miércoles, 10 de octubre de 2012
viernes, 5 de octubre de 2012
Delicate
Se había distanciado de ella misma... ¿o acaso se había ensimismado demasiado? Hacía días que no vivía la vida que era suya, como si alguien la hubiese vivido, padecido por ella.
Pálida y frágil, simple y compleja se había alojado en una cavidad de su propio espíritu, hueco inaccesible, y ahí estaba, perdida en alguna fantasía infantil que nunca se realizó, buscando un faro que la guiara. Con los ojos empañados, la visión de afuera entorpecía los movimientos internos.
De todas formas, Ana tuvo la fuerza para levantarse y acomodar el vaso caído. Si seguía dando vueltas sobre el asunto, todo, vivir o morir, sería impensable. Lo mejor era terminar ahora.
Me encanta verla sonreír. Me recuerda a la vida sin pensamientos enroscados, me suena a nuestras vidas adolescentes de tardes avellanedenses de Chocolinas, café y soda; programas que ni mirábamos ni escuchábamos..
Pálida y frágil, simple y compleja se había alojado en una cavidad de su propio espíritu, hueco inaccesible, y ahí estaba, perdida en alguna fantasía infantil que nunca se realizó, buscando un faro que la guiara. Con los ojos empañados, la visión de afuera entorpecía los movimientos internos.
De todas formas, Ana tuvo la fuerza para levantarse y acomodar el vaso caído. Si seguía dando vueltas sobre el asunto, todo, vivir o morir, sería impensable. Lo mejor era terminar ahora.
Me encanta verla sonreír. Me recuerda a la vida sin pensamientos enroscados, me suena a nuestras vidas adolescentes de tardes avellanedenses de Chocolinas, café y soda; programas que ni mirábamos ni escuchábamos..
Muchos años después, veo a Cata sonreír como sonrió tantas veces en el pasado.
Creo que él le gusta mucho. No lo vio tantas veces, ni ella piensa tanto en él, pero al día siguiente a sus encuentros, está llena de paz y energía.
La acompaño y no le saco mucho el tema, porque sé de la presión que podemos ejercer los demás y, encima, las historias no son lo que eran. Hacemos trivialidades, las pavadas de siempre, porque ella se quiere medir. Aún no llega a ese punto en el que las cosas no se hacen fáciles, a ese punto al que es mejor llegar de a dos porque sino, uno la pasa mal.
Encontramos que la manera de preservarnos, de cuidar esta energía, consiste en agarrarnos entre nosotros, los que estamos, tomarnos las manos y esperar el momento indicado para el "salto de fe".
Ese término ronda mi cabeza desde mis días facultativos. Yo estudié filosofía. Podría haber estudiado paleontología, o cualquier carrera sin salida laboral, ya que mis talentos no suelen ser eficaces en el mundo. Puedo recordar el nombre más largo que le pusieron a un dinosaurio, y puedo grabar al instante en mi mente los momentos musicales de películas, pero, sin embargo, no sé cómo moverme en el mundo concreto: no entiendo de economía y, cuando me explican, necesito que me repitan los términos cuatro veces.
También sospecho que tras la sonrisa de Cata hay esperanza y miedo. Preveo intensidad y que esta batalla contra el tiempo y el mundo en relación a la posibilidad del amor será difícil, pero la llevo de la mano. No voy a soltarla hasta que me avise que debo hacerlo, hasta que me diga: "Lola, estoy decidida".
Mis particularidades me están simpatizando más que nunca y son tan simples que no merecen explicaciones: despertar el sábado a la mañana y comerme una naranja. Salir de la cama sin la angustia del año pasado; hasta creo que ya no le temo a lo que temía. Después, el café enorme llena mi casa con su aroma; afuera ya hace frío. La temperatura no deja de bajar y me visto enseguida. Nada echa hacia atrás ese deseo de salir a andar en bicicleta. Nada quita las ganas de llevar mi cámara de fotos conmigo y, más aún, creo que mis fotos son cada vez mejores.
Me pongo los guantes a veces; otras veces los olvido y llego con las manos coloradas por el viento cruel, pero nunca vuelvo atrás.
Recién cuando llego a la bicisenda, me pongo los auriculares enormes y escucho música. Empiezo a convertirme en una figurita repetida de Palermo.
Así es como yo recupero mis rutinas saludables.
Si logro hacerme del tiempo suficiente, antes de salir, dejo preparado el almuerzo: las verduras limpias, prolijas en el plato, como una paleta llena de colores, y el pescado, guardado en la heladera.
Pero no me exijo tanto, y si no logro hacer todo rápido como para no perder la mañana, me conformo con unos fideos con queso.
Parece mentira que alguna vez haya temido a la velocidad de mi andar, y no entiendo porqué me preocupaba que todos vieran mis logros y mis posibles accidentes. Quizás, ya no tengo vergüenza de ser yo, con mis grandezas y mis miserias.
Con suerte pienso poco, pero seamos realistas: soy yo.
Pienso en todo lo que quisiera escribir, pienso en la gente que quiero y extraño, y a veces vuelvo con el irrefrenable deseo de comunicarme con amigos que tengo olvidados, vuelvo con ideas creativas, con nombres de pelis que no vi y quisiera ver. Sueño con cantantes, con escritores, con los viajes. Recuerdo los mejores momentos de mi vida.
A veces, pienso un poco en el belga, porque fue reciente, pero lo cierto es que ningún hombre me tiene. Me pregunto si quiero que alguien me tenga. Me río, canto, cierro los ojos, miro el lago. Me conozco, no voy a responder eso.
Por un momento, todas las cosas que quiero hacer se vuelven fáciles: como si hubiera relación entre montar una bicicleta y buscar un trabajo en el que pudiera crecer, o entre tirarse de cabeza a la pileta y confiar en que cuando uno tira esos mensajes de amor al universo, en algún momento, en algún punto, en algún lugar, alguien responde.
Solo puedo decir que en este momento de la vida, finalmente, respiro. A veces huelo que podría hurgar en la tristeza, pero vuelvo a mi centro, como si ya hubiera aprendido mi camino a casa; como si yo ya fuera mi propia casa.
