jueves, 23 de mayo de 2013

Soy tu necesidad de libertad.

Cuando todo parece indicarte la dirección contraria,
cuando entendiste que el camino por el cual debés transitar
es el que no atraviesa tus deseos y te trae noches de insomnio.
Y el camino que te lleva lejos de ese lugar, ese lugar que ya sabés y tanto te gusta, se ampara en universales catastófricos, en dragones prehistóricos y en palabras de sabiduría neutra.
Construiste un mundo alienante que te cargás a tus espaldas.
Porque hay algo heroico en los actos matutinos de pasos que te llevan al mismo espacio,
con personas que ves pasar una y otra vez momificadas en el tiempo.
Una pisada distinta te depara soledad...

Y sin embargo, tenés tus contingencias sagradas,
los momentos que se suman...
Esos momentos que nunca viste venir, que nunca catalogaste, nunca convertiste en mandamientos congelados. Vivos como tu devenir constante en un día no planeado, mientras el mundo se mueve sin que lo cargues, las cosas se caen aunque las persigas. No hay proyecto ni amor que soporte los embates del tiempo, ni reflexiones treintañeras que aseguren que todo va a estar bien.
No profeso los pasos heroicos ni un abandono en la nada infinita.

Profeso la bondad de las contingencias,
noches sin sentido absoluto,
un salto a salto de querellas sin importancia.
Un cigarrillo. Un vaso de agua.
Y descansar como semidioses.
Abrazados en nuestra propia necesidad de libertad.









viernes, 17 de mayo de 2013

This magic moment

- Necesito que me lo cuentes de nuevo -dice él.
Estoy en una cita. Y mi cita quiere saber sobre la cita que no fue.
Ya llevamos tres tragos encima así que las cosas son sueltas, fáciles.
- Ya bastante tengo con las cargadas de mis amigos...¿Vas a seguir tomando?

Rodrigo Garay se termina su Negroni. Le hace una seña a la moza porque prefiere volver a la cerveza.
- Contámelo como lo contarías en un cuento. Sé que te gusta escribir, veo tus publicaciones y me río mucho...
No me pareció un mala idea. Tal vez era la forma más catártica de confrontar la situación.

- Bueno, había esperado ese momento por más de un año, y sucedió: Pablo me invitó a salir. Estuve pintándome un buen rato y hasta me puse tacos, lo cual marcaba una diferencia, yo nunca uso tacos, pero era una cita... Me pasó a buscar en su auto, me regaló un libro. Le di un abrazo y se puso nervioso... "Señal de que le gusto", pensé.
- No te culpo, yo pensaría lo mismo.
-  Fuimos a su pizzería favorita y elegimos pizza de rúcula y jamón crudo. Me preocupó...
- Terminar con rúcula en el diente.
- Exacto. Después surgió el tema bebidas: no quería tomar, porque él no es de tomar...  -digo, mirando preocupada la velocidad con la que desaparece el líquido en la boca de Rodrigo Garay. Sus ojos son sumamente simpáticos y nunca para de reír. Continúo con el relato -: Entonces decidí no tomar, quería igualdad de condiciones, que me viera como una mujer seria.

Rodrigo le sonríe a la moza, y su preocupación hacia la gente me resulta tierna. Empiezo a encontrarlo encantador, pero no es que no haya sido así desde el principio, sólo que comienzo, literalmente, a sentirme atraída hacia él. Sin embargo, no me acerco mucho. Cuido mis movimientos.
Pese a su simpatía, veo que me mira con seriedad, como si realmente hubiese pensado mucho en este momento en el que me tiene enfrente. Cada una de sus palabras está llena de sinceridad y me mira con atención. Sigue el movimiento de mis ojos y no se detiene en las manos; exageradamente se concentra en mis idas y vueltas y hace que no exista más que lo que le cuento.
Por lo pronto, yo sigo contándole lo que me había pasado  el día anterior:

