miércoles, 28 de marzo de 2012

Cumbia cienaguera Vol. I

Los domingos me deprimen un poco. Lo sé.
A veces, me ilumina alguna buena idea que saca la idea de domingo de contexto; o mejor aún, aparece alguna sorpresa que genera una alegría e ilumina gran parte del día. Sin embargo, confieso con vergüenza (porque Dios sabe que no quiero que sea así), que ese sentimiento amargo está en mis fibras, y se expanden por mi mente las imágenes de lo que sería un buen día, pero nunca es suficiente.
Mis mejores domingos fueron aquellos que eran como todos los días...
Y es con esta tristeza inminente, que descubro que el sueño del viaje ha terminado; de hecho, terminó ayer a la noche, cuando mis amigos se despidieron de Buenos Aires.
Y yo me quedo sola en esta ciudad, y era obvio que iba a pasar... o sea, es Buenos Aires: hola de nuevo al tránsito, a los problemas para viajar, al ruido de los colectivos y a las obligaciones. Los teléfonos que suenan sin parar, la gente que camina con el celular en la mano y te choca; uno vuelve cansado (porque trabaja, estudia, mantiene una casa) y a veces se encuentra con la sorpresa de que la línea D de subtes ha sido interrumpida; entonces, respiramos, elegimos caminar en la aparente paz de la noche, pero nos encontramos con personajes de actitudes dudosas y bueno... ¿a quién no intentaron robarle en nuestra ciudad? La calma se interrumpe, de hecho, la calma no es posible porque uno debe ir alerta y no perderse en cualquiera de sus mundos privados; y si vas pensando en qué podés hacerte de rico para cenar (estómago lleno, corazón feliz...), alguien puede salir de la nada e historia conocida. Tristemente conocida.
Debería encontrarle el costado amable a todo esto, y explicar que es por estos motivos que yo soy de hierro o de acero o de adamantio.
Sí, parece que, finalmente, la ciudad me está arrancando de la nube presocrática en la que vivo desde que volví de mis vacaciones.
En alguno de mis planteos domingueros, pienso en historias que me hacen reír, salgo de mi habitación y lo veo durmiendo en la cama del living...




El viernes me había encontrado con un humor extraño: perdida en mis pensamientos, empezaba a entrar en razón y a entender que ya no me sentía cómoda con ese look que adquirí en mi viaje. Yo misma me demandaba otra actitud frente a la vida y sé que las pequeñas cosas del afuera, como un peinado, unos aros, o una linda remera, empiezan a generar los cambios importantes, los internos. Pese a estar convencida de esto, una parte mía aún renegaba, pero intenté sobornarla con un perfume.
Eso me dejó en parte feliz, y acalló alguno de mis chillidos protestones.
No tenía otro plan más que descansar, porque al otro día tenía la fiesta de despedida de Jason.
¿Quién era? Un australiano que de alguna manera me había seguido desde Quito.
No era un romance ni nada así, solo una amistad que surgió en aquella noche en la que salí con un grupo de gringos. Ese grupo era "mi familia" en Quito, y en él, no había una sola persona que hablara español fluido, lo que me convertía en algo único en aquella familia y lo que me ayudó a practicar inglés.
Jason decidió que si todos en Buenos Aires eran tan amigables como yo, él debería ir bajar por Sudamérica hasta llegar a mi ciudad. Antes tenía otros lugares por visitar, así que prometió mantenerme informada. Y hacía una semana que había puesto los pies aquí: habíamos ido a cenar, a bailar, a pasear por San Telmo.
Y ahora se iba. Pero no solo se iba él, sino también mi amigo Richard, americano instalado en Buenos Aires, a quién yo había conocido en el 2010. Diría más bien, que el año pasado habíamos perdido el contacto, pero cuando vino el australiano, se unió a nuestro dúo. El australiano dejó el hotel y se mudó a la casa de él. La buena vibra entre ellos fue inmediata, y mientras se acercaba el día de la partida de Jason (con fecha conocida desde un principio), Richard decidió que era hora de partir.
"Yo regreso a mi país el lunes", decía el mensaje de Facebook, sin mayor explicación que esta. Obviamente, la fiesta era mi plan "A", mi plan preferido, mi plan obligado. Una punzada me recorrió el cuerpo. Me devolvió a mi realidad, y ese año sin verlo se convirtió en una mala decisión, porque ahora que se iba empezaba a extrañar la compañía que conscientemente había evitado. ¡Cómo somos algunas personas! Amamos lo que se convierte en no posible.


