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jueves, 14 de febrero de 2013

Ascenso y caída de los románticos treintañeros

El enamoradizo promedio llega a los treinta sin panza. Las excepciones sólo demuestran lo excepcional que es esta especie.
En su tercera década ya no es muy posible, pero tampoco es condición excluyente, encontrarlos en fiestas y boliches, no: uno puede encontrarlos realizando actividades diurnas. Hablamos de gente que atravesó, casi inevitablemente, la segunda década de vida rodeada de madrugadas. Hablar de sus veintipico resulta casi exhaustivo y aburrido, y aún es difícil definirlos o delimitarlos, ya que se parecen a todos los demás mortales. Es cuando atraviesa la psicología del veinteañero que no sólo pasa a pertenecer a este grupo, sino que crea propiamente la especie. 
Lo cierto es que el enamoradizo patológico es delgado, entre otras cosas: esto se debe a que es un nómade que corre detrás del objeto de turno. Nunca ha descansado; nunca se ha detenido. Ese sueño que lo llama lo mantiene delgado, porque detenerse es contrario a su naturaleza.
Cualquier cosa que amenace esta promiscuidad romántica está condenada al fracaso o a la extinción. Y que suceda la primera o la segunda alternativa va a depender del egocentrismo de este ser: los menos egomaníacos dejarán ir a sus perseguidores -no sin antes asestarles algún tipo de golpe mortal-, pero aquellos de enorme ego mantendrán cautivas a sus presas y las mirarán cada vez que pierdan sentido, cada vez que ese ego haya sido manchado. Hay cierta belleza en este arte, y las horas que un romántico de este último talante dedica a mantener con vida una ilusión ajena se vuelven llenas de magia. 
Finalmente, descubre que se ha encariñado con el perseguidor, y llega un momento en la vida en que se ha rodeado de amigos que alguna vez fueron algo más o eso quisieran haber sido. 

Dependiendo de su necesidad de libertad y del amor que posean sobre sus propios tiempos, las relaciones con su objeto de turno oscilarán: serán breves e intensas, o más largas... e intensas. La variación en el tiempo es claramente complejizada y singularizada por la personalidad del objeto de deseo. Muy de vez en cuando se encuentran dos enamoradizos y se produce un choque de universos, pero hablar de esto significaría otro capítulo, aunque podemos decir que sería algo así como lo que sucede cuando realmente chocan estas enormes masas espaciales (uno no quiere estar cerca).
Lo importante es el movimiento: la relación, en caso de haberla, debe ser dramática y nunca debe ponerlos ante el peligro de la quietud. ¡Qué especie más hermosa!




                                                            



El enamoradizo tiene un intenso miedo a la muerte, por eso busca amar todo el tiempo; y es durante ese período en que aparece su animalidad preciosa, las sonrisas, las miradas y todas aquellas pavadas metafísicas que sólo un enamorado de la no muerte puede traducir en la materia. Cuando hace el amor, según dice un exponente famoso, el miedo a la muerte desaparece. Lleva al extremo la verdadera historia de la existencia del ser humano en el mundo: la pelea contra ese miedo y esa pulsión, como si cada minuto de su vida quedara determinado por un decisión que, si bien puede tratarse de algo vano, no es otra cosa que la lucha encarnada contra el percibir que una fuerza oscura nos espera. Una fuerza hecha de "nadidad".

El momento siguiente es determinante, el momento en que se produce la ausencia, porque es ahí cuando el enamoradizo se divide en dos grupos: los que tanto aberran y temen a la muerte que se terminan matando para escapar de ella; y los que aún conservan cierta inocencia, porque saben que el próximo golpe será el que aplaque esa furia promiscua que los hace saltar de bar en bar, de edificio a edificio.
Dichosos los que pertenecen a este grupo, la vida es un juego peligroso/delicioso. Porque si bien rehuyen de las multitudes que los atraparon en la adolescencia, aún se acercan cuando termina el día. Cuando la luna está entera en el cielo. El brillo en la oscuridad los obliga a salir de su cueva, y con esos ojos que amaron la noche, de la cual descifran como nadie las horas por venir, deambulan por los bares. Prefieren  los rincones oscuros o los más luminosos: ahí espera ese Peter Pan, ser percibido y ser descubierto, ser lanzado en una nueva aventura, sabiendo que ese sentimiento dormido se disparará con charlas atrevidas, irónicas y románticas. Una promesa de un para siempre que se activa y que lo hace olvidar su necesidad de movimiento. 






Se supone que como especie persiguen una finalidad: un hilo secreto que provoca las aventuras, un núcleo primordial enlazado al miedo de muerte. 