- Ahora empieza lo surrealista... Llega la pizza -y le remarco a mi interlocutor la doble zeta- y me preocupa cortarla prolijamente. Se me ocurren mil maneras de cometer torpezas...Mil maneras de decirle algo incorrecto, a él, a ese hombre casi perfecto alejado de todo lo mundano. Esperé un año este momento. Momento en el que él me pregunta si ando con alguien. Le cuento que estoy sola, lo cual es cierto, esperando al indicado...
- Ay qué tierna -comenta mi cita.
- Él me dice que también. Lo miro seductoramente...Así. - Le muestro a Rodrigo mi mirada seductora-. Pero que nuevamente está en problemas, porque la chica de la que está enamorado y con la cual planeó un viaje es más pendeja.
- Auchhhhhhhhhhh.
- Y se siente algo histeriqueado y siempre hace lo mismo, comete el mismo error una y otra vez... Para ese entonces, Rodri, los ojos empiezan a ponérseme rojos. Te diría que el alma abandonó mi cuerpo, pero no, eso me pasó tantas veces que aprendí a detenerla.
- ¿Lloraste? - Me gustó que siguiera la línea de la seriedad, porque por más gracioso que sea, ese momento no fue un buen momento.
Lo cierto es que en aquel momento -que un día después parece lejano y se disoció de mis emociones- viví el típico quiebre de la mala noticia: llegó enseguida a mi cerebro y la información tomó posesión de mi cuerpo. Me di cuenta cuántas expectativas tenía yo en Pablo, como si fuera la única persona en el mundo capacitada para entenderme, aquella capaz de conectarme con mejores momentos, la única con la que podría ir al cine y hablar horas y horas de datos irrelevantes y de esos recuerdos de cada escena que sólo un obsesivo por la belleza puede tener. Ese quiebre que retuerce el estómago y construye un nudo... no llegó a ese punto. Enseguida entendí la insensatez de todo esto. Yo no tenía ningún sentimiento de ese tipo por esa persona concreta, ese sentimiento tenía que ver conmigo y se resolvía en mí. El resto es anécdota:
- No, no lloré. Subí las piernas a la silla, me relajé y finalmente cedí al impulso animal de comer la pizza con la mano.
- Buena jugada... -dice- ¿Esto vos lo inventás o tu vida es así?
- No sé, tal vez estoy maldita.
- O lo contrario. Creo que uno genera estas cosas cuando tiene un alma muy inquieta, un alma contenta, feliz... Uno sale a la calle con cierta magia y provoca cosas. Espero que algún día puedas controlar ese impulso a tu favor. Pero por favor, continuá.

Puedo decir que me deja algo perpleja. Hace mucho que no tenía este tipo de conexión con alguien. Casi estoy de acuerdo con él, casi creo haber tenido esa conclusión yo misma, pero alguien más puede verlo. Alguien más puede ver a través de mis ojos. Lo siento ansioso por mis detalles y sé que son muchos. Conviene guardarlos, conviene sacar la artillería pesada de a poco.
Sigo con mi relato.

- Ya no me importaba nada. Pero esto no fue suficiente:  me cuenta que se pregunta porqué no puede andar con alguien de su edad, como, por ejemplo, aquella chica con la que se junta para mmmm y con quien tiene mucha piel, pero es sólo eso.
- El príncipe azul es uno más, ponele. 
- Mientras me cuenta esto, yo ya paro a la moza y le pido que cambie mi agua por cerveza. "¿Chica?", pregunta ella. "No, traeme la de litro, por favor".
Rodrigo muestra la mejor de sus sonrisas: esa que estalla en carcajadas graduales, relajada, a la que no le importan las arrugas del costado del ojo. Hace mucho tiempo que no veo a alguien que ría así. De hecho, es simple eco de la alegría que duerme en mí, esa que espera ansiosa por ser despertada.
Me roba el beso que no daba desde el belga. Pero decir que lo roba es injusto. Simplemente nos miramos. Le pido que deje de mirarme y mi cara se acerca, su cara se acerca.