Sábado a las nueve de la mañana me desperté conmocionada por el timbrazo que sonó estruendoso desde mi sueño plácido.¿Quién podría ser a esa hora un sábado? Yo no esperaba a nadie.
"Deben ser los evangelistas", pensé. Decidí seguir en la cama, esperando que en algún momento se fu... De nuevo sonó el timbre.
Tenía la opción de dejarlo pasar, pero la cabeza se me empezaba a disparar, lo que significaba que no iba a poder dormir de nuevo.
En bombacha y remera caí de la cama y apenas pude pisar el piso de manera firme por lo dormido que aún estaba mi cuerpo. Corrí la cortina, luego me tapé un solo ojo que fue el que me molestó cuando la luz del sol entró. Fui hasta el living  para poder mirar por la ventana de ahí: no vi a nadie.
Medio confundida, me quedé parada sin saber qué hacer. Esta vez golpearon la puerta desde dentro del edificio. Me asomé por la mirilla y vi a la señora yugoslava del último piso. Vio que la vi, y en vez de hablarme a través de la puerta, se quedó esperando a que le abriera, así que me obligó a volver a la habitación y a ponerme un short.
- El timbre no funciona.
- Sí, funciona -le contesté con mala cara. Aunque nos llevábamos bien, era la responsable de devolverme a la vida antes de que yo lo quisiera así.
- Arriba, los timbres de unos y otros y míos no funciona.
No hablaba un buen castellano. O sea, ella entendía todo, pero, a pesar de sus cincuenta años en el país, había matices del idioma que nunca había logrado dominar. 
Me alegraba verla, no crean que me caía mal. Siempre estaba arreglando el jardín de mi edificio, su única responsabilidad en el mundo, la cual aceptaba con una sonrisa. Este era el motivo de que mi jardín dejara boquiabiertas a las visitas; el motivo por el que este lugar, mi hogar, es único en el mundo. El resto, los adornos, los creamos nosotros, y las aventuras siempre esperan entre la palmera gigante y los rincones verde oscuros.
Todo en el sábado ideal se proyectó hasta la idea de esa fiesta a la noche.


Horas después, a punto de partir, encontré un mensaje perdido en el celular y que me había llegado a la madrugada (durante el día, no me había dado cuenta). Debía ser un "mensaje borracho", de esos que se envían a las cuatro de la mañana por motivos que prefiero no discutir ahora. Ahora, lo cierto es que no me imagino a nadie en este momento de mi vida interesado en enviarme ese tipo de mensaje.
"cuando la intuicionn te dic algo, hacerle caso", decía el mensaje. Claro, era un "mensaje borracho", pero de otro tipo. Era Santiago. Sentí curiosidad: hacía una semana que había vuelto a Buenos Aires. Sé que algo había pasado en Colombia, algo que no había resultado bien, pero me había dicho (todo vía mail) que él estaba bien, o por lo menos, que iba a estarlo ("De esta salgo mejor parado que nunca. Me adapto a la ciudad y te cuento todo en persona, Lolita).
Decidí no contestar ni llamar, y salí disparada cuando me avisaron por teléfono que estaba mi taxi. Perfume, espejo y de vuelta la mujer sexy que puedo ser: vestido entallado y tacos. La mujer que yo había estado escondiendo estaba de vuelta.
Levanté miradas cuando salí por aquel pasillo, pero lo cierto es que no era muy difícil: fui festejada por un grupo de borrachos que no tenía nada mejor que hacer más que esperar el colectivo.
Llegué enseguida: la casa era extraña, y primero pasé por una especie de habitación que era la entrada (muy particular, claro). Un chico israelita en cuero, recién levantado, me indicó que la fiesta era arriba, así que subí la escalera y llegué a destino en el cual levanté miradas. Y esto sí fue mérito mío.
El piso era un desastre de barro y alcohol. La música se perdía un poco en las voces, ninguna castellana, que sonaban metálicas, como mi timbre.
Aparecí detrás de las dos cabezas rubias: "Hola mis cariños", les dije.
Ambos hablaban con la única persona que hablaba español: un muchacho ecuatoriano. Pero lo abandonaron.
"Hola bom bom" (así exacto sonaba cuando lo decía), expresó Jason.
Richard eligió agarrarme fuerte por la cintura.
- Última noche... ¿español o inglés?
- Español -dijo Richard-. Ya vamos a tener inglés. Mucho.
- Mejor... No quiero pensar todo el tiempo en las palabras correctas. Linda fiesta.
Jason se distraía más fácilmente y hablaba con cada persona que pasaba; o mejor dicho, probaba cada trago que pasaba. Richard, en cambio, era más introvertido.
- ¿Y tú qué hiciste hoy? -me dijo, mientras atajaba un vaso que se le caia a alguien.
- ¡Bicicleta!
- Ahhh, tu bicicleta. Te daba miedo cuando hablamos en última vez.
Bueno, lo cierto es que estos castellano son así.
- Ya no me da miedo -contesté orgullosa-. Nada me baja de mi bicicleta.