A veces me enojo porque las ruedas pisan caca; a veces me raspo, a veces tengo que frenar cuando no quisiera.
Esa mañana en particular, iba riendo de mí misma. Podría haber soñado con este momento, pero esas cosas no suceden hasta que lo hacen.
Me crucé de frente con alguien y creí reconocerlo. Me di vuelta, confiando en la agudización de mis sentidos que me permiten saber de antemano que no hay nada frente a mí.
Me crucé de frente con alguien y creí reconocerlo. Me di vuelta, confiando en la agudización de mis sentidos que me permiten saber de antemano que no hay nada frente a mí.
Él giró la cabeza y me miró. Nos seguimos con la vista mientras nos alejábamos, hasta que, decididamente, clavé los frenos. Él lo hizo también. Paramos de manera abrupta porque ambos íbamos rapidísimo. Yo me desestabilicé pero logré apoyar los pies en la tierra y no caer.
Hicimos marcha atrás sin abandonar las bicis, pero sin subirnos a ellas. Cuando estuvimos a centímetros, nos abrazamos.
La última vez que me vio, había sido en las islas Galápagos.
Ahora me encontraba sobre el cemento, me encontraba urbana. Me miró de arriba abajo y se sonrió, le causó ternura mi desprolijidad.
Ahora me encontraba sobre el cemento, me encontraba urbana. Me miró de arriba abajo y se sonrió, le causó ternura mi desprolijidad.
El día que lo abandoné en una de las islas, creí que nos íbamos a ver acá; creí que quizás nos gustábamos y que habría idas al cine, cenas, bares y, finalmente, un beso, ese que nunca me dio en las noches playeras del lugar mejor guardado del mundo. Sin embargo, su respuesta llegó con frialdad y nunca hubo tiempo para mí.
Yo dejé de pensarlo, pero ayer, mientras cenaba con Cata en casa, le hablé de él. Una cerveza después, le escribí un mensaje en Facebook, mensaje que él nunca había leído.
No le conté esta última parte, pero algo en este año me está resultando tan sospechoso... ¿acaso hay línea directa con el universo?
Nos despedimos varias veces hasta que, con todo lo aprendido, me hice la mujer de tiempo preciado y ocupado.
Quedó una promesa de encuentro.
Lo creí. Esa promesa me deparó una semana aún mejor que las que vengo pasando. Quizás los mensajes de amor al universo llegan.
De todas formas, la trama es tan complicada que se vuelve frágil.
Nos despedimos varias veces hasta que, con todo lo aprendido, me hice la mujer de tiempo preciado y ocupado.
Quedó una promesa de encuentro.
Lo creí. Esa promesa me deparó una semana aún mejor que las que vengo pasando. Quizás los mensajes de amor al universo llegan.
De todas formas, la trama es tan complicada que se vuelve frágil.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Cuando soy de mi cuerpo
Tu víctima sigue en mi jardín.
Yo puedo ser negra como flor de la noche
que de luz opaca al mundo.
Y puedo callarte en mis silencios...
Esos silencios clave de compañía,
efectos precarios te sugieren mi boca.
Se desliza por el agua que me tiñe,
me deslizo en la curva de esta espalda.
No soy frágil
y alguien me dijo "etérea".
Pero te recuerdo -en el oído-
que escucho la tierra anhelada.
Y soy tan real como estas manos que te tocan.
Escalaste mi propio ser,
tu olor es el mío.
¿Qué importa mañana?
Tengo la fragilidad algo promiscua...
Romance con la carne,
ojos de puta,
angelical la sonrisa.
El miedo es beso,
el más osado...
el más terrible...
el más íntimo.
Yo puedo ser negra como flor de la noche
que de luz opaca al mundo.
Y puedo callarte en mis silencios...
Esos silencios clave de compañía,
efectos precarios te sugieren mi boca.
Se desliza por el agua que me tiñe,
me deslizo en la curva de esta espalda.
No soy frágil
y alguien me dijo "etérea".
Pero te recuerdo -en el oído-
que escucho la tierra anhelada.
Y soy tan real como estas manos que te tocan.
Escalaste mi propio ser,
tu olor es el mío.
¿Qué importa mañana?
Tengo la fragilidad algo promiscua...
Romance con la carne,
ojos de puta,
angelical la sonrisa.
El miedo es beso,
el más osado...
el más terrible...
el más íntimo.
Foto: Marina Mangieri
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Tenía una carta de mi amigo argentino.
Cuando me dejó en la terminal, me dio un papel.
Mientras yo esperaba el micro y transpiraba como oso polar, la leí; y mientras abría con dificultad el papel doblado, improvisado, pensaba en cómo explicarle vía mail que, si bien me parecía un hombre agradable, yo no tenía ganas de tener nada con nadie.
Supongo que nadie sabrá sobre esto, porque al abrirlo, lo único que encontré fueron datos que él creía que yo podría llegar a necesitar; lugares donde debía parar; parques que no debía dejar de visitar. Y, pero no menos importante, comidas que tenía que probar.
La carta se me perdió, al igual que buena cantidad de papeles que había juntado.
Nunca fui muy atenta. Y menos ahora: pienso operar con las responsabilidad mínimas, y el único objetivo del juego consiste en no perder el pasaporte.
Teniendo en cuenta que hasta perdí buena parte de mi pelo, ayer tomé la decisión de darle ese documento importante a la dueña del hotel para que lo guarde en su caja fuerte.
Volviendo a la no carta de amor, en ella, mi amigo me enumeraba todas esas comidas y bebidas que, si uno las pasa por alto, jamás podrá confirmar a la humanidad que ha estado en un lugar, que ha saboreado el gusto de cada tierra: papaya, guanaba, pitihaya, granadilla, tomate de árbol, quimbolitos, trigillo, empanadas de viento y de morocho -de verde también-, encocados de pescado, etc.
Es cierto.
Pero tengo una objeción: no lo es en mi caso. Mi forma de relacionarme con un lugar consiste en caminarlo en soledad y en silencio; en recorrerlo, por lo menos, una mañana, una tarde y una noche.
La caminata de la mañana ya había ocurrido. Justamente, fue una mañana sin sol, y, al alejarme del pueblo, pude ver montones de pescadores con sus redes.