Atrás de esa mirada tierna de deseo y atrás del brillo en los ojos cuando ven aquello que tanto persiguen; al margen de tanta inocencia indecente echada sobre un vestido; calzados en esos pies que se mueven alegres con los besos robados, los enamoradizos creen no sólo que vencerán a la muerte con su danza burlona, sino que creen que vencerán la historia de los fracasos amorosos: los que no mueren siguen adelante... ¿algo los detiene algún día? Sí.
Un cansancio quizás, porque una mañana la adrenalina ya no es la misma, y el tiempo se deposita en alguien distinto a todo lo conocido. Y cuando todos los factores se cruzan en un único punto eternizante, se lanza entonces en lo que cree que será su última gran aventura. Y desaparece. 

Por ahora se desconoce qué pasa en la siguiente etapa de la vida de un enamoradizo (si logra sobrevivir o no...). Pero datos recientes anticipan que cualquier cosa puede sucederle... salvo el llegar a los cuarenta sin panza.












miércoles, 24 de octubre de 2012

Ningún tiempo es tiempo perdido

¿Cómo nos vamos olvidar? Se llevó seis años de nuestra vida.
La respuesta siempre estuvo en una zapatilla colgada en el árbol. 
Un aplauso encubierto de reproches para "Lost", la serie que nos enseñó la historia del mundo, y de una vida, y del proceso que, en definitiva, todos atravesamos. Y que el tiempo no es lineal cuando se trata de emociones, porque los actos se ordenan no en función del acontecer físico, sino de una trama que es nuestra y, al mismo tiempo, no lo es.
No se preocupen, no me voy a poner misteriosa, oscura, oracular. 
Me estoy metiendo con recuerdos emocionales: para mí, representa lunes de canal de cable hace muchos años, en la cena familiar (muda) frente a la coincidencias a las que nos sometía una primera temporada prometedora; el ruido de los cubiertos, las respiraciones detenidas ante los cruces entre los personajes, en momentos previos a la isla; los "callate" de todos contra mi mamá que intentaba saber cómo había sido nuestro día.
También me meto con recuerdos culturales: imagino la cara de todos cuando descubrimos que Sawyer conoció al papá de Jack; que los números que llevaron a Hugo a la desgracia son los mismos que yacen en aquella escotilla misteriosa que deja ver una luz; luz que fue encendida por  Desmond que buscaba saber qué era ese ruido, después de un ataque desesperado en el que había decidido matarse; el grito mudo cuándo nos enteramos que una parte del avión había quedado en la otra costa y otro grupo había sobrevivido, y que el hermano del señor Eko era el cura que iba a bordo de una avioneta que -¡oh casualidad!- años atrás había caído en la isla; las lágrimas cuando la isla nos lleva por el tiempo y  Kate se ve a sí misma asistiendo en el parto a Claire, hecho que, para ese entonces, había ocurrido años atrás, o adelante, porque en definitiva, el tiempo es tan misterioso como el ser, y la última pregunta sobre la existencia es acerca del tiempo. 

Por otro lado, quisiera quejarme por mi poca participación en el blog... Acá todos la pasan bien, incluso el infeliz que escribe en letra bordó. Hasta los nuevos la pasan mejor que yo. A mí me toca la parte aburrida: yo no viajo, no ando en bici, no fumo, no me saco la ropa y poso en fotografías, no veo ni un hombre desnudo y tampoco me despierto con personas que no sé quiénes son... 
¡Reclamo atención!

Pido disculpas por el exabrupto. Y vuelvo por lo que vine. ¿Qué hice? Me propuse ver la serie nuevamente. De principio a fin. Tratando de buscar no sé qué, pero con un pálpito de que ahí hay algo más.
Lo que pasó después fue lo que suele pasar con "Lost": me abstraje del mundo varias noches. Todo el tiempo me decía que debía grabar lo que veía en mi mente, porque ese era el punto de gravedad de "Lost". Pero lo cierto, señores, es que después me olvidé de muchos detalles que harían un examen más racional, claro y distinto.
Y no solo eso, sino que no pude volver a ver ciertas situaciones que sabía cómo terminarían (claramente, no pude volver a ver cuando Locke queda paralítico, ni cuando mueren Ana Lucía y Libby en manos de Michael). 
Y como si eso no fuera poco, terminé el análisis en la segunda temporada porque no quería perderme...no quería perder el punto.Sobre todo porque creo con objetividad que ciertas temporadas estuvieron de más.

Y la respuesta descansaba ahí, en todo momento, desde el primer plano, desde que Jack abre los ojos. Desde que una zapatilla cuelga del árbol. Todo es señales, tiempo y juego. A ensuciar la zapatilla.
¿Por dónde empiezo?

Ah, sí. Argumento: accidente aéreo, sobrevivientes varios, isla misteriosa, grupo hostil de personas extrañas en la isla, romances varios, el rescate que nunca llega. Objetivos: sobrevivir, ser rescatados. Problema: ¿por qué nadie llega, por qué no logramos salir?







