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viernes, 28 de diciembre de 2012

¿Vieron cuando se detiene la caravana? Esas que vienen rápido por un camino peligroso, y a una velocidad que nadie puede controlar. Cuando frena, las cosas se caen; unas se rompen, otras solo cambian de lugar. Y si uno está durmiendo, termina en el piso o, por lo menos, el susto lo hace saltar de la cama y enfrentarse con cierto desorden: el de uno mismo y el de las cosas.
Miramos desconcertados, porque todo se movió, porque nada es estable.
Y ni hablar de aquello de lo que venimos huyendo: al fin de cuentas, aquí está.
Por un momento, dejo de ser un viajero que no sabe quién es, y vuelvo a ser la persona que pretende escribir, que pretende entender algo. Mi viaje empieza a terminar; una de sus etapas se detiene como esa caravana.

Me despierto porque el sol entra por la persiana rota (esa que ustedes ya conocen). La mano femenina que tengo sobre la cintura se ve delicada. El único problema es el problema de siempre: que no es mía.
Me siento en la cama. Me río porque ya nada me resulta imposible, indescifrable e inexorable.
Ahí está ella: Mariella, la mujer más linda de Montañita. No tengo que preguntarle qué pasó ni yo debo preguntarme qué estoy haciendo. Esto fue el rescate de esa mujer que terminó con su intensa relación de tres días con Dorf, el australiano. Fue un final a los golpes esa noche, última noche para mí en el pueblo. 
Ella no tenía dónde ir, así que me la llevé conmigo. 

La dueña del hotel nos ve salir y se hace la señal de la cruz. Mira para otro lado y se aleja. 
"Varias veces en el día, vino un chico con una guitarra buscándote, niña", me dijo ayer, "pero no dejó ningún dato".
Obviamente no lo encontré, pero ya no importa, porque yo me tengo que ir. La caravana se vuelve a poner en marcha hacia otros lados.
Salgo con la valija a los topezones. La miro a Mariella esperando que me ayude, pero nunca interpreta mi ruego y se despide y me deja con ese bulto desprolijo que estuvo preparado a último momento. Solo Dios sabe si me olvido algo. También lo sabrá Darwin, el muchacho que ahora abrazo, que es el que limpia las habitaciones y el que siempre pierde las llaves. Recuerdo a un amigo trotamundos, Juanito, que siempre decía que el buen viajero es aquel que pierde cosas, pero que nunca pierde lo importante.
Tengo que incluir que tengo un ojo negro: en mi despedida, aquel italiano que me festejaba encontró el único champagne que había en el pueblo. En pose triunfal, en medio de la música descontrolada, hizo volar el corcho, que terminó rebotando en mi ojo. Después del pelotazo, ya nada dolía.
Darwin me señala el ojo y me pide un taxi: todo está increíble y fríamente calculado. Tengo veintiocho minutos para llegar a la terminal.
Tres minutos para caminar hasta el micro y tomarlo. 
Claro que soy yo (¿¿acaso no aprendo??). Pasa lo que nunca en la historia del pueblo: no hay taxis disponibles; y no solo eso, sino que se levanta un viento huracanado que solo solo llega cada treinta años, me levanta la pollera, Darwin mira mi bombacha y se ríe.
"Me tengo que ir", grito furiosa al cielo.
Corro como puedo con la valija, dispuesta a vender mi alma inmortal por un transporte.
Dios acepta el trueque y aparece el micro de los misioneros.
El chofer para y me saluda.
"Otra vez usted", dice.
Me subo y le ruego que me lleve hasta la terminal de micros. Los mismos niños del día anterior gritan a mi favor.
Él asiente con la cabeza y señala mi ojo.
"Ya sé", contesto.

Me dejan en la terminal. Llevo cinco minutos de retraso. Los chicos me saludan; el viento me deja en ropa interior de nuevo y la multitud festeja. El chofer los reta.
Corro, y la valija, mal cerrada, se abre. El camino comienza a llenarse con mis remeras. Maldigo en todos los idiomas que conozco y hasta en un idioma inventado por mí que es como un gruñido.
Un hombre corre hacia mí y comienza a meter las cosas. Es Stalin.
"El pueblo no te deja ir... Cree que hay algo más para ti". 
Mientras no lo miro y lo odio un poco por hacerse el misterioso y por reírse, él se las ingenia por enredarme en la muñeca una pulsera. Me promete que me va a cuidar siempre.
El maldito me hace llorar de emoción y me abraza. Levanta mi valija como si no pesara lo que pesa y corremos hacia el micro.
Una vez arriba, yo no puedo creer que lo logré. Ah, me había olvidado de respirar.


Finalmente, acá estoy de nuevo con mi alma y vuelve la quietud de ese movimiento continuo que me aleja. Ahora son dos los que me saludan por la ventana: Stalin y Ariki.
Soy de esas personas que, cuando se enamoran de un lugar, se imaginan cómo será el irse.
Y esta secuencia que vivo ya existió en mi mente. Calculo que busqué estos últimos sobresaltos, porque en paz jamás podría dejar algo que amo. Sí. también soy de esos...
El acompañante del chofer me trae hielo, lo pongo sobre el ojo derecho y quedo cíclope mientras despido estas tierras que pisé.
Un cable sobresale de mi bolso de mano: mis auriculares... ¡cómo los extrañé! 
Por primera vez en muchos días, que se sienten como un año, me conecto con mis carpetas de música. Voy hacia esa que evité mucho tiempo y la hago sonar. 
 "So i look to my eskimo friend..."
Estoy tan en paz que puedo con lo que no pude. El micro avanza con el sonido y escucho esa letra que había olvidado. 
Solo puedo pensar en más aventuras, en prolongar este proceso que empuja mi año hacia lo nuevo, y en entender que estamos solos frente al mundo, pero rodeados de las mejores cosas, siempre y cuando estemos dispuestos a generarlas.
De pronto, tengo una sensación: sé que jamás volveré a Montañita. Perdida en caminos que no se pueden repetir, este día, elijo entregarme...              
                                                                                                        
                                                                                         7 de enero de 2012






Ese micro que se dirige a Guayaquil se detiene dos kilómetros después porque faltaba un pasajero que logra alcanzarlo en algún punto. Roberto, un pescador, se trepa como puede y golpea a varios pasajeros con sus cañas.

Aprovechando el revuelo que causa este hombre, un muchacho de guitarra logra entrar al micro. Le da cinco dólares al chofer y pone cara de sorpresa cuando ve a la pasajera del primer asiento.





miércoles, 12 de diciembre de 2012


Foto (fotaza): Marina Brattoli


A veces podés no darte del momento en el que empezás a formar de algo. De hecho, esa es la única forma que conozco de hacerme parte de un lugar.
Ya adquirís una esencia, una distinción. Y ¿qué importa que te llamen "autista" porque caminás solo, pensativo y, en pocas ocasiones, hablás con la gente? Sabés que por más que te griten "distraído", sos parte de una comunidad que sabe cuando estás y cuando no. Y que sabe, a fin de cuentas, que pronto te irás.
Yo empecé este viaje sin saber quién soy. Sería cursi decir que me encontré a mi misma... muy de bestseller americano, pero lo cierto es que encontré un lugar en el mundo.
Nooo. No me voy a quedar, pero esté donde esté, siempre sabré que aquí hay una bandera que reza: "Yo pisé esta arena, yo vi cómo el sol se mete en el mar al atardecer".
Lo cierto es que me estoy despidiendo, porque me quedan tres días y dos noches.
No más hippies que hacen círculos en la playa al atardecer y a la noche, ni más artesanos astrólogos que toman cerveza en el desayuno, no más señoras religiosas que intentan evangelizarnos en esta Babilonia ecuatoriana, no más bandas de pibes argentinos que cantan como si extrañaran las canchas de fútbol, no más niños que me dicen "gringa", no más pibes de guitarra que son mi debilidad.