Pensemos en impulsos: en esa extraña posesión de la naturaleza que nos mueve a hacer cosas. Imaginemos cómo, en esa situación, el impulso de estampar mi boca en la suya se hace imposible de evitar. Y así vivo uno de los momentos más cursis de la vida. Me asusta un poco el creer que estoy en un cuento de hadas, de príncipes, de princesas y yo ya no soy el sapo.
- Tenía ganas de hacer esto...
- ¿Sí? -contesto de manera torpe porque tengo una boca en la mía.
- Desde que cruzaste la calle corriendo y riendo. Te hubiese dado un beso.
- Algo querías decirme... - Yo había sabido esto desde antes de cruzar la calle corriendo.
- Tengo un hijo.

¿Qué me pasó? Me pregunto: ¿qué me pasó que no fue relevante entre nosotros?
Supongo que crecí, supongo que entendí que el amor y que las ganas de conocer a alguien son las únicas razones suficientes para seguir adelante. Vueltas que da la vida terminan por romper cadenas sin sentido, y ya a esta altura, pretender que no hubo un intento de otra vida en todos nosotros es simplemente inocente y inadecuado, pretender encontrarnos sin historias es insólito. Amar después de crecer tiene que ver con amar una historia. Atraso y adelanto mi vida y me veo desde diferentes perspectivas, pero algo nuevo se mueve atrás de mis intenciones, algo nuevo opera en mis hábitos. Una liberación de prejuicios.
Mi respuesta a su confesión es un silencio de naturalidad, porque, como dije, yo ya lo sabía. Por otro lado, me iba a permitir la oportunidad de conocer a alguien distinto.


Rodrigo promete que cuando nos veamos (y lo mejor es que sea cuanto antes) va a contarme cómo nos conocimos diez años atrás y todo lo que pasó ese día.
A la mañana siguiente, monto la bici algo dormida y voy en ella hasta el trabajo. Mi energía es muy buena como para ser desperdiciada en el subte. La verdad es que apesto a cigarrillo y a optimismo.
Respiro hondo y me recuerdo que no estoy exenta de las vueltas incontrolables del mundo.
Con toda su atención puesto en mí, Rodrigo hace fáciles mis días por un tiempo.
Lo único que hace que esta historia vaya a ser un pasado es aquello de lo que más cuesta liberarse: los miedos. Los miedos también operaban esos días en mí desde los rincones más oscuros de las historias pasadas. Entre la adrenalina de un beso y de la respuesta del amor ante el amor, descansa ese monstruo que espera colarse en las emociones. Y no se iba perder este momento.















domingo, 5 de mayo de 2013

Podemos hacer la de siempre y tapar y negar.
Negociar un consuelo viejo frente a nuevas amenazas.
O simplemente entender que la historia de nuestros errores siempre estuvo plagada de una enorme capacidad de amor.

Podemos hacerlo distinto y dejarlo salir. 
Reaccionar de otras maneras ante el fracaso y encontrar aquella respuesta que nos vuelva victoriosos.
Y pacientemente, esperar a que los hábitos se acoplen a nuestra naturaleza cambiante.

Podemos patalear, llorar, mentir.
Bajar la cabeza y seguir de largo.
Pero, entonces, podemos entender que cada segundo, cada momento, cada instante de este devenir puede hacer la diferencia.

Plagados de espanto ante el amor y de amor ante el espanto.
Nadie eligió estos mientras tanto que vuelven duros los día a día.

Por suerte, amanezco de buenos aires todavía.







viernes, 26 de abril de 2013

The Fairest of the seasons

- Alguna vez vamos a decir que estos días fueron los mejores días -dice él que yo dije hace diez años.