Podría haber sacado fotos increíbles, pero necesité caminar sin nada. Había algo de viento, ese viento que tiene el encanto descarado que solo se le permite en la playa.
Insisto en que no recuerdo qué cosas debía probar. Pero yo camino, me relaciono de a ratos con la gente de la zona y, de esa manera, me conecto con el corazón de lo que habito. También lo hago a través de esas situaciones que me hacen ser yo y nadie más; a través de mis errores y tonteras y de despertares junto a hombres que no conozco.
Con poca dificultad me levanto de la cama (sola). El rayo de sol que suele entrar no ha aparecido. El vidrio parece algo empañado, huelo agua. Con angustia, descubro que llueve.
Repaso cómo era la costa con lluvia. Arena, mar... y truenos.
Mardel con lluvia era igual a "Sacoa", cine, teatro, churros "Manolo". No parece opción: "Sacoa" se extinguió, el cine y el teatro más cercanos están a doscientos kilómetros y churros "Manolo", frente al otro océano.
Se me ocurre buscar a mis amigas para que inventemos algo, pero recuerdo que la que realmente es mi amiga tuvo suerte anoche, así que ahora debe estar en brazos de aquel hombre que supo ganar.
Apenas conozco a la otra, y no me resulta tan divertida. Es más, mientras practico en mi mente una charla con ella, me doy cuenta de que no recuerdo su nombre.
Me pongo la única campera con capucha que tengo, dispuesta a escapar del hotel. En mi carrera escaleras de madera hacia abajo, casi resbalo... Debo tener cuidado, algún día podría rodar por ellas.
Cuando veo que no hay moros en la costa, corro hacia la playa.
La arena con pintintas mojadas me causa una sensación agradable cuando la piso. No dejo de correr sujeta a ese impulso con el que ya venía. La lluvia me golpea la cara cada vez más fuerte, y río... Acá no existe seriedad, y toda forma de felicidad, por más infantil que resulte, es válida.
Subo al pueblo por aquellas escaleras que ya conozco de memoria: al costado, la ronda de hippies apenas detecta que he pasado a centímetros y la arena ha volado en dirección a ellos.
Bajo el efecto de la tormenta, todo se ve nuevo. Para empezar, no hay nadie y es la primera vez que tengo el panorama claro de las construcciones sin humanos.
En uno de los puestos en los que venden cosas, un artesano improvisa un techo. Me mira, me sonríe y deja al descubierto unos dientes blanquísimos. Me llama con la mano.
Me acerco y me refugio, sin desconfianza. Hay charla:
- Muchacha que confía...
- A veces...
- Igual, muchacha que confía hasta ahí. Piscis, ¿no?
Lo miro con sorpresa. También me río.
- Simpática... Hasta ahí. Pasas distraída todos los días. Te gusta el agua. Escuchas a los demás con atención.
- Algo así -contesto. Igual debo confesar que en algún punto dejé de escucharlo porque un pájaro atrajo mi atención (nota mental inconsciente: sí, soy distraída) -. Igual, yo no sé mucho del horóscopo y eso.
- Deberías saber más, así tu carga no sería tan pesada.
Me reí.
- ¿Te ayudo con el pelo? -preguntó. Sacó una tijera con la que cortaba los hilos que usaba para hacer pulseras.
Antes de contestar, me di cuenta de que ya había entregado mi cabeza. En pocos segundos, con habilidad y cuidado, me emparejó en pelo.
Me puso un pequeño espejo frente a los ojos: no estaba bien, pero no estaba mal. El pelo corto me dejaba en bolas frente al mundo, pero yo misma me había puesto en esta situación y debía hacerme cargo.
- ¿Desayunas? -preguntó y levantó la mano derecha con una cerveza fría y recién abierta.
- No, gracias, voy a ir por un café.
- Soy Stalin, Piscis. Cualquier cosa que tú necesites, sabes dónde encontrarme.
Alguien lo saludó por su nombre:
- Hola, Stalin. Hola... Cristóbal Colón... -dijo, refiriéndose a mí. Stalin se rió. Yo me di vuelta, algo ofendida.
Esa persona que saludó no era otro que el chico de la guitarra, aquel que me había gustado. Así que me quedé con una semirespuesta en la boca. Stalin se rió: "Piscis está enamorada...".
miércoles, 12 de septiembre de 2012
Under pressure
Ana no podía recordar qué era lo que habían hablado la noche anterior. Estaba sujeta y atada a esa angustia que gira a través del cuerpo. Ni siquiera la lluvia logró sacarla de aquel silencio de intensidades confusas, de imágenes, sensaciones, nombres que se repetían su mente.
No tenía interés o, mejor dicho, ya no tenía interés en descifrar la salida del laberinto a través de los nombres, sensaciones, imágenes.
Algunas veces había disfrutado de la lluvia rebotando en el balcón del edificio de enfrente, en tiempos anteriores, en los que podía distraerse en detalles. Ahora, todo era trascendente, globalizador y blanco y negro. Los colores fueron perdiendo diferencias cuando ella se puso diferente.
No podía recordar la charla, pero sí recordaba el vaso girando en el escritorio. Aunque sabía perder el control, las formas de perder el control fueron cambiando. La alienación y el olvido son los peores enemigos y estaban juntos.
Los años ya eran muchos y el recuerdo de todo, más denso.
El agua no dejaba de caer y en algún momento recordó la charla. Eso fue todo. Esto es todo: mucho, nada.
http://www.youtube.com/watch?v=xtrEN-YKLBM
- Tu silencio me preocupa... -decía el mensaje de Santiago.
No tenía interés o, mejor dicho, ya no tenía interés en descifrar la salida del laberinto a través de los nombres, sensaciones, imágenes.
Algunas veces había disfrutado de la lluvia rebotando en el balcón del edificio de enfrente, en tiempos anteriores, en los que podía distraerse en detalles. Ahora, todo era trascendente, globalizador y blanco y negro. Los colores fueron perdiendo diferencias cuando ella se puso diferente.
No podía recordar la charla, pero sí recordaba el vaso girando en el escritorio. Aunque sabía perder el control, las formas de perder el control fueron cambiando. La alienación y el olvido son los peores enemigos y estaban juntos.