Ahora estoy en Olom. Llegan los amigos de mi chico. Nos salvan del incómodo momento del casi-beso interrumpido por un pelotazo en la cara. Me considero afortunada, pero no cuento con estos astros aburridos.
El segundo pelotazo dolió más que el primero...
Los amigos se acercan, salvo uno que se queda a unos metros. Me mira y no tiene la expresión de curiosidad que tienen los demás.
"Lo conozco", pienso.
En mi mente, los días comienzan a retroceder hasta el fogón: él traía la misma remera que trae ahora en la mano. Yo estaba montada en su espalda y se alejaba de la gente. Ya me faltaban los veinte centímetros de pelo y yo llevaba una cerveza en la mano.
Después, avanzo de nuevo hacia el futuro, que es pasado en este atardecer: el torso que veo ahora es el mismo que estaba en mi cama esa mañana del primero de enero.
Las piernas se me aflojan. Él le dice al oído algo a otro de los chicos.
Ese día del despertar horroroso yo había vuelto a la habitación con un café y no lo vi. Pensé que estaba salvada; sabía que no lo había imaginado, pero al menos no tendría que lidiar con un encuentro confuso. En el momento en el que me había tirado a la cama, escuché la cadena del baño... La puerta se abrió y salió ese cuerpo bronceado.
Se acercó a mí y yo me alejé... Corta: me estaba enterando de que me lo llevé a la habitación, pero que, una vez ahí, le dije que no tenía ganas de nada. Me dormí, dándole la espalda... Mala idea, ¿no? Pero digamos que él también estaba tan borracho como yo, y se había dormido y me había puesto la mano en la cara, en una especie de abrazo borracho, una última brazada de ahogado en la que trató de devolverme a la vida, una muestra de un cariño que no existía.
No hubo caso.
Esa es la historia de esa mañana.
Por supuesto, en aquel entonces insinuó que debíamos terminar lo que habíamos empezado en algún momento.
Acto seguido: salió casi disparado por mi puerta, enojado conmigo. No lo traté bien.

"Esperá", le digo al chico de guitarra. Le agarro la mano. "Me tengo que ir. Te vas a enterar de algo que no te va a gustar".
Trata de detenerme, pero huyo por la playa, casi corriendo. Saludo a los chicos y les digo que tengo que irme.
Nunca miro para atrás, pero puedo sentir cómo doce ojos se clavan en mi espalda; cómo seis bocas hablan fuerte y de fondo un cuchicheo que debe estar por poner al corriente a mi chico de que besé a un amigo suyo, lo llevé a mi habitación, lo histeriquié y a la mañana lo eché a patadas.
Lo dejo con el recuerdo de la mujer inmaculada que minutos atrás se había ganado un beso, una playa, un atardecer y un pelotazo. La mujer con la que había sacado fotos irrepetibles.

Decido caminar hacia Montañita. Dicen que el camino es hermoso y complicado, pero en cuanto dejo la arena y piso las calles descubro que no siempre dicen la verdad: el camino no es complicado, sino peligroso.
Hay poco espacio entre la calle, por donde pasan autos con pésimos conductores, y una especie de barranca empinada llena de helechos, ramas, tierra y vaya uno a saber qué.
Los conductores tocan bocina. Comienzo a odiar este vestidito playero. Me lo bajo hasta donde puedo para evitar que quede tan corto.
Un auto pasa demasiado cerca, me asusto, me arrimo al borde.

Llego a un camino más tranquilo que se desvía hacia la playa y sube. Esa no es la dirección, pero no hay otra.
Me siento en una piedra, algo odiada por toda la situación: me miro la cola lastimada, porque caí por el barranco unos metros y el resultado es un chichón de golpe y arañazos. Lloro un poco por deporte, porque prefiero llorar por eso que por lo otro.
Sigo adelante porque está empezando a oscurecer. No sé si está pasando esto o mi papá está teniendo una pesadilla: que su hija está en un país tercermundista caminando perdida, casi desnuda, cuando se está haciendo de noche.
Sin embargo, empiezo a reconocer el terreno: es el morro que delimita Montañita. Es el Mirador.
Una enorme pared de ladrillos grises y una entrada sellada por una soga.
Empiezo a hacerme la idea de que pasaré la noche ahí, pero el problema es que no hay nadie.
Entro (aún no lo sé, pero estoy violando propiedad privada), los horarios de visita terminaron; subo escaleras y, de pronto, estoy en una iglesia al aire libre. Me asomo y veo el mar de un lado y del otro.
Hacia un costado, oscuridad. Hacia el otro, las luces de mi pueblo.
Me río. No sabía que existía ese lugar.





El sol muere ante mis ojos. Ni siquiera había notado el cambio de turno, pero me doy cuenta de que ahora miro la luna. Se ve enorme y limpia. Pero más que nada, se ve silenciosa. 
Saco el buzo que traje de casualidad. La verdad es que no tengo frío, pero el mar oscuro trasmite esa sensación. Me imagino entre las olas y tiemblo. Me río.
Me acuesto en un rinconcito que forma un altar, e improviso una almohada.
No tengo miedo. Y solo puedo pensar en que temí toda la vida, como si siempre las cosas pudiesen salir mal. Pero las cosas no pueden salir mal cuando uno es feliz, no importa lo que suceda. Cuando hay una sonrisa sincera y relajada, plácida, nada es tan grave.

Creo que eso fue lo último que pensé, porque unas horas después me despierta el sol.
Hacía días que no dormía tanto. El lugar es todavía más lindo de día, pero es uno de esos lugares en los que cada momento tiene su encanto: si pasara el día ahí y si olvidara la belleza de la oscuridad, al hacerse de noche pensaría que es aún más hermoso que el día.
La mano de Roland... no es que me tira del pelo ni me hace daño, pero lo cierto es que me levanta enojado. No entiende cómo alguien logró burlar la vigilancia. En tres minutos y en un lenguaje rápido, me entero que es cuidador del lugar hace más años que los tengo yo. Por su cara entiendo que esto puede ser un gran problema, pero después de esos tres minutos intensos, me ve en los ojos cierta inocencia, cierto descuido que me llevó hasta ahí. 
Me mete en un micro con unos misioneros.
"Déjenla en el pueblo". 
Los misioneros, todos niños de diez años más o menos, me miran simpáticos y curiosos. Cuando les digo que soy argentina esperan que les diga "che" al final de cada oración. Cantan canciones sobre las bondades de Cristo y, bondadosos como Cristo, me dejan en Montañita. Los niños misioneros se asoman por la ventana y me saludan. 
Veo el pueblo como jamás lo había visto. Comienzo a extrañar esa simpleza, y emprendo, quizás por penúltima vez en mi vida, la caminata al hotel. 


miércoles, 21 de noviembre de 2012

                                                                         

Las cosas fascinantes me resultan fascinantes menos tiempo. Recuerdo - ¡y qué recuerdo tan sentido!- ser chica y fascinarme con los juegos del parque: el asombro que me provocaba aquel mundo sin descubrir. La mirada hacia arriba, esperando el asentimiento de mi madre.
Recuerdo correr hasta estar trepada; correr, disfrutando cada paso que me acercaba al tobogán, al barco pirata, a la casita en forma de iglú, a las hamacas. La sensación de libertad no era lo mejor. Lo mejor era la sensación de lo nuevo, de descubrir lo nuevo. Y una vez que terminaba ese descubrimiento por lo otro, hazaña que llevaba buen tiempo, comenzaba un nuevo descubrimiento: el de mi misma. Me descubría en los juegos. Esto también me llevó años maravilloso.
Lo cierto es que ahora, lo nuevo, lo fascinante y el asombro duran menos.
Pero cuando creemos que nos sabemos todos, ahí aparece algo que nos saca de órbita.
Podría tratarse de una persona. O podría tratarse de un despertar violento producido por una alarma de tsunami...