 http://www.youtube.com/watch?v=CzGt9CZplyE



Escuché por ahí que todo en la vida, incluso ser una mejor persona, tiene elementos físicos.
Creo que en algún momento habría renegado de esto. Un día como hoy, que podría haber sido ayer porque los días son confusos cuando son largos e intensos y mi mente ya no es la misma, alguien habló de una puerta pesada que hay que abrir cada vez que nos queremos conectar con lo mejor de nosotros. Y para tener fuerza ¿qué es mejor que ejercitarnos?
Estos días que pueden estar matándonos, desconectándonos de ese centro de garantía y seguridad, son, sin duda, los que darán que hablar. Y son los que quizás ejercitarán la constancia a la hora de abrir esa puerta pesada.
Pero es Rodrigo Garay quien atajó estas reflexiones (no yo misma) para luego traerlas a un plano que se hizo más real y encantador.
Rodrigo Garay sabía querer desde que tenía memoria: conoció todas las formas de amor posibles y eso lo hacía un gran hijo, un buen hermano, primo y amigo, un amante atento y un padre ejemplar.
Disfrutaba de misterios y enredos emocionales sin verse afectado.Traté de imitar su conducta y las charlas que tuvimos, algo enredados en nuestros besos, tenían que ver con todo esto.
Sus decisiones, incluso las más alocadas, nunca lo habían desvelado, y cuando apostaba a algo no padecía ansiedades, no padecía de reflejos morales ni metafísicos al respecto: sabía que esa idea había sido puesta en marcha y los seres humanos sólo debemos confiar en el tiempo y en entregarnos.
Eso creíamos esa tarde en la que teorizábamos todos nuestros posibles y futuros choques, en la que practicábamos algo del amor. Y sin embargo, cada uno a su manera, habíamos pasado las etapas del amor.
Ese viaje que él había hecho, diez años atrás, era parte del proceso de ser uno mismo: su curiosidad de mundo era demasiado grande como para desplegarse en esta ciudad, así que partió hacia España con una novia: el viaje duró diez años; la novia, días. Pero no la recordaba con rencor, sino como una pieza de ese proceso, una pieza para la que él también era una pieza. Sucede que cuando uno cree amar y ese amar se va, aunque sea con un dolor inicial, uno recuerda al otro como una posibilidad que nunca sucedió; como si ese proyecto inicial hubiese sido para otra persona, porque uno cambia cuando los sentimientos cambian y lo que podría haber sido no es más que una alienación de la realidad y un juego de la memoria confusa que, al evocar situaciones, no hace más que repasar un obra retocada infinitamente.

En este trayecto en el que todavía estoy, yo no lo conozco. O, mejor dicho, no lo reconozco. Nos habíamos cruzado hacía diez años.
Por ahora solo recibo mensajes erráticos; mensajes que hoy me sobran, pero que mañana echaré de menos.


La temperatura va bajando como baja aquel telón del teatro en el que ahora estoy. Mientras la obra termina, el verano también lo hace. El otoño despliega su encanto y trae viejas sensaciones, y algo de calma, esa calma que sólo tiene lo nuevo. Pero es lo nuevo que no es nuevo, eso que quizás siempre está ahí: los balcones, que son parte de una arquitectura a la que nos habitúan nuestros días laborales, forman una nueva entidad. Esta Avenida de Mayo, de la que este teatro toma parte de su nombre, se desdibuja en otro escenario, y de esos balcones comienzan a asomarse personas que entienden que el día terminó. Las luces se encienden casi al mismo tiempo, como si otra mente programara la vida salvaje de la ciudad noctámbula. El aire festivo se materializa en botellas que tienen en sus manos. Yo solo tengo mis dilemas y la idea de evaporarlos escribiendo. Escribiendo estas líneas que nunca creo que alguien vaya a ver...
- La temperatura va bajando como baja aquel telón del teatro -me dice Alejandro, que pululaba atrás de mí, pero yo no lo había visto. Se había colado en la oscuridad y me había leído-. Romántica y pelotuda...
Cierro el cuaderno rápidamente y ni lo miro. Él se sienta a mi lado y prende un cigarrillo. Me convida uno:
- No, gracias, acabo de fumar.
- ¿En qué andás? Aparte de andar reviviendo a los alemanes del siglo XVIII.
- Buscaba estar sola... Mucha gente en la oficina estos días. Me quedé algo alienada y recién ahora recobro el diálogo conmigo misma.
- Entonces mejor no me cuentes nada, no quisiera participar de ese diálogo esquizofrénico... ¿Algún amor por ahí?
Lo miro fastidiada.
-Todos preguntan lo mismo cuando se quieren poner al día con una persona -dice.
- Otros preguntan por el trabajo...
- Es buen parámetro para saber qué es lo que le importa a cada uno -remata, absorbe con fuerza el cigarrillo apretado en sus manos, pero nunca saca la mirada del ciclista que pasa frente a nosotros. Esta noche descontracturada es una invitación para no preocuparse por los autos. Por algún motivo desconocido empiezo a pensar en llegar a casa y en hacerme un té de vainilla. El té es una de las mejores cosas del otoño.