Los años ya eran muchos y el recuerdo de todo, más denso.
El agua no dejaba de caer y en algún momento recordó la charla. Eso fue todo. Esto es todo: mucho, nada.
http://www.youtube.com/watch?v=xtrEN-YKLBM
- Tu silencio me preocupa... -decía el mensaje de Santiago.
¿Qué recuerdos tienen de su primer amor?
Yo tengo un buen recuerdo de él. Pero uno solo, porque todos los demás recuerdos de él son malos...
Teniendo en cuenta que parece que estoy tomando al -maldito- toro por las astas, puedo ver cómo se cumplió la sentencia que había en sus palabras crueles.
Yo fui la contrapartida perfecta e idónea que un cruel necesitaba, porque era quien esperaba recibir los golpes.
"Nadie te va a querer nunca...". Si no lo dijo textualmente, lo dio a entender. Ese día, me quedé mirándolo, en medio de la nada de pasados difusos.
Como maldición, llevé eso conmigo gran parte de mi vida.
Éramos niños y crueles y románticos. No entendíamos nada, solo que el amor era la suma del que sufría y del que hacía sufrir.
Lo peor de todo fue que yo le creí.
Pero, ¿qué pasó cuando entró un poco de luz? ¿Qué pasó cuando alguien me quiso, cuándo probé lo que era despertar enredada con alguien y girar por un colchón y no salir nunca de esa burbuja que se forma alrededor de dos cuerpos? Idas al cine agarrada de una mano; una cerveza y un beso seguro; dos ojos solo para mi, y el hecho de no tener que pelear contra todas las mujeres, o más bien, contra una sola: mi pulposa inseguridad. Cuando hubo un día a día y noche a noche, un mensaje respondido, una madre suegra que me conoció y regalos de cumple... desde ese día, nada volvió a ser lo mismo.
¿Qué hice yo? Me aburrí.
Aún poseída por la maldición, enloquecí y seguí corriendo, porque mis aventuras en busca del cáliz que destruyera mi penoso recuerdo aún no habían terminado. Pero sabía que algo había cambiado: nunca más permitiría que nadie me maltratara.
Y volvió a pasar: alguien me "cazó" en medio de una jungla llena de animales. Yo me rendí y sentí cosas que nunca había sentido. Tuve la sensación del instante, del tiempo detenido y de nuevo la burbuja; tuve amor en carne, en mente, en alma. Lo malo se fue... por un rato.
¿Qué hice yo? Recordé el temor. Me asusté. Me alejé y lo alejé, porque cada paso era inseguro; la vida era angustiosa y oscilaba entre un te deseo y un te temo. Lo tenía, pero no. Algo no tenía... de él, de mí.
Los fantasmas volvieron y me atacaron.
El resto, el final lo conocen. El final sobre Paco y aquella noche del año pasado.
No estoy enojada con él, porque las cosas no podrían haber sido de otra manera. Esa estocada final terminó con un mundo hecho en bases a malas experiencias de amor; colapsó ese universo y dejó un vacío para ser llenado por cosas nuevas.
Con respecto a lo anterior, a ese primer amor, podría ponerme poética, dulce, enojada; superada, resentida, abatida, recuperada. Pero prefiero resumir: "Fuck off".
Puedo sentir su respiración contra el cuello. No es tan temprano, pero de alguna manera es como si lo fuera. El viento que sale de su boca se siente tibio, no frío ni caliente. El aire comienza a convertirse en algo material, es un espacio de contenido; yo empiezo a sentirme molesta y atrapada, me ahogo. Me pongo los auriculares como puedo. Saco la mano, que estaba apresada por un costado, bajo el peso de su cuerpo. Tengo que girar en el intento, así que quedamos cara a cara en un intimidad molesta; nuestros ojos se esquivan porque esta cercanía implica un conocerse que ninguno de los dos quiere. Todo esto es accidental y hasta irritante: esta intimidad obligada nos irrita.
También nos irrita el paro de subtes, el cambio en nuestras rutinas matinales, el sentirnos manoseados física y moralmente por todos lados; el hecho de que el tren haya tardado tanto y el hecho de que tengamos que apretujarnos de una manera insólita. La comparación "vacas que van al matadero" ha pasado a ser un lugar común y nos para lejos de esta situación real... así que no, le analogía sería otra. Por lo pronto, puedo dejarme inspirar por Santiago que me preguntó si me habían tocado mucho.
- No, Santi, nadie me podía tocar, porque el tocar implica que hay algo diferente de mí y lo cierto es que todos éramos una masa sin forma...
Podría ir más a fondo y hablar de un dios panteísta, de un idealismo irónico, pero no, no es a lo que apunto.
De hecho, tampoco lo es esto. Así arrancó el viernes. Uno de los días de la semana siguiente a la partida del belga.
Creí que después de aquella invasión amorosa recuperaría las rutinas, pero comparto este pedacito de mundo con personas diferentes, que tienen su propios deseos, sus propias intenciones, su propia búsqueda del bien.
Acá estoy en un tren que nunca me tomo, tratando de llegar a un lugar al que no deseo llegar, apretada contra un hombre que ni conozco y que evita mirarme porque sin querer me tocó la cola.
Un suspiro colectivo me hace saber que afuera llueve: ese suspiro colectivo que simula un "noooo, lo que faltaba".
Trato de aislarme del mundo que ya tanto molesta que provoca risa: dos personas hacen chistes en cada parada, en cada sacudón, en cada golpe. Los demás agradecemos esa buena onda, esa fuerza que nos recuerda que por pasar cosas así podemos decirnos "grandes personas". Por otro lado, cualquier acto de agresiva desazón es condenado a muerte.
Lo gracioso es que estoy como estuve esa semana de "matrimonio": invadida.
Con todo el nuevo contenido de experiencia, con toda sensación nueva, con esta aventura aún latiendo por todo el cuerpo, puedo entretejer nuevas teorías del amor, de mi persona, de mis emociones, y todo en función de entenderme/nos un poco más.
Día uno: Besos, besos, besos.
Día dos: Besos, malos entendidos culturales, besos.