Despierto agitada porque suena una sirena. El ruido es muy claro: se define por un silencio desolador de fondo. Tirada en la cama, me limpio la baba de la cara. ¿Por qué no escucho cómo las olas van y vienen? Recuerdo una película: claro, el agua se está yendo hacia atrás y va a formarse una ola gigante.
Tengo que mantener la calma y actuar con rapidez.
Me levanto. La cabeza me pesa. Short, la remera que uso para dormir y ojotas. Como no encuentro dos iguales, me pongo una de cada color, porque en medio de la evacuación y los destrozos a nadie le va a importar. Por las dudas, agarro las zapatillas: mi idea es correr hacia las montañas y puede que tenga que pisar cosas peligrosas, o quizás, deba trepar. Sí, a los árboles...
Me cuelgo. Creo que pasan como diez minutos... No entiendo cómo se fue el tiempo. ¿Debería salir? 
La alarma otra vez y esta vez es en serio.

Abro la puerta, con algo de miedo o de curiosidad: o sea, no sé con qué me voy a encontrar.
Hay sol. Todos duermen. Debería despertar a todos. 
Corro escaleras abajo y me mareo un poco.
Alguien me agarra: el chico de guitarra. Me confunde, le señalo el mar. Todo está como siempre.
"No tendríamos que haber comido los brownies que trajo ese australiano, ¿no?", me dice.
Como si de pronto un poco de luz cambiara absolutamente un escenario. La alarma suena, parte de una canción de música electrónica del hotel de al lado. Recuerdo, entre otras cosas, que soy una persona con mucha imaginación y mucha susceptibilidad a los efectos de las drogas.
Él mira mis pies. Después las zapatillas que llevo en las manos. 
"¿Qué tipo de viaje te pegaste vos? ¿Qué creés que está pasando?".
De pronto, la noche vino casi completa a mi memoria: el australiano, él y yo en la playa. Los tres nos cruzamos de casualidad, nos pusimos a hablar en inglés. Como estaba borracha, creía que hablaba bien. Eso lo recuerdo. Después, el australiano sacó unos brownies de la mochila.... Me acuerdo intentar llegar a mi habitación.
"¿Te acordás que intentabas llegar a tu habitación? Porque hoy nos teníamos que encontrar para ir a Olom...".
Claro, decíamos que nos conocíamos el pueblo de memoria y que era hora de tomarnos un micro.
"Vamos. Mis amigos están allá. Te espero mientras te ponés presentable".
Mueve la guitarra y se sienta bajo la sombra de un árbol.
Tardo más en lavarme los dientes que en cambiarme. Solo puedo pensar en no estar apestosa. Cuando salgo, vuelvo a mirar el mar. Por las dudas.

El colectivo viejo con pocos pasajeros y un mal conductor se mueve demasiado. El chico de la guitarra se duerme. En algún momento, se apoya en mi hombro, mientras yo, poseída por un apetito voraz, muerdo la última galletita nada rica. Supongo que Dorf, el australiano, nos drogó. Es oficial.
Me río, pero miro el mar. Por las dudas.



Estoy pasando una de las mejores tardes de mi vida. La playa es casi nuestra, a no ser por unos chico que, varios metros más cerca del pueblo, improvisan una cancha de fútbol.
Comemos cebiche y me cuenta -sin ningún pudor- que no es cierto que el cebiche es afrosidíaco. Que un amigo lo comió una noche y que no le fue bien. Le hago notar que es probable que el amigo haya tomado y que por eso no se le paró. Se ríe por mi atrevimiento.
"Calles... voy a cruzar...", canta mientras toca su guitarra.
"En silencio, nena, escucha... hay un lugar". Se ríe de nuevo: no esperaba que yo conociera esa canción.
De pronto, le cuento cosas de las que no hablaba hace mucho. Me pregunta porqué no tengo novio y no sé si lo dice como un piropo y como una posible preocupación. Su cara no me deja saber si cree que está con un diamante en bruto o con una psicópata. 
Vive en el sur y se refiere a mí como "porteña", y lo hace con un dejo de simpático desprecio.
"Porteña, te regalo eso..." Miro el mar, ya sin desconfianza. Está atardeciendo. Es lo más lindo que me han dicho en mucho tiempo. Se acerca a mí.


A veces no entiendo qué problema tienen los astros conmigo. En serio.

José es un chico ecuatoriano de doce años. Algunos le dicen "Maradona". Pero los que prefieren a Pelé lo llaman "Pelé". Tiene puntinazos infernales y muchas veces, las canchas de aquel pueblo más perdido que Montaña le quedan chicas.
Todos se agachan ante el balón que se dirige como misil al arco. El arquero se tira hacia el lado contrario al cual va la pelota.
El bólido solo se detiene cuando me golpea la cabeza.
Puedo ver la cara de mi chico en una mueca de horror ante mi mirada espanto en la medida en que la cabeza gira hacia la derecha catapultada por aquella pelota.
Me quedo mirándolo un buen rato, con los cachetes llenos de arenas. José grita "I´m sorry, gringa".
Le devolvemoss la pelota. Quiero llorar pero me río.
Llegan los chicos. Sus amigos, para sacarnos del incómodo momento... 
Pero el momento verdaderamente incómodo está por llegar. En serio, ¿qué problema tienen los astros conmigo?





Foto: Nano Carulla         





miércoles, 31 de octubre de 2012



                                      


Extraño las cosas cuando vuelvo a verlas. Es entonces que descubro cuánta falta me hacían.
También extraño cosas que nunca pasaron, cosas que creí que iban a pasar. Como si padeciera una nostalgia de futuro.
Me resulta paradójico el haber relacionado este diálogo interior, este mix de sensaciones, con mis estados más tristes. Sin embargo, ahora que estoy feliz, vuelvo a ese juego dinámico, como si, en definitiva fuera parte del mismo proceso. Como si se tratara de una elección que determina el mundo.
Extrañaba el sol. El sol que finalmente entra por ese persiana chueca y rota.
Mi casa pequeña de aquel hotel sin mucha tecnología está como la dejé: ropa a medio secar colgada de donde se puede.
Respiro hondo y el día espera. Acá no vuela, ni se va a ningún lado.
Pero¿para qué hablar de mis particularidades del día? Entre surfers y licuados y encuentros con las personas de siempre no presentan nada novedoso. Solo mi propio disfrute personal.
El pragmatismo mudo me está abandonando. Comienzo a ser parte real de este verano y espero combinar lo que soy desde siempre y lo que quiero ser.
Pero, insisto: ¿para qué hablar de las particularidades de mi día si puedo contar sobre la noche en que Montaña quedó sin luz  y yo fui besada por un desconocido en medio del apagón general del pueblo?
Ay, sistema electrógeno montañés, ¡qué avalancha de cuerpos!

Empecemos de cero: en Montañita es invierno.
Lo que determina este invierno de treinta grados no es otra cosa que la frecuencia de las lluvias. Lo cierto es que esta gente no padece las amplitudes térmicas que el resto de la humanidad sufre. Así de corta.
El verano tiene también treinta grados, pero nunca llueve.
De todas formas, el anochecer temprano es una característica heredada de cualquier invierno, y a las siete de la tarde ya no queda rastro de sol.
Pienso que, después de varios días sin contacto, debería dejar esta crueldad de lado y avisar a mi familia que sigo viva.
Después de varias vueltas, me decido a ir al pueblo para enviar un mail desde un locutorio. Esto lo empiezo a planear desde las cuatro de la tarde, porque, convengamos, lo ideal sería que no oscureciera en el camino.
Por supuesto, termino saliendo del hotel a las seis y cincuenta y cinco.
Mientras camino a medio vestir (salí de la peor manera posible) ya ni miro lo que cruzo. Puedo decir que conozco casi todos los detalles de memoria.