- Sabía que andabas en alguna -contesta, cuando le cuento que Pablo, el galapaguense, me había invitado a cenar al día siguiente-. Parece que finalmente se va a concretar esa historia perdida.
Nos reímos. Me levanto y lo saludo: es hora de volver a casa.



Amo cenar desayunos, de hecho, es uno de los platos clásicos de José Hernández.
El té de vainilla y las tostadas nocturnas se ven tibias en la mesa llena de miguitas. La luz del costado alumbra lo necesario. Y mi computadura encaja a duras penas en todo el despliegue de esta cena que es sólo mía.
Cata me responde a la pregunta de "Qué harás este findelargo" (así escrita por mí, a las apuradas). "Pienso estar borracha todos los días...", es su respuesta.
Pero otro mensaje azul me espera: "Seguís atropellando árboles con la bicicleta?". El mensaje pertenece a un tal Rodrigo Garay.
Pienso unos minutos qué es lo que me dice esta persona. Pero me distraen mis nuevos vecinos que están ensayando: pese a las quejas, prefieren hacerlo de noche.
La música entra por mi casa de manera afinada, como si viniera de varios lados a la vez. Alguien chista afuera y me asomo al jardín. Un viento alegre revolea las hojas apiladas y se desparraman en un baile inocente sin tragedia. Una ventana se cierra con fuerza: bien podría ser el viento o alguien enojado.
Muchas veces hablamos con Sol de los mensajes o, mejor dicho, de las señales. Mi hermana es una gran estudiosa de las señales. El universo cantando, el universo bailando, el universo gritando, el universo disfrazándose de gato que aprueba o desaprueba. Miramos pasar la vida y nos sorprende frenar siempre en la misma calle, como si algo nos quisieran mostrar algo. Y ahí en el medio, nosotros con nuestros dramas, jugando a que somos los actores principales de una obra con final feliz. Amé y odié las señales, pero siempre cobraron sentido más adelante, hasta que un día cobraron sentido en el momento justo.
Pero algo que nadie dice sobre ellas es que a veces, para aprender, hay que desoírlas. Tal vez la señal entre todas las señales sea que hay que equivocarse: creer que debemos enviar un mensaje en un arrebato (y hacerlo), creer que mañana recibiremos respuesta sobre un nuevo trabajo, creer que el cambio de estación nos llenará de novedades. O bien, concretamente, creer que tendremos una cita.
Pienso en la ropa que usaré mañana para ver a Pablo y con inocencia busco la belleza en mi cara frente a un espejo, una remera negra que me encanta, pero que siempre olvido que tengo... (lo mismo que olvido mi cara). 
Y las señales nos gritan, nos dejan sordos, para que no podamos oírlas.










jueves, 25 de abril de 2013

16:58

Armarse de valor cuando todo lo bueno parece no haber sucedido
y los peores demonios hacen fila para dominarnos.
Lo malo de los malos momentos es que el dolor se come la teoría de la torre de mis libros
y parece no importar cuánto razonemos, porque todos nos miran con nuestros propios ojos (cerrados).
Enredarme en mis propios secretos, esos que se anudan en los sueños e ilusiones y en las esperanzas y en los miedos.
Anularme en reflexiones irreales... Entenderte que te extraño.