Casualidad y causalidad
Casi terminando la primera temporada, Locke le dice a Jack: "Si nos trajeron aquí, fue por algo. Por alguna razón. A todos". Más importante es lo que responde Jack: "¿Y quién nos trajo, John?".  
La respuesta es simple: ellos mismos se han llevado a la isla. Este hecho lo veremos suceder físicamente, pero siempre reflejado en una metáfora, porque todo esto no es más que una  metáfora. 
La explicación real (si podemos hablar de realidad) es que ellos estaban muertos, pero no por el accidente. La isla no es más que el purgatorio de estas personas que, al haber sido tan importantes la una para la otra en la vida real (en esa vida que nunca llegamos a ver del todo) se han juntado al final para resolver los asuntos pendientes, como si fuesen desconocidos en la situación en la que los conocemos.
Cuánto más enroscado es el personaje, más tarda en morir o en aceptar ciertas cosas. Jack, el héroe, es el personaje más complejo de todos; de hecho, es el último en llegar. Pero esta es la historia de la vida: las personas más inteligentes tardan más en resolver los conflictos. Ellos sufren como nadie, y hay quien dice que el diablo nunca será perdonado porque es demasiado inteligente como para echarse atrás en su postura. 
"Lost" es la historia del proceso mental, moral y emocional que pasan las personas a lo largo y al final de sus vida: los conflictos reflejados en situaciones, y la resolución de todo eso que nos ha perdido.
Así como en este proceso Locke entiende que no puede echarle la culpa de todo al destino, a Jack le toca entender que sí, hay algo de destino en todo. Eko (el mejor personaje que hubo en la serie, y que no entiendo porqué corno lo sacaron) le dice a Locke: "No confundas las coincidencias con el destino".
Pero ese juego de casualidades y causalidades solo es posible verlo retrospectivamente, cuando, de alguna manera, llegamos a un fin. Lo que da sabor a la vida y nos da capítulos interesantes es el camino hacia él.


Los padecimientos del alma contemporánea (Soledad, miedo y falta de fe)
Es increíble seguir descubriendo cosas a medida que pasan los capítulos. Sentir que siempre hay algo más, y que lo que nos hizo entender la serie, sin entenderlo, es que nadie está solo.
A lo largo de la vida nos ataca cierto fantasma de soledad. Llegamos a un punto en el que nos sentimos incomprendidos.
Vemos que hay gente que suele mimetizarse con la multitud con mayor facilidad. Pero cuando se trata de seres con particularidades, con errores que aún se cargan, con ilusiones que no les permiten entrar fácilmente a un circuito poco inocente, o, incluso, cuando se trata de aquellos que actúan de manera cruel ante lo que el destino o la suerte les depara, entonces, el sentirse acompañado no pasa a ser algo de todos los días.
Terminamos por creer, algo desesperanzados, que la última realidad es la soledad. Amamos y tememos la soledad. La queremos echar, pero, al mismo tiempo, nos aferramos a ella como si fuera lo único que conocemos. Nos aferramos a los filósofos, mártires sociales y pensadores pesimistas que sostienen que no importa lo que hagamos: dormimos solos, soñamos solos, hablamos solos y, para colmo, somos seres destinados al egoísmo. Panorama copado, ¿no?
¿Por qué nos hace sentir bien "Lost"? Porque vemos cómo estas personas destinadas a la soledad se encuentran. Algo nos trae paz al alma en los cruces, en las miradas entre ellos. Se convierte en un alivio para nuestra cabeza. Un llamado a la fe natural: confiar en que seremos encontrados, confiar. CONFIAR.

Nos habla, también, del miedo que tenemos aquellos que hemos padecido. El miedo a seguir adelante ante un camino incierto. 
Lamentablemente, es la superación de estas pasiones la única puerta de acceso. Y la isla, ese purgatorio creado por ellos mismos, pone estas pruebas a los personajes todo el tiempo.Se ensaña en perderlos, porque, en definitiva, ellos mismos deben encontrarse. Se ensaña en asustarlos, porque ellos mismos deben perder el miedo.



La idea de purgatorio
Sí, hubiésemos querido una resolución distinta. 
¿La isla era el purgatorio? Eso parece.
Lo más triste es que, ya desde los primeros capítulos, esta idea pasaba por las más selectas páginas en las que todos asomábamos para ver posibles teorías. Pero deseábamos con todo nuestro corazón (comprometido a esa altura como con nada en la vida) que esa no fuese la respuesta. Queríamos una sorpresa, porque somos la especie humana que perdió la fe y la inocencia. 
El padre de Jack, al final, le asegura que lo de la isla había sucedido. Yo no creo que haya sido así y es probable que, en esa frase, sigamos dentro de la metáfora: era tan real como lo sintió, porque lo que vivió en tan poco tiempo en la isla es lo que vivió a lo largo de su vida, y de ahí, que haya sido tan intenso.
Nunca hubo un accidente: ellos se habían conocido en una vida tan urbana y cotidiana como la nuestra. Se me ocurre pensar, por ejemplo, que Jack no solo puede haber sido el médico de Locke, sino que fue quien recibió al accidentado padre de Shannon. Quizás conoció a Kate, y ella fue el amor de su vida. Quizás conoció a Claire porque, a fin de cuentas, ella era su hermana. Podríamos realizar uniones que solo los que han seguido la serie podrían elucubrar en sus mentes. Estas uniones son libres y los famosos flash fowards son los que hablan de una vida real de los personajes. Nunca subieron a un avión juntos, solo se esperaron para cruzar al otro lado y el accidente fue la ocasión metafórica para llegar a ese punto.