Día tres: Odio. Beso.
Día cuatro: BESOS. Empiezan los dilemas..
Día cinco: Lo odio. Besos. Dolor. Lo amo.
Día seis: ...¿Dónde estará? No creo que se haya ido... las cosas están acá...
Día SIETE: Besos. Casi perdemos el avión. Despedida. Se fue. Llanto descontrolado (dolor y alivio).
Aún todo es muy desordenado como para entender qué pasó, cómo pasó, porqué pasó. Aún me pregunto si debería entender; si fue mucha la atracción, el choque de energías que resultó en momentos increíbles y estados de guerra absoluto; en si debería intentar entender o simplemente dejarme arrastrar por los sucesos de este año: bajar la cabeza, pero no como avestruz, sino como alguien dispuesto a dejarse llevar, como alguien que confía en las fuerzas de los cambios, de lo que está viniendo. Cambios. Sí. Eso había dicho Dany. La misma noche que lo conocí, la misma noche que Julia fue mamá. La misma noche que llegó el belga.
Después de eso, después de que él se fue, yo me aferré a la soledad.
Mis amigos me están buscando, pero con mucho cuidado, porque entienden que necesité estar sola.
Recién hoy, esta noche, Santi y yo nos comunicamos. Elucubramos un poco de qué venía la mano. Eso me dejó pensando.
Julia no para de decirme que su bebé extraña a la tía que vio una sola vez; Barbi me saluda tímidamente, y me arroja un par de mensajes formales; Cata desaparece y me deja desaparecer; Sol, por otro lado, reclama mi atención.
- Lo.
- Sant.
- ¿Asustada? Mucha matraca pa vos, ¿no?
- Ja.
- Bueno, en serio. ¿Cómo estás, Lolita?
- Asustada... ¿vos?
- Hiperoptimista.
- Ahh, no me la creo. Me gusta oírlo.
- Sé lo que te pasa...
- ¿En serio? Ayudame.
- No te creas que tengo el don de leerte (cosa que es muy fácil en verdad, pibita)... pero tuve asistencia divina.
- ¿Y rubia?
- Sí, fue el tema de la semana con Sol. Te lo perdiste.
- Actualizame.
- Creemos que Lola se asustó.
- Ah, pero eso lo sé yo solita - Me reí por primera vez en días -.¿Vas a hablar de mí en tercera persona?
- Me gusta oír esa risa. Y sí... es divertido hacer que hablamos de alguien más. Lolita se asustó porque dejó entrar a alguien a su vida: le dio la llave de su casa y él tuvo acceso a todos sus secretos. Ella no estuvo sola por siete días seguidos. Le gustó y la asustó. Fue la primera vez que sucedió eso que siempre quiso, que siempre la preocupó. Siempre temió que no sucediera y, al mismo tiempo, que sucediera.
- Me gusta su teoría..
- Porque a ella le gustan las contradicciones... es tan capaz de contradicciones, tan capaz de dar y recibir que esa parte de ella, que pone el caparazón porque cree que no lo merece, se enoja terriblemente, la castiga con pensamientos tristes. Y se olvida de lo importante...
- Chan.
- Que es tan capaz de amar que, inevitablemente, el amor va a llegar.
- ¡Y a irse!
- Se va a poner irónica, se va a poner "intensa", pero sabe que tenemos razón... Siempre supo que este chico se iba a ir, pero no debería quedarse con eso. Ella necesitaba una muestra de afecto, que alguien le demostrara que valía la pena, pero solo porque ella se propuso hacerse valer... con mucho esfuerzo, este año se alejó de personas que le restan y nos dijo: "Esto soy yo..."... ¿Qué estás haciendo, papa frita? ¿Qué es ese ruido?
- Me cambio -contesté.
- ¿Y que vas a hacer?
- A tomarme una cerveza a Antares... muero de ganas. Lo pensé toda la semana.
- ¿Con quién vas, papa frita? Yo estoy de cama, Sol no salía
- Sola.
No estoy enojada con él, porque las cosas no podrían haber sido de otra manera. Esa estocada final terminó con un mundo hecho en bases a malas experiencias de amor; colapsó ese universo y dejó un vacío para ser llenado por cosas nuevas.
Con respecto a lo anterior, a ese primer amor, podría ponerme poética, dulce, enojada; superada, resentida, abatida, recuperada. Pero prefiero resumir: "Fuck off".
Puedo sentir su respiración contra el cuello. No es tan temprano, pero de alguna manera es como si lo fuera. El viento que sale de su boca se siente tibio, no frío ni caliente. El aire comienza a convertirse en algo material, es un espacio de contenido; yo empiezo a sentirme molesta y atrapada, me ahogo. Me pongo los auriculares como puedo. Saco la mano, que estaba apresada por un costado, bajo el peso de su cuerpo. Tengo que girar en el intento, así que quedamos cara a cara en un intimidad molesta; nuestros ojos se esquivan porque esta cercanía implica un conocerse que ninguno de los dos quiere. Todo esto es accidental y hasta irritante: esta intimidad obligada nos irrita.
También nos irrita el paro de subtes, el cambio en nuestras rutinas matinales, el sentirnos manoseados física y moralmente por todos lados; el hecho de que el tren haya tardado tanto y el hecho de que tengamos que apretujarnos de una manera insólita. La comparación "vacas que van al matadero" ha pasado a ser un lugar común y nos para lejos de esta situación real... así que no, le analogía sería otra. Por lo pronto, puedo dejarme inspirar por Santiago que me preguntó si me habían tocado mucho.
- No, Santi, nadie me podía tocar, porque el tocar implica que hay algo diferente de mí y lo cierto es que todos éramos una masa sin forma...
Podría ir más a fondo y hablar de un dios panteísta, de un idealismo irónico, pero no, no es a lo que apunto.
De hecho, tampoco lo es esto. Así arrancó el viernes. Uno de los días de la semana siguiente a la partida del belga.
Creí que después de aquella invasión amorosa recuperaría las rutinas, pero comparto este pedacito de mundo con personas diferentes, que tienen su propios deseos, sus propias intenciones, su propia búsqueda del bien.