En el locutorio me atiende un chico que no tiene ni dieciocho añitos. Tampoco tiene ganas de hacer lo que hace y no me mira cuando me habla.
Con pocas palabras, me da una máquina.
Entro ante la mirada atenta de (en serio) todos hombres. Empiezo a arrepentirme de haberme dejado la biquini. También de tener la cámara de fotos, porque mi idea era bajar todas las fotos que saqué y mandarlas en aquel bendito mail.
Mientras espero que se envíen esas palabras, veo que pasa el chico de la guitarra con un grupo de amigos. Ríen, cantan, toman Fernet en una botella de plástico cortada.
Decidida a ir tras él, freno todo: la sesión, las fotos que se estaban bajando, el mensaje a punto de ser enviado.
De pronto, la computadora se apaga. Micro-segundos después, ante un grito generalizado, todo se apaga.
El pueblo a oscuras. Terror.
Escucho gritos, risas, voces que hablan fuerte, gente que busca a su propia gente. Las sillas se mueven y siento cuerpos que pasan.
Agarro mis cosas, las abrazo, las guardo y pienso qué es lo que debería hacer.
Alguien pasa cerca y, sí, creo que me manosean.
Salgo apurada de aquel lugar. Percibo que el chico desganado sigue ahí y ni se inmuta: podríamos llevarnos los monitores y ni se movería para impedirlo. Me sorprende el escalón de madera que había pasado por alto al entrar, y piso la calle sin ver nada más que una manada de cuerpos negros que pasan ante mí. Algunos corren y empujan a los otros. Alguien me da con una linterna en la cara y me enceguece aún más.
Desde lo que sospecho que es un bar sale algo de música improvisada. Música de fogón para esta oscuridad.
Cuando solo puedo ver un círculo luminoso en mis pupilas por culpa de esa linterna que me apuntó directo a los ojos, alguien respira cerca de mí, me golpea con algo en las piernas, y lo próximo que siento son dos manos en la cara y los labios algo secos en los míos. Lo empujo y me quedo sin saber qué hacer. Trato de agarrarlo para ponerlo en su lugar, pero se ríe y huye.
Bueno, no sé qué hacer. Tengo miedo de que me vuelva a pasar lo mismo. Empiezo a moverme junto a un grupo de voces femeninas. Alarmada les cuento que alguien me había besado. Una me dice que le tocaron la cola. Trato de unirme a ellas, porque la unión hace a la fuerza, pero ellas no me reconocen como una de las suyas y, ante el choque contra una columna que viene desde una calle que cruza, ellas me pierden y no se preguntan por mí. Siguen su camino.
Me pongo tan nerviosa que improviso un ataque de risa. ¿Cómo me puede estar pasando esto?

"¿Piscis?", me dice Stalin, que aparece con una vela.
En verdad soy yo la que aparece ante él, porque de alguna manera llego hasta su puesto.
Me da la mano y paso del otro lado, a salvo.
"Solo tú puedes quedar desnuda en un apagón...".
Nos sentamos sobre la mesa, en el lugar en dónde irían sus artesanías si es que no las hubiera sacado. Me da una cerveza y acepto. Nos quedamos viendo a las personas que pasan y tratan de resolver esta aventura. Intentan hacer aquello que hacían antes de que se hicieran las tinieblas. En algunos sectores aparece la luz de velas que se encienden y se ven como círculos de fuego en medio de la nada.
Stalin mira concentrado lo que puede y no se pierde un detalle. Me cuenta que esta tragedia sucede todos los años. Que mejora con el paso del tiempo.


Cuenta alguien que también estuvo ahí esa noche, que las chicas se reían si alguien se acercaba, porque las mujeres de ahora no le temen realmente a nada.
Que el chico que atiende el locutorio principal, que no tiene ni dieciocho años, dejó todo como estaba y se fue a fumar a la playa.
Que un artesano se sentó a tomar cerveza sobre su mesa de trabajo con una chica argentina.
Que la dueña de un hotel se preocupó por todos los que estaban perdidos en la oscuridad.
Que unos chicos de Adrogué se pelearon con unos de San Isidro.
Que un italiano se puso insoportable con unas chicas.
Que una mujer llamada Mariella terminó su romance de dos días con el australiano Dorf.
Que el apagón duró tres horas y fue provocado por una argentina que enchufó un secador de pelo.
Que un chico con guitarra andaba con una linterna...







miércoles, 10 de octubre de 2012




Frente al mar. ¿Qué más se puede decir? 
Creo que soy feliz. No tengo preocupaciones. 
Solo puedo estar agradecida. Agradecida de estar acá. 
Nunca en mi vida me sentí agradecida, pero no porque las cosas siempre hayan sido malas, sino, al contrario,  porque nunca tuve conciencia de que las cosas no tienen que estar bien necesariamente.Y en algún momento, no lo estuvieron.
Esa energía del movimiento de las olas que van y vienen me llega hasta la cara algo colorada y renegrida. Esa sensación de calor, que vuelve cuando salgo de la ducha, se aleja con el viento.

¡Por favor! ¿Qué hago anotando estas cosas? Listo: hoja arrancada, hoja arrojada al mar.
Lo que me gusta de este verano loco es que apenas puedo escuchar mi voz.
Mi familia, compuesta de aquel grupo improvisado que terminó el año conmigo, y mi amiga, y la amiga de  mi amiga se fueron. Finalmente, he quedado sola, lo cual tiene mucho sentido porque mi viaje era un viaje en soledad. ¿Cuánto estuve sola? Nada. Saben lo poco que sé sobre mantener firmes las ideas...

Realizo el camino de siempre por la arena. Es la primera vez que camino sola por la playa de noche y, pese a las advertencias de la dueña del hotel, que ya no sabe qué hacer conmigo, salí sola en la oscuridad. Sobrevuelan las leyendas, que no sé si podría llamar "urbanas", sobre una droga que desmaya a las chicas.
Más que marihuana, no vi otra droga en el pueblo. Y hasta hoy, puedo referirme solo al verbo "ver".
Mientras paso por los hoteles playeros me cruzo con la gente joven, los dueños de esta tierra de milagros naturales, de posibilidades infinitas. Algunos me ofrecen tragos, otros solo saludan; otros hacen lo que estaban haciendo y apenas me ven como un títere negro vestido de blanco que se desliza por la arena.
Antes de llegar al pueblo, advierto que una sombra viene siguiendo mis pasos, como perro guardián de historias provincianas que desaparecerá en cuanto yo haya llegado a destino. Pienso en las advertencias, pero lo cierto es que varias sombras nos rodean. Parece que nadie hace caso a las advertencias. Por las dudas, impongo una distancia razonable.
Este ángel que reproduce mis pisadas, metros atrás, es más alto que yo y más delgado. Tiene el torso desnudo, y dos lazos negros lo hacen acreedor de una supuesta mochila. Y todo esto logro verlo con la pupila torcida hasta el cachete, porque prefiero no girar la cabeza y amenazarlo con una mirada fija.
De refilón y por casualidad, detecto una especie de cuerno que le sale de la cabeza. Sospecho que este ángel podría ser un demonio. Me río.
Él se ríe.
Ahora me detengo y él llega hasta mi lado.
Ariki es de la isla de Pascua y vino a Montañita en busca de aventuras espirituales. Me pregunto si ha logrado algo de eso... Yo creo que debería haber pensado en otro lugar para su retiro espiritual.
El cuerno en verdad es una especie de pluma que corona su rodete perfecto del perfecto pelo negro. Envidio ese pelo que, suelto, llega hasta la cintura. Empiezo a extrañar mi larga cabellera...
No nos hablamos, pero nos hacemos compañía.
Una vez en el pueblo, Ariki va hacia la izquierda, y yo, por inclinación natural, hacia la derecha.
Camino varios pasos, durante algunos minutos, esquivo adolescentes y jóvenes agrupados, miro los puestos que venden tragos, extraño de a ratos a la gente que pasó estos días conmigo y sigo sola.