De ahí también ciertas contradicciones muy tangibles: hablamos del purgatorio de varias personas, personas cuya real unión es incierta. Nos encontramos con personajes raros, como, por ejemplo, Walt, que dudo que haya sido un personaje real dentro de la metáfora: creo más bien que era la ocasión para que su padre lograra la paz que no logró. Porque sí, muchos no lo logran y quedan en su supuesto olvido: quizás la isla les depare otra vuelta hasta que finalmente estén en listos.
Otro ejemplo es la escotilla: en Locke representa todo el tiempo una muestra de fe, como un juego perverso que lo va encaminando a un punto medio. Vemos un hombre que pasa por todos los estados: desde un pietismo hasta un escepticismo. Para Hugo, en cambio, la escotilla es sinónimo de aquellos números que solo tienen un sentido "maldito" para él. Quizás Hugo es de aquellas personas que creen que su vida es una suma de malas suertes. 


¡Y no me pregunten por Jacob, ni por el Hombre de Negro, ni por la estatua de cuatro dedos! 
Tímidamente pienso que quizás estos personajes (que recién se definen en temporadas avanzadas) podrían ser, desde una teología polémica, Dios y el diablo, o uno de los ángeles principales y el diablo. 
Pero siguiendo un poco con el juego que plantea la serie y que nunca termina de ser escatológico del todo, y suponiendo que esta isla-purgatorio es el purgatorio de varias otras personas que casi ni llegamos a conocer y no sabemos por dónde viene el enlace, podíamos suponer que no son muy distintos a nuestros personajes. Quizás llevan varias oportunidades tratando de pasar al otro lado, y se han alejado tanto de lo que es ser un humano que tienen ese rasgo sobrenatural. Hasta es posible que se hayan definido en un papel que se empecinan en desempeñar, pero no son muy distintos de los demás y, si lo quisieran, podrían pasar al otro lado.
La estatua puede llegar a ser parte de un purgatorio que no corresponde a ninguno de nuestros personajes principales, pero, al estar todos en ese lugar, se ve como objeto misterioso, algo que puede tener total sentido para alguno de ellos... ¿Para cuál? Esa interrogante, como otras, queda abierta, porque esta historia es la historia del proceso de algunos personajes y no otra cosa. 

Podríamos volar en muchas direcciones.
Me pregunto qué me había preguntado... Qué quería encontrar. Y la verdad que lo que buscaba era entender porqué "Lost" nos gustó tanto y porqué seguimos cada capítulo como si fuese un ritual sanador. 
Nos dejamos conmover por todas las historias, como si se tratara de nuestra propia historia. 
Somos nosotros los que estamos perdidos y estamos viviendo una vida que se asemeja a un purgatorio.Por eso fue esperanzador ver que todos podemos encontrar cierta paz. Ver que todos podemos tener una aventura, develar un misterio y sospechar que hay un destino. Buscamos esa fe. Buscamos resolver nuestros conflictos a través del tiempo: el tiempo que a veces es lento y, a veces, demasiado rápido. Y que está tan ligado a la existencia que es imposible despegarlo de ella. Amamos en el tiempo y desesperanzamos en él; y lo cierto es que deja de ser lineal cuando importa lo que sentimos. El paso del tiempo ensucia cuando limpia.

De nuevo, insisto en que enfrentemos ese ejército de cosas que avanza contra nuestra esperanza, de lo contrario, nos vemos en el avión...





viernes, 4 de mayo de 2012

Like a walking dead

"La naturaleza puede ponernos a prueba, pero esa ley sigue siendo verdad".






Lo cierto es que la primera oración era originalmente la siguiente: "Zombi: persona muerta que vuelve a la vida...".
Ahora, ¿quién no sabe ya qué es un "zombi"? Algunos corren; otros apenas se arrastran; algunos comen carne y otros, cerebros (no me parece lógico esto último, dentro de este universo en que la palabra "lógica" se vuelve un poco más flexible); algunos pueden llegar a ciertos razonamientos básicos, mientras están esos extraños monstruos de "28 días después" que no nos quieren comer, solo golpearnos hasta rompernos la cabeza.
Lo importante, lo que une a esta diversidad de películas, series y cómics radica en la temática (guauu que descubrimiento el mío), que es siempre la misma: el final apocalíptico de la sociedad como la conocemos; y el hecho, en definitiva, de que el único capaz de causar la destrucción del hombre es el hombre mismo. Esto último no es un dato menor, ya que es la base de aquel resultado de destrucción total.