Acá estoy en un tren que nunca me tomo, tratando de llegar a un lugar al que no deseo llegar, apretada contra un hombre que ni conozco y que evita mirarme porque sin querer me tocó la cola.
Un suspiro colectivo me hace saber que afuera llueve: ese suspiro colectivo que simula un "noooo, lo que faltaba".
Trato de aislarme del mundo que ya tanto molesta que provoca risa: dos personas hacen chistes en cada parada, en cada sacudón, en cada golpe. Los demás agradecemos esa buena onda, esa fuerza que nos recuerda que por pasar cosas así podemos decirnos "grandes personas". Por otro lado, cualquier acto de agresiva desazón es condenado a muerte.
Lo gracioso es que estoy como estuve esa semana de "matrimonio": invadida.
Con todo el nuevo contenido de experiencia, con toda sensación nueva, con esta aventura aún latiendo por todo el cuerpo, puedo entretejer nuevas teorías del amor, de mi persona, de mis emociones, y todo en función de entenderme/nos un poco más.
Día uno: Besos, besos, besos.
Día dos: Besos, malos entendidos culturales, besos.
Día tres: Odio. Beso.
Día cuatro: BESOS. Empiezan los dilemas..
Día cinco: Lo odio. Besos. Dolor. Lo amo.
Día seis: ...¿Dónde estará? No creo que se haya ido... las cosas están acá...
Día SIETE: Besos. Casi perdemos el avión. Despedida. Se fue. Llanto descontrolado (dolor y alivio).
Aún todo es muy desordenado como para entender qué pasó, cómo pasó, porqué pasó. Aún me pregunto si debería entender; si fue mucha la atracción, el choque de energías que resultó en momentos increíbles y estados de guerra absoluto; en si debería intentar entender o simplemente dejarme arrastrar por los sucesos de este año: bajar la cabeza, pero no como avestruz, sino como alguien dispuesto a dejarse llevar, como alguien que confía en las fuerzas de los cambios, de lo que está viniendo. Cambios. Sí. Eso había dicho Dany. La misma noche que lo conocí, la misma noche que Julia fue mamá. La misma noche que llegó el belga.
Después de eso, después de que él se fue, yo me aferré a la soledad.
Mis amigos me están buscando, pero con mucho cuidado, porque entienden que necesité estar sola.
Recién hoy, esta noche, Santi y yo nos comunicamos. Elucubramos un poco de qué venía la mano. Eso me dejó pensando.
Julia no para de decirme que su bebé extraña a la tía que vio una sola vez; Barbi me saluda tímidamente, y me arroja un par de mensajes formales; Cata desaparece y me deja desaparecer; Sol, por otro lado, reclama mi atención.
- Lo.
- Sant.
- ¿Asustada? Mucha matraca pa vos, ¿no?
- Ja.
- Bueno, en serio. ¿Cómo estás, Lolita?
- Asustada... ¿vos?
- Hiperoptimista.
- Ahh, no me la creo. Me gusta oírlo.
- Sé lo que te pasa...
- ¿En serio? Ayudame.
- No te creas que tengo el don de leerte (cosa que es muy fácil en verdad, pibita)... pero tuve asistencia divina.
- ¿Y rubia?
- Sí, fue el tema de la semana con Sol. Te lo perdiste.
- Actualizame.
- Creemos que Lola se asustó.
- Ah, pero eso lo sé yo solita - Me reí por primera vez en días -.¿Vas a hablar de mí en tercera persona?
- Me gusta oír esa risa. Y sí... es divertido hacer que hablamos de alguien más. Lolita se asustó porque dejó entrar a alguien a su vida: le dio la llave de su casa y él tuvo acceso a todos sus secretos. Ella no estuvo sola por siete días seguidos. Le gustó y la asustó. Fue la primera vez que sucedió eso que siempre quiso, que siempre la preocupó. Siempre temió que no sucediera y, al mismo tiempo, que sucediera.
- Me gusta su teoría..
- Porque a ella le gustan las contradicciones... es tan capaz de contradicciones, tan capaz de dar y recibir que esa parte de ella, que pone el caparazón porque cree que no lo merece, se enoja terriblemente, la castiga con pensamientos tristes. Y se olvida de lo importante...
- Chan.
- Que es tan capaz de amar que, inevitablemente, el amor va a llegar.
- ¡Y a irse!
- Se va a poner irónica, se va a poner "intensa", pero sabe que tenemos razón... Siempre supo que este chico se iba a ir, pero no debería quedarse con eso. Ella necesitaba una muestra de afecto, que alguien le demostrara que valía la pena, pero solo porque ella se propuso hacerse valer... con mucho esfuerzo, este año se alejó de personas que le restan y nos dijo: "Esto soy yo..."... ¿Qué estás haciendo, papa frita? ¿Qué es ese ruido?
- Me cambio -contesté.
- ¿Y que vas a hacer?
- A tomarme una cerveza a Antares... muero de ganas. Lo pensé toda la semana.
- ¿Con quién vas, papa frita? Yo estoy de cama, Sol no salía
- Sola.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
Fuera del tiempo y fuera de foco, esta soy yo en una tarde de verano.
Fuera de lo peor de mí y de esas oscuridades que me vuelven mi propio rehén.
Soy yo cuando no me exijo ser perfecta.
Soy yo en ese instante en que todo adquiere sentido, porque el sentido como concepto no importa.
Soy yo cuando no me busco, no (me) pregunto, no (me) revuelvo.
Soy yo en ese instante de momento justo y armonía, cuando nada es tan serio, pero sabemos lo que realmente importa.
Fuera del tiempo y fuera de foco, esta soy yo y no es mi mejor foto.
Pero cada día, cada mañana, despierto y aspiro a ese instante.
Porque me he levantado de caídas abismales y del manoseo engañoso de la sombra de lo eterno.
Este es mi gris, no blanco, no negro.
Fuera del tiempo y fuera del foco, esta soy cuando soy lo que soy.
No hay misterio, ni tragedia, ni milagro.
Una sonrisa.
Y vas a verme brillar.
Fuera de lo peor de mí y de esas oscuridades que me vuelven mi propio rehén.
Soy yo cuando no me exijo ser perfecta.