Tres Mojitos después, bailo con todos los grupos y con ninguno, me río y digo cosas trascendentes a personas intrascendentes en mi vida. Pongo en práctica las palabras que aprendí y grito cosas como "Chucha", "Chuchaqui", "Vergación": todo, claro, sin sentido alguno. 
Si alguien me viera desde cierta objetividad, me encontraría algo distinta a la masa humana que reposa de pie en las calles, que sale en manadas de los hoteles y que trata de entrar a los precarios boliches. Y que sale a los minutos. Y pide que les sellen sus manos para volver a entrar. Nadie se queda en un lugar aquí. La idea es el movimiento. 
Somos como esas olas. 

Mi atención se detiene en una ronda de gente que salta. 
Pasa algo increíble: por primera vez en la historia de Montañita, todos apagan la música. Pero la música nunca muere. Un chico que apenas tiene veinte años  reproduce, con algo parecido a un tambor, temas de música electrónica. Se convierte en nuestro Armin van Buuren.
Ese ritual pagano nos convierte en esclavos y, finalmente, todos bailamos lo mismo. Así de fácil era.
Como producto de ese baile masificado -o por mera casualidad- el cielo explota y la lluvia regresa. Podríamos ser los últimos sobrevivientes del planeta, pero nuestros gritos son tan fuertes, nuestras risas tan potentes que creemos que nuestra energía llegará a cualquier lado del planeta. Nos sentimos parte de algo que no podemos explicar, y no hay nadie que sea feo en este lugar. Esto es este pueblo, y esto digo cuando digo que todo puede pasar.
Todos somos extraños y fríos en nuestras ciudades, pero acá no somos más que lo que somos: seres humanos imperfectos que buscan la felicidad. Yo soy el ser más afortunado que existe en el mundo: dejé la idea de felicidad en el ropero de mi casa y no sé que quiero.
Entre las caras distingo una que conozco y, en mi estado de ebriedad, emprendo un acercamiento impulsivo. Me detengo pasos después porque se trata del hombre que durmió conmigo en año nuevo.
Como ninja, desaparezco en medio de mi propia nube de humo y le bailo a nuestro Armin ecuatoriano.
Cuando salgo un poco del centro de escena, ahí tengo otro encuentro, pero esta vez se trata de alguien a quién me acercaría.

No trae la guitarra. No tiene remera y sus pantalones sueltos y coloridos casi reflejan todo lo que es. No logro disimular que mis ojos lo recorren. 
Su cara refleja una suerte de curiosidad por saber qué pienso cuando pienso y lo miro de esa forma. Me sonríe, y los dientes grandes y blancos resaltan en su cara bronceada. Creo que no puede ser más perfecto.
Como por impulso toco mi pelo, pero mi pelo ya no está ahí.
Me saluda. Abro la boca para decir algo genial. Es la primera vez en todo el viaje que deseo hablar de esa manera con alguien. Solo digo: "Hola". 
Sigo caminando y me arrepiento. Me detengo metros después. 
Me doy vuelta y él también. Vuelve hacia mí. Mi corazón empieza a latir en el pecho. Trato de que mis ojos se vean bonitos. 
Él llega hasta a mi lado.y sigue de largo -sí, sigue de largo-. Un grupo de chicas, que estaba delante de mí, lo saluda. Se conocen, se abrazan a él. 
¿Y yo? En el preciso instante en el que advierto que yo no era su objetivo, miro hacia un costado, veo al tano y lo saludo. Salgo triunfante de la situación.
El tano cree que ha ganado algo. Pero dejo pasar unos minutos y desaparezco como ninja. Otra vez.

¿Y ahora? Media hora después, me encuentro con Ariki.
Bajo a la playa a su lado y caminamos hacia el hotel. Trato de ver algo más allá del mar, pero es como si no hubiera un más allá. Ahora ya casi no hay nada de viento, y Ariki promete que mañana el sol volverá a aparecer.
Nunca supe bien dónde paraba mi nuevo amigo, pero, siempre que me acompañaba, seguía de largo. Me pregunto qué lugar habría más allá, porque solo estaba el morro que marcaba el límite. 

Bajo esta iluminación leve veo sus huellas en la arena, que siempre se alejan. Las mías terminan en esta escalera. Mañana será otro día.



miércoles, 19 de septiembre de 2012


Tenía una carta de mi amigo argentino.
Cuando me dejó en la terminal, me dio un papel.
Mientras yo esperaba el micro y transpiraba como oso polar, la leí; y mientras abría con dificultad el papel doblado, improvisado, pensaba en cómo explicarle vía mail que, si bien me parecía un hombre agradable, yo no tenía ganas de tener nada con nadie.
Supongo que nadie sabrá sobre esto, porque al abrirlo, lo único que encontré fueron datos que él creía que yo podría llegar a necesitar; lugares donde debía parar; parques que no debía dejar de visitar. Y, pero no menos importante, comidas que tenía que probar.
La carta se me perdió, al igual que buena cantidad de papeles que había juntado.
Nunca fui muy atenta. Y menos ahora: pienso operar con las responsabilidad mínimas, y el único objetivo del juego consiste en no perder el pasaporte.
Teniendo en cuenta que hasta perdí buena parte de mi pelo, ayer tomé la decisión de darle ese documento importante a la dueña del hotel para que lo guarde en su caja fuerte.
Volviendo a la no carta de amor, en ella, mi amigo me enumeraba todas esas comidas y bebidas que, si uno las pasa por alto, jamás podrá confirmar a la humanidad que ha estado en un lugar, que ha saboreado el gusto de cada tierra: papaya, guanaba, pitihaya, granadilla, tomate de árbol, quimbolitos, trigillo, empanadas de viento y de morocho -de verde también-, encocados de pescado, etc
Es cierto.
Pero tengo una objeción: no lo es en mi caso. Mi forma de relacionarme con un lugar consiste en caminarlo en soledad y en silencio; en recorrerlo, por lo menos, una mañana, una tarde y una noche.
La caminata de la mañana ya había ocurrido. Justamente, fue una mañana sin sol, y, al alejarme del pueblo, pude ver montones de pescadores con sus redes.
Podría haber sacado fotos increíbles, pero necesité caminar sin nada. Había algo de viento, ese viento que tiene el encanto descarado que solo se le permite en la playa.
Insisto en que no recuerdo qué cosas debía probar. Pero yo camino, me relaciono de a ratos con la gente de la zona y, de esa manera, me conecto con el corazón de lo que habito. También lo hago a través de esas situaciones que me hacen ser yo y nadie más; a través de mis errores y tonteras y de despertares junto a hombres que no conozco.