No es casual que a lo largo de la historia de la humanidad, el terror, sentimiento que existe en nosotros como un aliado particular (que a veces puede ser enemigo), siempre se inspiró en aquello que nos era desconocido: lo demoníaco, lo fantasmal, lo vampírico.
Pero ahora asistimos al siglo en el que el diablo puede ser vencido a balazos por Schwarzenegger y en el que los vampiros son como los chicos de "Dawson´s creek". Sin ánimos de ofender a libros y películas que disfruté, lo importante es el hecho de que nos fuimos amigando con estos personajes, y hoy en día, es difícil catalogar como "de miedo" a una peli de vampiros.
El terror fue evolucionando con nuestras ideas más oscuras y morbosas, y aparece ahora en este formato: humanos muertos, incapaces de sentir o de pensar, que vuelven a la vida movidos por el instinto básico de alimentarse de la carne viva, situación que los convierte en caníbales. 
El zombie de Hobbes se revuelca en su tumba gritando: "Yo lo dije: homo homini lupus".
Ya no nos asustan los demonios ni los fantasmas ni cualquier ser sobrenatural. Nos asusta lo natural en nosotros; esa parte maliciosa y fuera de control que nos convierte en nuestra propia arma.
Las consecuencias se pueden ver claramente en el pibe caminando solo por la calle, en medio de una enorme ciudad: hay autos dados vuelta; vidrieras de negocios rotas; pájaros que invaden las calles como si no los acecharan los peligros de la vía pública. De entrada, es la típica situación con la que todos soñamos: la ciudad para nosotros mismos. Pero la verdad de la milanesa es que el último hombre sobre la Tierra no está solo, y de pronto se encuentra con algo que parece un tipo, pero no lo es: lo persigue, él le clava algo y el otro sigue vivo. El flaco no entiende nada hasta que por casualidad da con un periódico y lee que es el fin de los tiempos.
Supongo que se pregunta por sus seres queridos, cuál habrá sido la suerte de cada uno de ellos; y cómo habrá sido aquel momento en el que el mundo que conocemos dejó de existir: el momento en el que los teléfonos ya no nos podía comunicar, en el que la energía cesaba y las redes sociales publicaban mensajes contradictorios, mezclados, confusos. ¿La gente se dispararía por un refugio seguro, por una lata de comida? ¿Seríamos capaces de matar a gente que conocemos, pero que de pronto nos quiere comer?


Volviendo un poco a mi humilde realidad de no pistolera, y al mundo que todo el tiempo amenaza con caer, o mejor aún, al mundo que es como ese globo que se infla e infla pero no termina de reventar, estoy en mi casa muerta de miedo. Estoy por terminar la segunda temporada de "The Walking Dead" y me descubro con las manos al costado de la cara en un grito silencioso y desesperado. Pongo pausa en Cuevana todo el tiempo porque casi no soporto lo que está pasando.
Si me viera a mi misma, descubriría que quizás aparento tener una sonrisa en la cara, pero no, les cuento que esa expresión que nos sale cuando nos asustamos es el modo en que los simios reaccionamos al miedo: abrimos la boca y apretamos los dientes, pero no nos estamos riendo.
El estómago se pasea por todo mi cuerpo y estoy estremecida. Creo que estoy a punto de llorar y no es que no estoy acostumbrada a estas cosas... ¡¿qué demonios me pasa?!
Una de las posibilidad es que mi sensibilidad haya madurado. Pero no. No soy madura.
La otra posibilidad se me viene a la mente en la mañana.
Hace más de un año que le temo a la gente. O mejor dicho, a la acumulación de gente, porque creo que puedo percibir la "mala onda" que emana de todos.
Me aprieto en el subte cada mañana y tengo malos pensamientos, y a veces me pregunto de dónde vienen, porque mientras estuve en mi casa, en mi pequeño mundito, nada de eso existía en mí.
Yo huelo algo en el aire, como un olor a "todo va a colapsar".


"Claro", grito como loca.
Entiendo que el capítulo fue demasiado para mí, porque ya no es ficción: los zombies están acá, o peor aún, el Hombre está en todos lados.
Con tenazas intelectuales me adecuo a la idea que aquella huida desesperada de la granja atacada por zombis removió mis entrañas porque es lo que vivo cada día.
Camino con miedo por la calle, temiendo que en cualquier momento alguien se abalance sobre mí; de hecho, cada vez que tengo que tratar con gente, temo que ser atacada... 