Soy yo en ese instante en que todo adquiere sentido, porque el sentido como concepto no importa.
Soy yo cuando no me busco, no (me) pregunto, no (me) revuelvo.
Soy yo en ese instante de momento justo y armonía, cuando nada es tan serio, pero sabemos lo que realmente importa.
Fuera del tiempo y fuera de foco, esta soy yo y no es mi mejor foto.
Pero cada día, cada mañana, despierto y aspiro a ese instante.
Porque me he levantado de caídas abismales y del manoseo engañoso de la sombra de lo eterno.
Este es mi gris, no blanco, no negro.
Fuera del tiempo y fuera del foco, esta soy cuando soy lo que soy.
No hay misterio, ni tragedia, ni milagro.
Una sonrisa.
Y vas a verme brillar.
miércoles, 29 de agosto de 2012
viernes, 17 de agosto de 2012
Sus ojos miraban hacia atrás porque se habían detenido en algún punto de la historia.
Por lo menos para mí, porque esa historia había sido mía.
Todo era distinto; nosotros éramos distintos: inocentes y crueles, grandes y niños.
Redimidos y condenados.
En el medio, un vacío.
El tiempo se acerca a nosotros a través de combinaciones insólitas.
E insólito era poner esa cara que conocí, tantos años atrás, en aquel pelo grisáceo.
Parecía la escena forzada de una película olvidable.
Las expresiones eran de otros sentimientos y, sin embargo, eran las mismas.
Solo pude pensar en mí y cerrar ideas.
Mi camino parece signado a veces por esa interpretación libre de un recuerdo.
No se repite una y otra vez, pero a veces se respira y a veces ahoga.
Pero, a fin de cuentas, se va disolviendo en las novedades de la vida y vuelve a ser la pieza de un rompecabezas que se ha perdido en la sala de juegos.
"No es más que una amenaza", me repito.
Bajo mis ojos y emprendo mi retirada.
El suelo espera mis labios
y el rey reclama justicia.
"Voz de mil almas que se encontraron,
me dejaste en un valle perdido.
Hablan tus voces de fuego robado,
noches irónicas del olvido.
Espíritu de uno de mis tantos pueblos pisados,
Se levanta de la tumba de reinas decapitadas por verdugos intemporales.
Y sin embargo, mis sentimientos tristes y epocales
se van con mis años coloridos y un poco dejados.
Cuando reconozcas donde habito,
y saques tu alma de mi alma,
la música sonará distinto,
Tu magia es mi magia.
Siempre sabe lo que digo.
Siempre supe lo que piensa
Creí que solo era un impulso,
pero no, también fue la tormenta".
B.
Cuadro: Paula Dagostino
viernes, 10 de agosto de 2012
Estoy acá.
¿Estás ahí...?
¿Te puedo contar algo?
Tal vez porque escuché buena música o, simplemente, porque la semana desacelera
-y todos sabemos cómo nos trató esta semana-.
¿Estás ahí...?
¿Te puedo contar algo?
No me digas que sí, si no.
No importa, no tenés que contestarme.
Podés seguir haciendo lo que hacías.
Tal vez porque escuché buena música o, simplemente, porque la semana desacelera
-y todos sabemos cómo nos trató esta semana-.
Porque hice una cena para cinco y viene nadie;
porque de tres llamados, cuatro eran de llanto si cuento ese mail.
O porque hice un mal movimiento y me lastimé físicamente y soy maricona de dolores,
o porque ya no me enamora una sonrisa, pero sí cualquier chiste tonto.
O porque me asusta ser delirante al estar bien y no entender la gravedad de los problemas,
o porque el mundo es raro y tengo demasiado recuerdo del mundo.
Porque vi durante estos meses cómo mi pares se bajaron de la vida
-y yo la encuentro sencillamente asombrosa-.
O porque puedo ser un niño con arrugas,
o porque aún espero que vuelvas por mí.
O porque los que regulan deseos siempre me dejaron afuera del sistema,
o porque quiero compartir todo esto con alguien.
Porque me leés, abrís la boca y no sabés qué decirme,
o porque no sabés cómo atajarme.
O porque mi abrazo es real
-no me dejes seguir en vano-.
O porque yo soy de verdad.
Porque me leés, abrís la boca y no sabés qué decirme,
o porque no sabés cómo atajarme.
O porque mi abrazo es real
-no me dejes seguir en vano-.
O porque yo soy de verdad.
Tengo miedo.
Y a veces no tengo respuestas ni preguntas.
Solo ojos llenos de asombro por todo lo maravilloso que existe.
Estoy donde siempre, por si me andabas buscando.
Y todavía no sé quién soy, pero me gusta cuando río.
Me gusta que comentes mis tonterías y hasta que me critiques.
Tal vez, hasta me guste tener miedo,
porque quizás no sea más que saber que aún me interesan las cosas
o porque tengo esperanza.
O porque alguien tocó a mi puerta y no cené sola,
o porque me llamó un amigo borracho desde una exposición y me hizo reír.
O porque me duele menos la herida,
o porque estoy haciendo vida.
O porque, simplemente, importa. Todo esto.
El que quiera vivir, que dé el primer salto.
Y todavía no sé quién soy, pero me gusta cuando río.
Me gusta que comentes mis tonterías y hasta que me critiques.
Tal vez, hasta me guste tener miedo,
porque quizás no sea más que saber que aún me interesan las cosas
o porque tengo esperanza.
O porque alguien tocó a mi puerta y no cené sola,
o porque me llamó un amigo borracho desde una exposición y me hizo reír.
O porque me duele menos la herida,
o porque estoy haciendo vida.
O porque, simplemente, importa. Todo esto.
El que quiera vivir, que dé el primer salto.
viernes, 3 de agosto de 2012
Primer día del año pasado: como un escupitajo que resumía todo lo que venía, allí, lejos en tiempo, me encuentro yo, a la tarde noche, tirada en el piso. Estaba llorando y no despegaba el cachete de la madera fría. ¡Ojo! Se sentía bien porque hacía mucho calor en mi casa.
¿Los motivos? Olvidados y olvidables.