No. Armarse de valor.





sábado, 20 de abril de 2013

- Extrañaba verte por acá.
- Igual valió la pena, ¿no?
- A veces el amor le gana el miedo. Valió la pena, sí.



jueves, 18 de abril de 2013

Hijos de Dios, del hombre, del mono. De la evolución o del milagro. 
Hijos de estrellas desconectadas, de las psiquis rotas.
Hay algo en esta búsqueda intensa que no tiene que ver con los demás, sino con uno mismo.

Todo se diluye, ¿y qué queda?
Un grito en medio de la oscuridad, un lamento determinante de voluntades que creímos que han sido fijadas y un dejo de vacío, altibajos de humores poco frecuentados por la cultura y sueños inflados de mentes revolutivas. 

Creimos saber todo lo que había por saber y nos hicimos viejos. 
Y sin embargo la confusión nos trajo la vida de nuevo.
¿Por qué creer que habíamos creído y ya no creemos?

Agitadores culturales que piden a gritos que la vida sea otra.
En medio del caos, ¿qué es lo que espero?
Tal vez entender contra qué estamos batallando, porque la batalla siempre fue la misma. 




 

viernes, 8 de marzo de 2013

Tangled up in blue

- Siempre amé esa enorme capacidad para llorar que tenés -me dijo ella. Aún no lo sabía, pero se estaba despidiendo.
Por Dios que hacía calor en esos días. Digo: ¿estuvieron este enero y este febrero en Buenos Aires?
 "¿Quién dejó abierto el horno?", gritaba un señor desde una vereda.
Díganme que no estoy loca y que padecieron lo mismo que yo: caminaban por la calle y un minuto al sol, esperando que cortara un semáforo o que alguien acelerara el paso, hacía que los pensamientos se dispersaran, que la ira cobrara dimensiones básicas y que la temperatura doliera. Era como entrar en un horno, y movernos entre una masa hirviendo, una goma pesada apoyada en el piso; naturalmente, y por mala costumbre quizás, creíamos que con cada paso íbamos a llegar a un lugar en el que un viento nos aliviara, pero no, la quietud del calor abarcaba todo. Respirar quemaba las fosas nasales  -parecía una mentira, un montaje-, y no encontrábamos el espacio en el que nuestra nariz pudiera dar ese suspiro, esa inhalación que permitiera desempeñarnos como la especie dominante que somos. Alguien nos vendió un clima templado, con las obligaciones y el modo de vida que tal situación amerita, pero no, llegamos al siglo en el que el mapa de color amarillo nos abarca.
"¿Estamos en el Ecuador o qué?", gritaba un señor por la calle. La gente lo miraba con odio. Ni una sonrisa en la vereda... Hasta que sí: sonrisas cómplices de compasión.

http://www.youtube.com/watch?v=YwSZvHqf9qM

Mientras los grados nos derriten, yo estoy deshaciéndome, sacando de encima todo lo que no soy, todo lo que dejé que eligieran por mí. Como un hilo que va desenredándose, buscando qué hay en ese fondo fijo, estable, en el núcleo.
Soy de migrar eras y los cambios le calzan bien a mis zapatos. Quizás soy ultra maleable como el agua, que entra en cualquier lugar, se adapta, se mueve, se transforma.
No es culpa de nadie que la propia naturaleza nos mueva, nos aleje de nuestros hermanos de ruta y que nos vuelva a encontrar. Seguir esa ruta después de enamorarse de ella implica focalizar.
"Encuentra tu alegra y focus", había dicho Amie, en esa mezcla increíble de idiomas que hacía que sus consejos fuesen más legendarios de lo que eran. Amie había seguido su camino, y, si ahora no me equivoco, debía estar rumbo a Japón: "Es mejor para mí ser sola", me confesó la última vez que nos comunicamos , después de tres serias relaciones fallidas en poco tiempo. ¿Acaso también lo era para mí?