Horas después, algo borrachos, habíamos huido a la terraza de la casa: una de esas terrazas de Palermo, de simetría angosta, con los murales de color alegre, una parrilla usada, y una hamaca paraguaya en la que nos columpiábamos los tres.
Logré convencerlos de que se sentaran en las sillas para poder estirarme en la hamaca y disfrutar de la noche.
Hacía calor, sí. Ambos se quejaban del calor.
- Voy a extrañar aquí... -dijo Jason. Claro que iba a extrañar, nos encontraba cálidos y le gustaba el tinte apasionado de esta ciudad. Pero lo cierto, era que solo había estado una semana y eso no le dio tiempo de padecer pormenores. Richard, en cambio, estaba cansado de Buenos Aires.
- ¿Vos vas a extrañar?
- Algo... -contestó.
- Yo vuelvo a mi casa, él no vuelve a su casa -me dijo el australiano, que no se despegaba de la botella de cerveza transpirada.
- ¿Dónde te vas? -le pregunté.
- Vuelvo a casa, pero después sigo otro lado.
Me quedé mirándolo: su vida era un misterio para mí. Nunca se quedaba más de dos años en un lugar, necesitaba moverse. Era un camino solitario y silencioso. ¿Qué pensaba? Difícil saberlo, era siempre privado con sus emociones.
- Yo voy a Europa -sentenció.
Los ojos se me iluminaron.
-¿Y vas a extrañar? -insistió Jason.
-Estoy "lleno" de los porteños. No.
Nos reímos los tres. Ellos se olvidaban a veces que yo era porteña. Me sorprendió que emitiera una opinión tan jugada: lo vi distinto. Lo abracé.
- ¿Qué es esta música? -exclamé- ¡Me encanta!
- José González -contestó él.
Tan simple que sorprendió: José González (Nota mental: buscar a José González).



lunes, 19 de marzo de 2012

Creador de sueños, hacedor de mundos

Un mural azul de sirenas azules
que salen de un mar púrpura.
La noche de viento se aliena de la urbanidad
y se hace vino en el piano.


La voz dulce es para las noches
cuando solo hay silencio.
Como en un bar francés,
de un año que no conocimos.


Bailamos como si te perteneciéramos
y nos hicieras tu familia.
Inventamos himnos que fueron de nadie
en ningún universo.


Bajo la tierna mirada de tu propio amor,
la luz ilumina esos ojos.
Lo único que brillaba
desde aquella esquina oscura.


viernes, 16 de marzo de 2012

Teenage Wasteland

Verdad.
Esta verdad ya no es mentira. De hecho, es tan verdad que es un lugar común.
¿Mi vida? Permeabilidad. Sensibilidad. Creación. Culpa.
Treinta años y un poco más para empezar a entender que soy lo que soy (y no el que soy).
Agrego: movimiento. Cuando estanqué mi rumbo fui peor de lo que puedo ser, en tristeza y lágrimas.
Fue duro encontrar las pistas para entender ese mecanismo: yo, que no soy la peor de todas, nunca me dejé ser quien soy. Una parte mía siempre me quiso parte del mundo que según nos enseñaron es el correcto. No quise ser un Nieztsche ni un Novalis. No quería confiarme más a las noches de insomnio y creación que en algún momento fueron exageradas y terminaron comiéndose mis días: en consecuencia, liquidé la creación.
Tampoco quise aceptar la variedad extraña de amigos que se acercaban a mi. ¿Por qué? Si yo quería estar con esa gente que apunta hacia direcciones que ni entiendo. Yo también quería mis jeans a la moda, mi casamiento a los 26 y mis hijos perfectos; suegros "cortamambos", domingo de supermercado, tomar el té con mis amigas impecables y no sentir nunca esa punzada que siento a la noche y que me dice: "¿No me escuchás? Porque sí, existo...".  Pasar el día dibujada en ese cuadro que se corresponde con todo lo que conozco como"necesario", sentada en un sillón con mi belleza solitaria; y que mis noches no me encuentren corriendo por una avenida en busca de un colectivo, después de haber bailado como loca; después de haber hablado cosas profundas con gente que no volveré a ver... Y sin embargo, esos días me iban a encontrar vacía, confusa, alienada. Y de nuevo ese demonio que habita en mí: "Sigo existiendo, cariño".
Bueno, es hora de ser quién soy. Quizá no tenga una vida convencional, y la noche me encuentre en una cena intercultural comiendo arepas con gente que no conozco; quizás nunca tenga un amor monógamo y clásico, y quizás nunca tenga hijos y termine mis días solas. Pero esta soy yo.