Pero "No soy inocente", descubro más adelante en el día, después de tratar muy mal a alguien.
Yo misma puedo ser un zombi, y no tiene sentido entrar en el círculo del huevo y la gallina. Más que nunca, recuerdo las palabras del protagonista de la serie y adquieren otro sentido. Entiendo porqué aquello obvio y que normalmente no tendría mayor impacto en mí, de pronto me había paralizado y se había llevado mi corazón: "Todos estamos infectados".
Parece ser que la única diferencia, lo que no nos convierte en caníbales declarados, es el hecho de que estamos "vivos".
La serie nos muestra literalmente ese colapso, esa situación que se espera en el aire; anticipa metafóricamente un futuro, en base a la situación actual, pero deja, en secreto, ese hilo de esperanza en dos mensajes: "La naturaleza puede ponernos a prueba, pero esa ley sigue siendo verdad". Eso le dice uno de los protagonistas a otro, cuando lo incentiva a seguir adelante con un único objetivo: mantener vivo a su hijo. 
Un segundo mensaje se deja ver cuando ellos abandonan ese lugar peligroso. La cámara enfoca algo escrito en un auto, un grafiti ya medio borroso que le habían dejado a una niña que perdieron y que no se salvó: "Sophia quédate aquí. Volveremos por ti".
Azar o no, "Sophia" significó originalmente sabiduría, pero no esa sabiduría fría e informativa y recopiladora de información; "sabiduría" con connotaciones emocionales y morales, el verdadero saber, ese que se acumula en el espíritu, ese que siente y percibe lo que hay en el aire. 


Bueno, "Sophia", espero que nos esperes, quizás no estemos tan perdidos. Aún estamos vivos, ¿no?




martes, 18 de octubre de 2011

“Destruirás mi pensamiento, te darás algún sentido, andarás en bicicleta" (Así habló Zaratustra)

Sábado: el día en el que uno puede dormir.
 Son las 8.30 y ya no aguanto estar en la cama… Por lo único que no me levanto es porque el lunes voy a desear no tener que hacerlo; y sin embargo, ahora que podría elegir quedarme tirada, no quiero.  
Ya conozco cómo funciona: a lo mejor, si me obligo, puedo dormirme un rato más y despertarme con sueño y dolor de cabeza.  Por otro lado, también me enojaría empezar a cabecear un sábado a las 12 de la noche, pero es lo que me toca: están los mandatos sociales y convencionales, pero también, los deseos de mi propio cuerpo que ya casi saborea las tostadas y el café; y sin que lo pueda controlar, mis dedos del pie se mueven de un lado a otro.
Lo único que hice el viernes a la noche fue releer a Nieztsche, porque hace semanas que me prometo  someterlo a un examen sistemático y serio. ¿Yo, que no soy seria, y menos sistemática? ¿Él, que no fue sistemático, y menos serio?
Una y otra leí el fragmento tan increíblemente escrito: “Al oír estas palabras Zaratustra se despidió del santo diciéndole: ¿Qué podría yo darte? ¡Pero ya es hora de que me vaya. No sea que te quite algo.  Y así se separaron el anciano y el hombre, riendo como dos niños. Cuando Zaratustra estuvo de nuevo solo, dijo para sus adentros: ¿Será posible? Ese viejo santo en su bosque no se ha enterado aún de que Dios ha muerto!”.

Tremenda declaración la de este muchacho. Así, como nada, marca con una frase, con una sentencia, el sentimiento que va a acompañar a cada alma intelectual del siglo 20. Más aún, habiendo muerto en el año 1900 (sí, hasta en ese detalle se hizo leyenda), marcó el destino del siglo que casi no llegó a conocer. Logró escandalizar a personas que secretamente adoraron esta confesión, que volvieron sobre sus textos tratando de encontrar al buen pibe confundido detrás del cabrón nefasto; y también, aparecieron aquellos que lo vieron como la puerta, como la excusa para ahondar en pasillos oscurísimos reflejados en los terribles hechos a los que asistimos en nuestro (ya pasado) siglo. Rápidamente, un escuadrón antibombas doctas analizó la frase, demostrando la imposibilidad de la idea de que si existiese una ser llamado Dios, este pudiese perecer. Porque claro, ese era el mayor problema...


Otras almas, de dedos muy sutiles, lograron descifrar, muchos años después, qué era exactamente lo que  nos quería decir este señor: ese dios motor inmóvil aristotélico, voluntad creadora escolástica, ser perfecto cartesiano, propio de la devoción del deber kantiano, dador de la razón humana salvadora iluminista; ese mismo concepto era el que estaba muriendo, porque lo que pasaba en el mundo (y pasaría, porque quizá Nieztsche fue un hombre de nuestros tiempos colocado en un momento histórico que no era el suyo) no podría sostener la existencia de este Bien que era Ser; de este Bien que convertía al Mal en un no ente, en una privación, y con él, moriría la escandalosa afirmación: "No existe el mal". Lo cierto es que tal vez, esa idea de Dios estaba agonizando para morir, quizá con Nieztsche mismo, pocos años después, ya que si hilamos fino: ¿quién más volvió a hablar de él con tanta pasión?