Sol me trajo de nuevo a un presente focalizado cuando me hizo apurar el paso. Es mi primer caminata urbana desde que regresé, y más allá de reencontrarme con mi mejor amiga, no tiene nada de atractivo. El calor me está matando, lo mismo que estos zapatos altos. 
- Me encanta ver que no volviste como una hippie roñosa. Cuando volviste de Ecuador estabas tan dejada... ahora estás hermosa. Me encanta.
Lo que a mi no me encanta es el hecho de haber tropezado tres veces ya.
Sol retoma el monólogo en el que dice que tengo la increíble capacidad de llorar mucho y que eso hace que apacigue el dolor, que evito así, de esa manera, que la ansiedad se apodere de mi organismo.
Ella siempre me recuerda que el cuerpo tiene memoria, así que cada hábito que nos haga bien puede conectarnos enseguida con algo de luz cuando todo se vuelve oscuro. Explotar en llanto, para ella, es un buen hábito. ¿Cómo le explico que ya no quiero llorar...?
- Me voy de Buenos Aires -lanza al aire y ni se inmuta. 
En ese momento extraño en el que abandono mi cuerpo, veo las caras borrosas de la gente, pero una cara comienza a definirse entre todas. Un rostro de otro lado, que nada tiene que hacer en los pasos que camino, se planta frente a mí con una nitidez que provoca de todo.
Sol nota que pierde mi conexión. Yo noto que pierdo, otra vez, el equilibrio. En esta ocasión, tengo poco tiempo para reaccionar, y cuando tomo algo de conciencia me doy cuenta de que estoy muy cerca del piso. Hago mi mejor movida y quiero creer que fui como una gacela que volaba por los aires, con mi divino vestido floreado.

Ante la mirada impresionada de Sol, esa presencia que ella nunca había visto en persona, Paco, me levanta del piso.
¿Cómo le explico a él que no soy la misma, o que no quiero serlo, o que quizás lo soy pero soy más fuerte, o que soy más débil pero nunca la misma? Tampoco me lo puedo explicar a mí.
- No cualquiera cae de esa manera... -dice, y se porta como un caballero.
En cuatro minutos de charla me entero que tuvo una hija, que es feliz; él se entera de mis viajes, de lo intenso que fue el 2012. Le presento a Sol (y de paso, le resuelvo a mi amiga la intriga de no haber visto nunca al hombre que me había dejado patas para arriba).
Nos saludamos con un abrazo y seguimos.
No sé porqué, pero creo que es la mejor forma en la que podría habérmelo encontrado.
- Por lo menos, estabas hermosa... -comenta Sol, como para que yo no pensara en la caída. Enseguida supera el momento en el que podría no haber sabido qué decirme. Lo gracioso es que no importa. Nada es más que la afirmación de mi propia vida. Creo que alguna vez hice las cosas bien...
Pero todo lo que me importaba era que Sol se iba. Yo no la podía detener. Ahora sí, las cosas iban a cambiar. 
- ¿Crees que vas a estar bien sin mí? O sea, solo con decírtelo, te caíste y te encontraste con Paco. No sé si es el universo pidiendo que me quede, o diciendo que me vaya.
Me sonrió, como hacía mucho que no veía.
- Como si no me hubiesen pasado cosas peores... 

Supongo que eso era todo. Lo de mi amiga estaba decidido y esto no había sido el anuncio, sino la despedida. Yo la acompañé a hacer un par de cosas y a cerrar otras tantas. Ella me acompañó hasta la puerta de casa. No se movió hasta que atravesé ese jardín que ella amaba y hasta que desaparecí en mi edificio.
Adentro sonó el teléfono.
Supongo que puse a Santi al día. 
- Se viene la tormenta -me dijo.
- Ajá.
- Sos como el clima.
- ¿Insoportable?
- Inestable. 
- Mañana te veo a la noche... pero ¿qué pensás hacer durante el día?
- Voy a ir a reciclar botellas -contesté.
- Planes locos los tuyos chiquita... 
- No me cargues, sabés que me divierto a mi manera.
- Lo, deberías empezar a salir. Creo que es una pena que no conozcas a nadie.
Me dejó pensando.
Ni él ni yo sabíamos que se acercaba un hombre que iba a sacarme de esta caja de cristal...