- Qué boludez lo que decís, Lo... -me dijo mi hermana sin mirarme, mientras se limaba las uñas y hacía a un lugar el libro que estaba leyendo ("El mago de Oz").
Tres veces nos habíamos tirado a la pileta. El calor era terrible hasta en la sombra. Tremendas temperaturas acechaban Buenos Aires, y con la térmica casi rozando los 40, me había hecho un bolso y me había instalado en lo de mi vieja. Con más "mamitis" que calor, me dejé mimar unos días: no lavar platos ni pensar qué comer (no, no, ¡nada de tartas de atún!). Tarde de chicas con mi mamá, mi hermana y dos de sus amigas, Alex y Vale (conveniente conjunción de nombres, ¿no?).
En ese mismo momento, las cuatro estábamos tiradas panza arriba en el sol, sin hacer otra cosa más que tomar agua y fumar cigarrillos; yo me dedicaba a lo mío sin que ellas me prestaran demasiada atención.
Las chicas hablaban; yo, mayormente, escuchaba, porque a pesar de que eran solo cinco años más chicas, la forma en que se tomaban algunas cosas era distinta: parejas cruzadas... amigas de amigas que terminaban junto al amor de alguna de ellas. Pensaba que si en mi manada, alguna osaba tener una amiga que se quedara con el hombre de Sol o Barbi o Julia o Cata, ese sería motivo para desmenuzarla como una jauría de lobos. Para ellas, hasta era aceptable.
De vez en cuando pasaba mi mamá con su vaso de Fernet dominguero y nos miraba, trataba de escuchar lo que hablábamos. Las chicas, en lugar de callarse, seguían adelante con las historias de sexo, drogas y rock and roll. Mi madre se reía, me miraba, me preguntaba si quería agua o alguna bebida exótica que conseguiría aunque tuviese que ir al Congo. Después, me daba un beso que yo aceptaba como un cachorro. Miraba lo que yo hacía y no preguntaba nada más.
- Te aprovechás porque te extraña... -decía mi hermana. Mi mamá volvía sobre sus pasos y le encajaba un beso a ella también. Mar se quejaba, la empujaba; sus amigas se reían.
- Ahora se hace la buena, pero en la semana es infumable.
- La infumable sos vos.
Lo cierto es que mi vieja era muy "canchera": nunca había perdido esa parte juvenil que tantos problemas le había traído. Pero, justamente, la parte buena de su situación emocional a veces la hacía brillar como una quinceañera atrapada en un cuerpo que crecía. La luminosidad de sus ojos no se opacaba: pasaban los años y los golpes, y ese brillo se encendía varias veces en un mismo día, como si renaciera infinitamente.
Era capaz de resistir las confesiones más sucias: le hemos contado sobre borracheras, sobre besos sin nombres, sobre accidentes sexuales, etc. Y ella nos miraba, tratando de controlar su asombro, que no era reproche, sino inocencia. Una vez pasada la cara de "Mi hija es la que me está contando esto", nos agarraba la mano y nos prometía que todo iba a estar bien. Por suerte, siempre tenía razón: era una madre después de todo.