“Mucha información”, me dije a mí misma, mientras hacía un café gigante y negro.
En la cocina, la bicicleta roja me miraba como un perro que pedía que lo saquen a pasear.
Una sola vez había salido, y era porque me obligaron, porque yo le tengo miedo a todo: le temo a Nieztsche y a mi bicicleta. De hecho, el día en que la compré, la traje caminando, como si realmente paseara a un ser vivo. 
¿Qué temo? Morir aplastada, caerme frente a la gente y que se rían de mí (y quedar en culo delante de todos, obvio), incomodar a los autos.
Por todas estas razones, tratando de hacer uso de mis propias teorías, y una hora después de digerir las controversias y la lucha dialéctica de mis deseos y pensamientos, salía yo con la mochila, calzas, zapatillas, y cara de deportista. Ah, y me olvidaba, con la bicicleta.
Después de pasearla cuatro cuadras, finalmente me subí. Y mientras pedaleaba tímida y atenta, temblorosa y muerta de miedo, volví sobre el filósofo polémico,  al que todos le temen por las cosas que dijo.
¿Yo estaba loca en buscarle un costado amable? Se venía a mi mente ese fragmento que tanto disfruté al leerlo:  “Yo solo creería en un dios que supiera bailar. Y cuando vi a mi diablo, lo encontré grave, serio, profundo y solemne –era el espíritu de la pesadez; a través de él caen todas las cosas. No la ira, sino la risa mata. ¡Ea! ¡Aplastemos el espíritu de la pesadez! He aprendido a caminar; desde entonces me pongo a correr. He aprendido a volar; desde entonces no espero a que me empujen para moverme del sitio. Ahora soy ligero; ahora vuelo: ahora me veo debajo de mí; ahora un dios baila en mí”.
Sí, este es Nieztsche el ateo, el asesino de las deidades. 
En algún punto de mi razonamiento, casi le doy a un auto con mi bicicleta.


“La risa mata”,  recuerdo y me río y pedaleo cada vez más fuerte. La calle sigue en bajada y me dejo caer. El viento seco me da en la cara y el sol de lleno en la cabeza. No hace frío ni calor y solo puedo escuchar mi corazón galopando en el pecho. Me creo un segundo que puedo ser poeta, pero no lo soy.
Algo en mí ya no tiene miedo y podría vivir subida a esta bicicleta: esquivando pozos, enfrentando obstáculos urbanos y autos que me golpearían sin pensarlo tres veces.
Por algún motivo, siento que abandono ese espíritu de pesadez, porque eso es todo lo que pide el filósofo.  El espíritu de la pesadez no es otra cosa que el cansancio por emprender lo que nos gusta; la distracción a la hora de leer aquél libro que tanto buscamos; el darnos por vencido en la búsqueda de ese par de zapatos único e ideal; la suma de todos los contras a la hora de solucionar problemas domésticos; las vueltas de la mente cuando encontramos a alguien que se interesa por nosotros; el miedo a caminar por calles que no conocemos; la paralización frente a decisiones no trascendentales y de nuevo, la suma de los contras en cada una de ellas; la reflexión desmedida y vana que nos aleja de la costa (ay, ¡esa me tiene de punto!). 
Aplastar la pesadez es un quiero: es ser primero camellos que cargan con las culpas, que se internan en el desierto y sufren las penas, ¡y piden más penas! Para luego despertar como leones y enfrentar esa terrible sensación, que es un dragón de los no simpáticos. Es morir como león en la batalla, sin miedo a lo no conocido, y renacer como niños: cada mañana, con cada pedaleo.


Hasta que ese dios, que poco tiene que ver con el que enseñan, ese que late en la sangre y vive cada mañana de una ciudad que enloquece, baile en mí.
Mientras tanto, no paro de pedalear.


Sí, Nieztsche es imposible y me rindo. Él quería que hiciéramos lo que hizo, no lo que dijo.




martes, 16 de agosto de 2011

Temor y temblor: la teoría de la tarta de atún


"Y Dios puso a Abraham a prueba y le dijo: toma a tu hijo, tu único hijo, el que amas, Isaac; ve con él al país de Morijá, y allí ofrécemelo en holocausto sobre una montaña que te diré."

Más allá de toda interpretación relacionada a lo religioso y teologal a la que nos pueda llevar la historia de Abraham, quiero aclararles que la reflexión que hoy nos trajo hasta acá tiene que ver con lo existencial del asunto.
Tenemos un héroe: otro héroe fue el que pensó sobre él; otro héroe apareció y me entregó el libro de este segundo. El primero dio el mensaje al mundo; el segundo, a los que quieran entenderlo; el tercero me lo dio a mi. Todos podemos ser héroes. De hecho, estamos llamados a serlo.

