol no salía
- Sola.