Con poca dificultad me levanto de la cama (sola). El rayo de sol que suele entrar no ha aparecido. El vidrio parece algo empañado, huelo agua. Con angustia, descubro que llueve.
Repaso cómo era la costa con lluvia. Arena, mar... y truenos.
Mardel con lluvia era igual a "Sacoa", cine, teatro, churros "Manolo". No parece opción: "Sacoa" se extinguió, el cine y el teatro más cercanos están a doscientos kilómetros y churros "Manolo", frente al otro océano.
Se me ocurre buscar a mis amigas para que inventemos algo, pero recuerdo que la que realmente es mi amiga tuvo suerte anoche, así que ahora debe estar en brazos de aquel hombre que supo ganar.
Apenas conozco a la otra, y no me resulta tan divertida. Es más, mientras practico en mi mente una charla con ella, me doy cuenta de que no recuerdo su nombre.
Me pongo la única campera con capucha que tengo, dispuesta a escapar del hotel. En mi carrera escaleras de madera hacia abajo, casi resbalo... Debo tener cuidado, algún día podría rodar por ellas.
Cuando veo que no hay moros en la costa, corro hacia la playa.
La arena con pintintas mojadas me causa una sensación agradable cuando la piso. No dejo de correr sujeta a ese impulso con el que ya venía. La lluvia me golpea la cara cada vez más fuerte, y río... Acá no existe seriedad, y toda forma de felicidad, por más infantil que resulte, es válida.
Subo al pueblo por aquellas escaleras que ya conozco de memoria: al costado, la ronda de hippies apenas detecta que he pasado a centímetros y la arena ha volado en dirección a ellos.
Bajo el efecto de la tormenta, todo se ve nuevo. Para empezar, no hay nadie y es la primera vez que tengo el panorama claro de las construcciones sin humanos.
En uno de los puestos en los que venden cosas, un artesano improvisa un techo. Me mira, me sonríe y deja al descubierto unos dientes blanquísimos. Me llama con la mano.
Me acerco y me refugio, sin desconfianza. Hay charla:
- Muchacha que confía...
- A veces...
- Igual, muchacha que confía hasta ahí. Piscis, ¿no?
Lo miro con sorpresa. También me río.
- Simpática... Hasta ahí. Pasas distraída todos los días. Te gusta el agua. Escuchas a los demás con atención.
- Algo así -contesto. Igual debo confesar que en algún punto dejé de escucharlo porque un pájaro atrajo mi atención (nota mental inconsciente: sí, soy distraída) -. Igual, yo no sé mucho del horóscopo y eso.
- Deberías saber más, así tu carga no sería tan pesada.
Me reí.
- ¿Te ayudo con el pelo? -preguntó. Sacó una tijera con la que cortaba los hilos que usaba para hacer pulseras.
Antes de contestar, me di cuenta de que ya había entregado mi cabeza. En pocos segundos, con habilidad y cuidado, me emparejó en pelo.
Me puso un pequeño espejo frente a los ojos: no estaba bien, pero no estaba mal. El pelo corto me dejaba en bolas frente al mundo, pero yo misma me había puesto en esta situación y debía hacerme cargo.
- ¿Desayunas? -preguntó y levantó la mano derecha con una cerveza fría y recién abierta.
- No, gracias, voy a ir por un café.
- Soy Stalin, Piscis. Cualquier cosa que tú necesites, sabes dónde encontrarme. 
Alguien lo saludó por su nombre:
- Hola, Stalin. Hola... Cristóbal Colón... -dijo, refiriéndose a mí. Stalin se rió. Yo me di vuelta, algo ofendida.
Esa persona que saludó no era otro que el chico de la guitarra, aquel que me había gustado. Así que me quedé con una semirespuesta en la boca. Stalin se rió: "Piscis está enamorada...". 


viernes, 3 de agosto de 2012




Primer día del año pasado: como un escupitajo que resumía todo lo que venía, allí, lejos en tiempo, me encuentro yo, a la tarde noche, tirada en el piso. Estaba llorando y no despegaba el cachete de la madera fría. ¡Ojo! Se sentía bien porque hacía mucho calor en mi casa.
¿Los motivos? Olvidados y olvidables.
Solo puedo decir que, si el primer día del año es un vestigio de todo lo que vendrá, entonces, el desenlace ocurrido la noche anterior fue más que inevitable.
Creo que me lancé a los viajes para huir no sé de qué y encontrar no sé que tanto.
No soy de leer mucho, pero una vez di con un párrafo -que jamás podría reproducir textualmente- ydecía algo así como que los viajeros van en busca de algo, aunque no saben de qué. Eso soy yo.
Ahora bien, si el primer día del año es el año entero que nos habla a través de señales, yo no sé qué pensar... Parada en la puerta de mi habitación, debo entrar y preguntarle al hombre desnudo en mi cama qué es lo que pasó entre nosotros. Y más importante: quién es exactamente.


Tres horas después.
Mis amigas -mi mejor amiga desde hace dos días y su amiga recuperada de los brazos del gringo- me esperan abajo. Como tardo, me revolean una ojota o sayonara, como dicen ellas, que da contra mi ventana. La misma ojota que creímos perdida la noche anterior.
Se ríen de mí y de mi pelo. Claro, nuevo look 2012: de un lado, mi pelo llega hasta la cintura; del otro, hasta el hombro. Podría hacerme cargo y llevar un corte con onda, pero no, no soy "ondera", así que algo voy a tener que inventar.
Ellas insisten en saber qué pasó...

Caminamos las tres por la playa: el día no es el más lindo y sin bien hubo algo de sol,  se fue corriendo y dio lugar a una nube gris clara que cubre el cielo; queda de él no más que el reflejo de una idea a través de las nubes.
El Pacífico, hoy y todos los días, luce agitado... me pregunto la razón de su nombre. Aunque es claro y trasparente, no se ve verde, sino, más bien, del mismo color que el cielo.
Torpemente pude atarme el pelo, y no es evidente el contraste... va, el desastre.
A medida que nos acercamos al pueblo, a través de la playa, van apareciendo los adolescente que horas atrás tomaban cerveza, bailaban borrachos y se besaban desparramados por toda la arena; los grupos molestos ahora se ven inofensivos y como corderos llegan a las playas con botellas de Coca Cola, Sprite y el glorioso termo y el mate mejor compañero. Algunas chicas aún llevan el maquillaje corrido (si lo habré hecho de más chica...) y sus ojos lucen cansados pero llenos de excitación. Los más cancheros traen gafas y tienen ese aspecto del trasnochado listo para cualquier aventura de día.
Aparecen los puestitos móviles: bicicletas con compartimiento acoplado adelante en donde uno puede comprar ceviche a precio muy accesible.
Recuerdo las palabras de mi papá cuando me dio las pastillas de carbón. Recuerdo a la gringa a la que le di una de esas pastillas ayer a la noche, y alimentarme ahí pasa a ser el último de mis planes.
Varias personas nos saludan y no me sorprende, porque parece que anoche hemos hecho destrozos.
La arena comienza a ponerse algo negra debido a una capa de ceniza. A medida que nos acercamos al centro, vemos los restos de la enorme fogata que conocimos.
Alrededor de esta círculo sin forma, hay un cementerio de latas de cerveza, de cajas vacías de cigarrillos: el hombre que levanta la basura se detiene frente a cada una de ellas para ver si alguna no está vacía. Mientras subimos al pueblo, puedo ver que no tiene suerte.

Las calles están sucias, a lo que debo agregar que Montaña no es, habitualmente, un pueblo sucio: la gente que habita estas aguas está orgullosa de cada calle, de cada estructura, y si bien las construcciones son austeras, la limpieza es uno de los mandamientos. Después de una noche como la de anoche, ni siquiera se puede pedir que algún policía esté despierto. A los costados, en ese pequeño hueco entre la vereda y la calle de tierra arenosa, vemos algunos borrachos tirados, en su mayoría ecuatorianos que parecen llegados de pueblos cercanos y que no tienen otro lugar en el que dormir (me pregunto si mi amigo Roberto no estará entre ellos). Claro que, a medida que avanzamos, empiezan a aparecer los restos de personajes de otras nacionalidades: un australiano llamado Dorf (sé su nombre porque la amiga de mi amiga lo conoce) levanta la mano, hace la seña surfista por excelencia, pero nunca abre los ojos. Las rastas rubias están esparcidas por la calle; su cara está en la tierra y la cola apunta al cielo. 
Nos reímos. 
Mientras la otra chica, que no deja de contarnos una y otra vez su historia de amor , va a comprarnos un licuado, un chico con guitarra entona una canción de "Los Piojos". Me alegra oír esa canción que no escuchaba hace años. 
Hubiese sido amor a primera vista si tan solo me hubiese mirado. En vez de eso, nunca deja de mirar su guitarra. Me parece el hombre más interesante que vi en mucho tiempo. 
Me tiran de la mano, y con muy pocas ganas deme muevo. Sin querer piso a un italiano... El italiano cree reconocerme y mi amiga me saca huyendo de ahí. 