Solo puedo decir que, si el primer día del año es un vestigio de todo lo que vendrá, entonces, el desenlace ocurrido la noche anterior fue más que inevitable.
Creo que me lancé a los viajes para huir no sé de qué y encontrar no sé que tanto.
No soy de leer mucho, pero una vez di con un párrafo -que jamás podría reproducir textualmente- ydecía algo así como que los viajeros van en busca de algo, aunque no saben de qué. Eso soy yo.
Ahora bien, si el primer día del año es el año entero que nos habla a través de señales, yo no sé qué pensar... Parada en la puerta de mi habitación, debo entrar y preguntarle al hombre desnudo en mi cama qué es lo que pasó entre nosotros. Y más importante: quién es exactamente.
Tres horas después.
Mis amigas -mi mejor amiga desde hace dos días y su amiga recuperada de los brazos del gringo- me esperan abajo. Como tardo, me revolean una ojota o sayonara, como dicen ellas, que da contra mi ventana. La misma ojota que creímos perdida la noche anterior.
Se ríen de mí y de mi pelo. Claro, nuevo look 2012: de un lado, mi pelo llega hasta la cintura; del otro, hasta el hombro. Podría hacerme cargo y llevar un corte con onda, pero no, no soy "ondera", así que algo voy a tener que inventar.
Ellas insisten en saber qué pasó...
Caminamos las tres por la playa: el día no es el más lindo y sin bien hubo algo de sol, se fue corriendo y dio lugar a una nube gris clara que cubre el cielo; queda de él no más que el reflejo de una idea a través de las nubes.
El Pacífico, hoy y todos los días, luce agitado... me pregunto la razón de su nombre. Aunque es claro y trasparente, no se ve verde, sino, más bien, del mismo color que el cielo.
Torpemente pude atarme el pelo, y no es evidente el contraste... va, el desastre.
A medida que nos acercamos al pueblo, a través de la playa, van apareciendo los adolescente que horas atrás tomaban cerveza, bailaban borrachos y se besaban desparramados por toda la arena; los grupos molestos ahora se ven inofensivos y como corderos llegan a las playas con botellas de Coca Cola, Sprite y el glorioso termo y el mate mejor compañero. Algunas chicas aún llevan el maquillaje corrido (si lo habré hecho de más chica...) y sus ojos lucen cansados pero llenos de excitación. Los más cancheros traen gafas y tienen ese aspecto del trasnochado listo para cualquier aventura de día.
Aparecen los puestitos móviles: bicicletas con compartimiento acoplado adelante en donde uno puede comprar ceviche a precio muy accesible.
Recuerdo las palabras de mi papá cuando me dio las pastillas de carbón. Recuerdo a la gringa a la que le di una de esas pastillas ayer a la noche, y alimentarme ahí pasa a ser el último de mis planes.
Varias personas nos saludan y no me sorprende, porque parece que anoche hemos hecho destrozos.
La arena comienza a ponerse algo negra debido a una capa de ceniza. A medida que nos acercamos al centro, vemos los restos de la enorme fogata que conocimos.
Alrededor de esta círculo sin forma, hay un cementerio de latas de cerveza, de cajas vacías de cigarrillos: el hombre que levanta la basura se detiene frente a cada una de ellas para ver si alguna no está vacía. Mientras subimos al pueblo, puedo ver que no tiene suerte.
Las calles están sucias, a lo que debo agregar que Montaña no es, habitualmente, un pueblo sucio: la gente que habita estas aguas está orgullosa de cada calle, de cada estructura, y si bien las construcciones son austeras, la limpieza es uno de los mandamientos. Después de una noche como la de anoche, ni siquiera se puede pedir que algún policía esté despierto. A los costados, en ese pequeño hueco entre la vereda y la calle de tierra arenosa, vemos algunos borrachos tirados, en su mayoría ecuatorianos que parecen llegados de pueblos cercanos y que no tienen otro lugar en el que dormir (me pregunto si mi amigo Roberto no estará entre ellos). Claro que, a medida que avanzamos, empiezan a aparecer los restos de personajes de otras nacionalidades: un australiano llamado Dorf (sé su nombre porque la amiga de mi amiga lo conoce) levanta la mano, hace la seña surfista por excelencia, pero nunca abre los ojos. Las rastas rubias están esparcidas por la calle; su cara está en la tierra y la cola apunta al cielo.
Nos reímos.
Mientras la otra chica, que no deja de contarnos una y otra vez su historia de amor , va a comprarnos un licuado, un chico con guitarra entona una canción de "Los Piojos". Me alegra oír esa canción que no escuchaba hace años.
Hubiese sido amor a primera vista si tan solo me hubiese mirado. En vez de eso, nunca deja de mirar su guitarra. Me parece el hombre más interesante que vi en mucho tiempo.
Me tiran de la mano, y con muy pocas ganas deme muevo. Sin querer piso a un italiano... El italiano cree reconocerme y mi amiga me saca huyendo de ahí.
Frente al mar, ella me cuenta que se enamoró y que esa noche tenemos que estar listas para buscar a su "churro" (usa exactamente estas palabras) porque solo le quedan dos noches en Montañita.
Le explico de mil maneras porqué no saldré esta noche... mientras lo hago, muevo las manos, como siempre.
La amiga me cree, porque no me conoce.
Tomo café y escucho la música que hay, y no otra. Ellas juegan a las cartas y no dejan de pasarse protección solar; yo empiezo a verme como un isleño moreno. Una de ellas promete cortarme el pelo al otro día, cuando Darwin, el chico que arregla los cuartos del hotel, consiga una tijera.
En este pueblo, a veces es imposible encontrar esas pequeñas cosas útiles: solo hay lo que se desea, no lo que se necesita. Y si lo que necesita es dormir, ¡no venga!
A pesar de todo eso, el cansancio me abandonó. Como viento que llega desde el mar, la energía es joven y nueva.
Dejo de mentirme y admito que la noche me va a encontrar volviendo tarde desde el pueblo al hotel. Caminando por la arena fresca, creyendo que estoy en el mejor tiempo, en el mejor lugar, en el mejor momento, en el mejor paralelo, en la mejor longitud. Buscando no sé qué...
¿Y qué importa? Yo seguiré caminando.
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