Por si no lo recuerdan, Abraham es aquel personaje bíblico sinónimo de fe, caballero de la fe (abanderado de la fe), que estuvo a merced de los designios de ese Dios extraño que nos aparece en el Antiguo Testamento.
Abraham no podía tener hijos con su mujer, pero Dios le pidió que tuviera paciencia (y fe, claro) porque un día podría tener el niño que tanto deseaba.
Pasaron cien años, y pese a lo que todos opinaran, y pese, incluso, a la tentación de dejar a su mujer por un modelo más nuevo que quizá pudiese darle los críos que tanto quería  (porque ella, claramente, no se hacía más joven), él siguió sujeto a su creencia.
Renunció a todo sentido común; abandonó lo entendible para concentrar su energía en aquello que parecía absurdo.
Y el hombre ya anciano recibió su recompensa: su mujer parió un hijo.
Ahora, parece que Dios se había aburrido (¡sin ánimos de ser hereje!) y como no era lo suficientemente gracioso ver al viejito contento por ser papá después de todo lo que había tenido que pasar,  le pidió que lo sacrificara.
"WTF", debe haber pensado Abraham, lo mismo que nosotros.
Supongo que lo que ese pobre hombre sintió quedó en aquel instante privado. ¿Qué hizo?
Obedeció.
Tuvo fe.
Siguió adelante.
Finalmente, segundos antes de matar a su propio hijo, Dios detuvo el sacrificio (tremenda broma, ¿no?). Abraham había demostrado su fe, solo restaba terminar sus días rodeado de amor y de felicidad.

El segundo de los héroes, uno de  aquellos filósofos que inauguraban  la Edad Contemporánea, se sintió atraído hacia el personaje: hizo hincapié en la angustia que este debe haber sentido; indagó y revolvió en todo lo moral y contradictorio del asunto; resignificó el "creo porque es absurdo"; engrandeció la figura cotidiana del hombre de verdadera fe; y aprovechó para despacharse contra los ultraracionalistas de sus tiempos.

Mi amigo, el que me dio el libro... digamos que hizo un buen negocio comprando tres libros al precio de dos, pero algo quería hacerme entender.

En esos días de verano estaba yo extrañando este tipo de reflexiones, aunque también tenía dilemas mucho más concretos: buscaba una manera de mejorar mi propia economía y de encontrar una organización contra la anarquía que gobernaba mi vida. Claro que una estaba relacionada con la otra. Y tenía presente que ambas cosas significarían también una armonía espiritual.
Entre las hojeadas que le daba al libro, mientras pensaba qué tipo de comida podía llegar a preparar, se me ocurrió hacer mi propia tarta de atún; esa tarta que tanto me gustaba y que me parecía la experiencia culinaria de más alto nivel.
Mi relación con la cocina (y quizá con el mundo) nunca fue muy equilibrada: cosas que se caen, cosas que explotan y vuelan por los aires, quemaduras, cortes y finalmente, bolsa de basura para todo el engrudo resultante.
Una tarde tarde calurosa empecé a hacer la tarta y, por supuesto, minutos después, la cocina era caótica.
Muy tentada a darle un punto final a todo, recordé a Abraham.
Abraham, la Biblia, un personaje anónimo que quiso legarnos una enseñanza (¡no importa históricamente quien, ni porqué!) nos dejó dicho algo. No nos legó un concepto abstracto para debatir entre cuatro paredes con vocabulario engorroso y algo kantiano; tampoco un razonamiento racionalmente perfecto en el cual cada una de sus premisas no se contradijera en ningún punto con Dios como primer motor inmóvil; ni siquiera nos insinuó una idea de caos que destrozara en nuestras almas racionales cualquier indicio de sentido metafísico. El mensaje de Abraham era claro, simple, cotidiano, existencial: "terminá esa tarta".
Entonces decidí seguir adelante.
Primero con gracia e inocencia, pero luego, con un sentimiento de horror, descubrí que yo misma no creía en mis posibilidades. Y sin embargo algo empezaba a estar distinto dentro de mí: yo quería seguir adelante, y entonces comprendí que nadie hace las cosas bien por primera vez salvo por alguna casualidad o genialidad que poseen algunas y contadas personas. Todos empiezan con desastres, pero siguen adelante: endurecen sus cabezas con voluntad de hierro y engrandecen el corazón con pasión por lo pequeño e inmediato.
Cuando me empezaba a sentir algo engreída porque habían pasado cinco minutos sin que siquiera se me cayera una cuchara, me quemé.
Enojada, amagué con abandonar todo porque una quemadura es una quemadura.
Pero el haber llegado hasta cierto punto me dejó ver eso: que una quemadura es una quemadura y nada más.
"Creer no es esperar lo mejor, es seguir adelante". Recordé lo que el filósofo supo entrever en una historia simple y extraña: mi fuerza es fuerza que es debilidad; mi fuerza se amortigua en mi debilidad.
El lunes y el martes comí la tarta. Estaba simplemente rica, pero la disfruté tanto como mi siete en lógica matemática.
Las cosas suelen ser difíciles: mírenlo a Abraham antes de quejarse por algo. Pero ojo, no lo miren con conmoción, mírenlo como ejemplo.
La vida es difícil, nos pide cosas difíciles.
La vida es como hacer una tarta de atún: pase lo que pase, uno sigue adelante con el pie de plomo de la constancia, creyendo en el absurdo y resginándose a todo lo demás. Solo pueden ganar, porque ya no hay nada que perder.
Es cuestión de probar.

"No es aquello que me sucede lo que me engrandece, sino lo que yo hago..." (Gracias Sören K.).



http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%B8ren_Kierkegaard