Frente al mar, ella me cuenta que se enamoró y que esa noche tenemos que estar listas para buscar a su "churro" (usa exactamente estas palabras) porque solo le quedan dos noches en Montañita.
Le explico de mil maneras porqué no saldré esta noche... mientras lo hago, muevo las manos, como siempre.
La amiga me cree, porque no me conoce.
Tomo café y escucho la música que hay, y no otra. Ellas juegan a las cartas y no dejan de pasarse protección solar; yo empiezo a verme como un isleño moreno. Una de ellas promete cortarme el pelo al otro día, cuando Darwin, el chico que arregla los cuartos del hotel, consiga una tijera.
En este pueblo, a veces es imposible encontrar esas pequeñas cosas útiles: solo hay lo que se desea, no lo que se necesita. Y si lo que necesita es dormir, ¡no venga!
A pesar de todo eso, el cansancio me abandonó. Como viento que llega desde el mar, la energía es joven y nueva. 
Dejo de mentirme y admito que la noche me va a encontrar volviendo tarde desde el pueblo al hotel. Caminando por la arena fresca, creyendo que estoy en el mejor tiempo, en el mejor lugar, en el mejor momento, en el mejor paralelo, en la mejor longitud. Buscando no sé qué...
¿Y qué importa? Yo seguiré caminando. 























































































































































































































































































































































































































































































































viernes, 1 de junio de 2012





Me despierto porque tengo una mano huesuda sobre la cara. Estoy cansada, pero el calor húmedo y molesto contrarresta toda necesidad de descanso. Hay mucho olor a cigarrillo, y empiezo a sospechar que algo no está bien.
Mi pelo. Ni hablar de mi pelo: tengo esa sensación de pelo duro, húmedo arriba y mojado en la medida en que se aleja de la cabeza, como si mi último baño hubiera sido en el mar.
Cuando toco esa masa arenosa que reposa sobre la almohada, descubro, con horror, que me falta una parte (Sí, ¡horror y espanto!): alguien me sacó veinte centímetros de pelo. 
Me calma el abrir los ojos y reconocer mi cuarto de hotel.
En el piso veo un cartel desprolijo y salpicado que dice "Feliz 2012 lokaaa. Lo´ pibe´ de Adrogué".
Lo que no me calma en absoluto es que la mano no es mía, sino de un hombre tirado a mi lado...
Salgo de mi habitación y dejo a ese hombre durmiendo. Le veo cara conocida, probablemente sea del grupo que se formó anoche. Por las dudas, lo dejo encerrado: no pienso bajar más que unos minutos. Necesito un café.
La tela del vestido (el mismo vestido que tenía a la noche) se me pega húmedo al cuerpo, así que es oficial: me metí al mar.
Mientras me voy acercando al lugar donde desayunamos, la gente va girando la cabeza. Sospecho que adquirí popularidad ayer (si la quiero o no, aún no tengo idea).
La dueña del hotel, que por lo general es amable, me mira y no se acerca. Yo sola voy hasta la barra y me sirvo café del termo. El único que me sonríe (o más bien, se ríe a carcajadas de mí) es el chico que atiende.
Alguien grita algo, y la cabeza se me parte. "Gritos", pienso. La noche empieza a caerme encima porque me acuerdo que hubo gritos... Retrocede mi mente hasta algún punto lejano...


- ¡Los argentinos que se callen!
Eso no logró que la dueña del hotel impusiera su voluntad. Faltaba poco para las doce y nadie tenía intenciones de calmar esta alegría.
La mesa ya no tenía espacio para apoyar nada: era un cementerio de cervezas. Empezamos siendo muchos; terminamos siendo muchísimos: rebalsaba la gente por los costados, así que esta masa improvisada comenzó a moverse hacia la playa. No tan a los lejos (la distancia era confusa) ardía una fogata enorme que nos llamaba.
Minutos después, la tribu improvisada (armada por curiosos, solitarios y amigos de amigos de amigos) ya estaba donde tenía que estar. Mi amiga se quejaba porque había perdido una ojota (o "sayonaras", como las llaman en Perú). Ante la opción de volver al hotel para buscar otra, prefirió aprovechar esta fiesta en la playa.
Debo confesar que, para aquel entonces, yo ya estaba borracha y no veía gravedad en el hecho de andar descalzos. De pronto, me vi rebotando entre un multitud de cuerpos y  me sentí algo mareada, pero apareció un brazo amigo que me arrastró hasta una mesa blanca de plástico, rodeada de sillas. Alguien me acercó una copa a la boca y me obligó a tomar champán. Yo no me resistí.
Sentí olor a quemado: "Mi pelo", grité.
Pero no, no había sido mi pelo (o sea, no fue ahí). Cuando sentí un ardor en la espalda, entendí que me habían apagado un accidentalmente un cigarrillo. El muchacho se mostró apenado por lo sucedido, así que me regaló una cerveza; cerveza que intentaba compartir, pero no encontraba a los "míos".
Para colmo, aquella "mano amiga" dejó de ser mi amiga. Comenzó en mi cintura y fue subiendo por la espalda, intentando que mi cara diera contra una cara masculina, con una boca inmensa que me dijo: "Sei molto buona". Yo lo empujé y salí corriendo.
A lo lejos vi a mi amiga corriendo hacia mí; casi eran las doce, ¡dios mío! Ella pasó entre cinco pibes argentinos que cantaban como si estuvieran en la cancha: ella los esquivó como campeona olímpica.
Me gritó que teníamos que volver a la fogota (que ya era una hoguera). Alguien llevaba una antorcha hacia el mar, como si se tratara de un ritual.
Sentí olor a quemado, de nuevo. Pero la antorcha había quemado una remera (o sea, no fue mi pelo).
Cuando estuve frente a ella me mostró que traía el papel en el que todos habíamos escrito las cosas que queríamos olvidar; acontecimientos del año que no queríamos repetir nunca más. Pero lo cierto es que recuerdo que teníamos pocos segundos antes de que el 2012 llegara. Me palmeó la espalda, porque creyó que sería imposible, casi una misión suicida.
¿Qué importa un papel? O sea, no seamos supersticiosos: dejar las cosas depende de mí.
En el momento en que nos dimos vuelta, le arranqué el papel de la mano y corrí hacia la muerte... 
Primero frené, tomé toda la cerveza que pude y le di la botella a un chico ("Ehhh,  vamo Adrogué", me dijo... Listo, cartel explicado). Libre de todo, corrí por la playa, pasé entre las tablas de los surfers, que se quejaron porque a mi paso tiré varias de ellas; una cañita voladora descontrolada venía en dirección a la cara (recuerdo el fuego chispeante flotando frente a mis ojos), pero en un movimiento digno de "Matrix", la dejé pasar de largo; escuché un grito atrás: alguien no lo había logrado; unos chilenos se pusieron en mi camino con la intención de agarrarme (uno llevaba una corona que decía "2012"): los esquivé como jugadora de rugby (ya me creía mil) y le robé la corona, sinónimo de mi triunfo; una botella giraba por la arena pero recuerdo que la salté. 
Casi llegaba el conteo, o sea, últimos diez segundos del p$%& 2011. Detuve la marcha y mis ojos fijaron el objetivo. Detrás de mí, un malón corría en mi dirección.  Yo ya podía ver la fogata y casi no había gente entre ella y yo. Avancé inspirada, pero entonces vi al italiano que empezaba a bloquear mi camino, y abría sus brazos creyendo que yo podría aterrizar sobre él. Tenía microsegundos para saltarlo o atravesarlo, y salvo que tenga habilidades mutantes que aún no he desarrollado, pude comprender que la cosa se ponía difícil. Y sin embargo, no frené. Confiando en que se iba a echar atrás, grité como una salvaje.
En cámara lenta (sí, no lo puedo pensar de otra manera) pude ver cómo el "pibe de Adrogué", que se había adelantado sin que yo lo hubiera visto, "tacleaba" al italiano; ambos cayeron al piso: yo los salté (como campeona olímpica, claro) ante la boca abierta sin sonido del europeo y ante un grito triunfal del "adroguense".
Puedo decir que el 31 de diciembre del 2011, a las 23:59:57, yo cumplí con mi misión. Con ira y violencia que no tenían nada que ver con mi vestidito blanco, tiré el p$%& papel al fuego.
Un pequeño público improvisado me aplaudió (reconocí algunos huéspedes de mi hotel). Me di vuelta y los saludé como correspondía.
Alguien me señaló el pelo.


Siento olor a quemado, y en el bar del hotel, vuelvo a gritar como grité a la noche.
Me toco el pelo. El chico de la barra me explica que él me salvo: me tiró al suelo y me tiró arena en la cabeza.
También me dijo que después le pegué... que después lo abracé, y que después dije que me iba a bañar... y me metí al mar. Nunca más me vio hasta ahora. Se vuelve a reír de mí.
Mientras regreso a mi habitación con un café en la mano, veo la puerta de la habitación de mi amiga cerrada: sobre la alfombrita, donde uno se sacude los pies, está su ojota. No tengo idea qué habrá sido de su noche, pero me empiezo a reír como tonta.
Ok, parada frente a la puerta... ¿cómo encaro esta situación?



viernes, 11 de mayo de 2012




No soy una desalmada. No. Ni siquiera soy desconsiderada. No.


Ella me mira entre horrorizada y risueña. Sus ojos rebotan desde mi boca hacia mi mano, o más precisamente, siguen al tenedor cargado de comida. Soy la "escucha" perfecta, porque  tengo tanta hambre que ella puede contarme toda su vida siempre y cuando siga habiendo pescado en el plato.
En algún momento lo "larga" y me pregunta adónde va todo lo que ingiero. Se me pasan varias cosas por la cabeza: lo cierto es que no es que coma tanto, sino que desde la mañana no había vuelto a probar bocado. Aparte, en mi ciudad, a diferencia de en la suya, el pescado no es muy fresco, y encima, es caro. Acá es todo lo contrario. 
La dueña del hotel nos había presentado en la mañana, y todo el día fue el proceso de conocernos: charlas en las caminatas, confesiones en las hamacas paraguayas, chistes tiradas en la playa sobre nuestros pareos (o mejor dicho, sobre el pareo de ella, porque yo me olvidé de traer algo para tirarme sobre la arena). Entre las cosas que no me sorprenden está el hecho de que mi nueva amiga es más organizada que yo; también está el hecho de que la amiga con la que vino decidió hacer el viaje a su estilo y la abandonó por un gringo con el que está "conviviendo" en el hotel de al lado (sí, de ese desde el que sale música todo el tiempo). Le dije varias veces: "Esas cosas pasan... sobre todo cuando somos grandes".
Lo que sí me sorprende es su edad, porque parece más joven; y que de alguna manera, si bien es organizada, puede ser distraída. En el día perdimos su llave tres veces, y su cámara ya no tiene funda porque se "evaporó" en algún momento por la playa. Creo que la gente que puede perder las cosas así tiene un don especial: una vez conocí a alguien que "disolvió" un papel de su mano en cinco segundos. Si lo pensamos bien, son como magos; magos víctimas de sus trucos.
Mi amiga dice que ha venido para "ligar"; yo en cambio, vine para estar tranquila, y si paso todo el verano tirada en la arena sin hablar con nadie, será más que suficiente.
"¿Aguantarías? Tú hablas mucho...".
Me dejó con la boca abierta. ¿Ya les conté que me gusta su sinceridad?

Trato de hacerle entender que no pienso salir, porque realmente necesito descansar (y mientras se lo digo, muevo la cabeza de un lado a otro). Yo tuve un año difícil, año del que me costó desprenderme, y sueño con todo esto desde hace tiempo; la imagen de mí, en bikini, en la playa, es la foto mental que me ayudó a soportar las durezas de los últimos meses: no hay forma de que me pierda el amanecer en este viaje que está muy lejos de ser adolescente.
Me levanto de la silla y miro hacia la calle a través de la no pared que delimita el restaurante de techo de paja, de sillas viejas, de mesas rústicas de madera; termino el agua que me salió cincuenta centavos de dólar y comienzo un movimiento que nunca termino: levanto una pierna, intentando que mi pie pase sobre la tabla en la que estaba sentada, pero en el medio lo engancho y casi caigo. Por la calle, tres chicos bien jóvenes me dicen lo linda que soy, pero no de una manera molesta, sino con la dulzura más gratificante del mundo; se ríen de mi accidente al querer salir y sus risas sinceras y espontaneas me protegen de toda intención sexual que alguien pueda tener.
No me interesan las intenciones sexuales: es más, intentaré repelerlas durante todo el viaje (¿si fallo? O lo sabrán o no).
Un grupo de malabaristas ejecuta una danza con fuego y el sonido de los tambores hace vibrar ese elemento primordial; unos chicos europeos están sentados y los filman, mientras toman algún trago con ron, y uno devora una empanada; las chicas pasan y sonríen, y mi amiga pide una cerveza enorme.
Acto seguido, haciendo honor a esa noche tan linda y rindiéndome ante la energía joven de Montañita, decido quedarme un rato.
"Dos horas, nada más... Espero estar en la cama a la una", le digo, y encima, me lo creo.
La cerveza se siente más rica que nunca. Me doy cuenta de que es la última noche completa del año y decido que no hice mal al haberle concedido dos horas.
Nos perdemos por la calle con dos vasos improvisados; pasamos entre una multitud de gente joven que baila y se acerca a los pequeños puestas en busca de algo para tomar o con el pedido de alguna canción.
Los puesto de esta avenida "Coctelera" están casi pegados, separados entre sí por un metro de distancia como mucho. Cada cual tiene su música, y si queremos escuchar "reggaeton" en vez de cumbia o rock o música electrónica, podemos hacerlo moviéndonos dos pasos. Esta fusión particular es algo que nunca vi: ninguna música se contrapone a la otra, convive esa armonía. Lo que sí, cuando nuestros cuerpos no logran el equilibrio, es probable que un salto muy inspirado te lleve lejos de la canción que lo vio nacer, y termines con un meneo en dónde debería haber un paso "rockero".
Cuatro chicos que están en nuestro hotel y que juran que hoy me vieron en el desayuno (motivo por el cual les creemos) nos invitan a su pequeño puesto de batalla: una improvisación de sillas muy cerca de su proveedor favorito de alcohol. Nosotras aceptamos la invitación.
"Pero en dos horas, más o menos, yo me vuelvo...", aclaro por las dudas.


El último amanecer del año no tuvo nada de particular... solo que el sol, acá, no sale desde el mar (un detalle que, obviamente, tampoco había tenido en cuenta).
Uno de los chicos me recuerda que en esta parte del Pacífico es más lindo el atardecer y entiendo que tiene razón.
Apagamos el cigarrillo, sin levantarnos de las hamacas paraguayas del hotel desde donde vemos el mar.
El grupo que se formó hace casi seis horas se empieza a disolver y cada cual se dispersa hacia su habitación.
Lo que sí tuvo de distinto este último amanecer es que, después de mucho tiempo, me vuelve a encontrar sin haber dormido.
Mi "solo dos horas" dejó de importarme después del tercer Mojito, y quizás me convirtió en mentirosa frente a mis nuevos amigos. De todas maneras, fui fiel a mi promesa y acá estoy, viendo como amanece desde mis espaldas.
Mi amiga apaga la notebook desde la cual yo pude, finalmente, escribirle a los míos a través de mi borrachera y de un teclado que perdió la letra "E". Porque no soy desconsiderada. No.


"los kiro muchjo a tdos. Fliz anio, stoy viva y tngo dond pasar mañana".