- Comí como un cerdo... -se quejó Alex, que no dejaba de mirar su panza, con el cuerpo semiacostado en la reposera.
- Pasa que el problema es que vos comés para el culo, Alex -contestó Vale.
- Nada que ver Valeria, ¿qué decís?
- Mirá -dijo mi hermana, quién solía ser el sentido común de aquel grupo que no era el mío-, yo no tengo ganas de discutir con vos... - La miró a Alex-, pero pasamos tiempo juntas y lo hablamos varias veces. Vos sos grande, sabés lo que tenés que hacer.
- ¿Cambio de hábitos? -intervine, algo tímida.
- Sí, exacto, gracias, Lo -dijo mi hermana.
- Bue ya fue, de última después vomito.
Las tres rieron. Yo reí por compromiso. Sus chistes eran oscuros y personales y no estaba segura de poder liberar mi alma y participar libremente.
- No es en serio -comentó Vale, mirándome fugazmente. Habló con rapidez, pero con elocuencia. Después miró hacia arriba con ese perfil perfecto, y de sus labios rojos y sensuales se elevó el humo del cigarrillo lentamente.
- Me imagino... -les dije.
- ¿Y en qué andás vos, Lo? -preguntó, después de sacar de su boca hasta el último rastro de humo.
- Muy tranquila, tratando de conservar la paz y energía del viaje...
- Pero, ¿estás con alguien?
- No. Estoy sola.
- Dale, desde hace dos años que no parás de conocer flacos.
- Ahora está curiosamente tranquila -intervino mi hermana, Mar-. Esa letra te salió mal... ¿querés dejarme?
Claro que la dejé, mi hermana es mucho más hábil que yo.
Con la tijera en la mano, la miró a Alex que ahora acercaba el torso a sus piernas para poder ver cómo su panza se desplegaba sobre ellas.
- Te voy a clavar la tijera en la cara, pelotuda.
Me reí sin pudor.
- ¿Y alguna de ustedes anda en algo? - Me apresuré a decirles, antes de que siguieran haciendo preguntas que yo no tenía ganas de contestar. Claramente yo no estaba en mi punto más existencial, sino que veía pasar los días como un despliegue de encuentros con gente que me sumaba, gente que aceptaba que yo trasmitiera las cosas que viví y la paz que pronto me iba a abandonar, porque digamos que es Buenos Aires, con su tráfico, sus días que no duran nada, y conmigo absolutamente desmotivada con el trabajo, con las salidas a boliches y bares.
- Ninguna anda en nada... Por ahora, vivimos de las historias de los demás -comentó mi hermana con su comicidad dulce pero agria.
- Tengo un mensaje de Chavi- contó Vale.
- Noo -le dijo mi hermana, y, agachándose (Vale y yo estábamos en el piso), la miró a los ojos- ¿Qué hizo al final? -me miró- Te dije que vivimos las historias de los demás, nosotras no tenemos nada que contar.
- Dejó de ver a la mina... se quedó con el flaco.
Las miré curiosa. Me hice la que no me interesaba, pero la combinación de sexos en esa oración me dejó desconcertada.
- No podés decir nada -se apresuró en decirme Vale.
"¿A quién le iba a contar algo?", o sea, yo casi no conocía a la implicada (Chavi) más que por nombre. Creo que la había visto en una fiesta, y me había dado una rara impresión.
"Claro, es lesbiana", pensé... pero no, lo dije. Las tres me miraron y se rieron.
- No es que es LESBIANA -intervino Alex-. Está confundida con una mina, pero siempre anduvo con hombres. La otra mina, en cambio, sí es lesbiana, y parece que le tira onda.
- Chavi se siente atraída hacia ella... -contó mi hermana.
- Y sí, siempre pensamos que era lesbiana... -confesó Vale -. Solo que nadie se animaba a decirlo.
De todas formas, nadie que yo conociera conocía a esta chica, así que no corrían ningún riesgo. Por otro lado, a las horas, probablemente yo lo olvidaría, salvo que apareciera la chica frente a mis ojos, algo muy improbable.
- ¿Y si prueba de estar con ella? -apuré - Estamos en el siglo veintiuno: primero el escándalo, pero después el olvido.
- El problema es que ella sale con un flaco y están bien... Se están poniendo de novios, y justo pasa esto.
Supongo que entonces no era tan fácil. Arriesgarse por un impulso inseguro... perder algo bueno... yo no lo dudaría, pero por eso no soy una exitosa del amor.
- No, vos no lo harías -dijo mi hermana. A veces creo que lee mi mente.
- Igual la mina es una tarada... -confesó Alex. Nadie se lo vio venir. Vale la miró algo enojada, ya que era la amiga oficial de Chavi, a quien -repito- yo prácticamente no conocía.
- Te voy a clavar la tijera... -insistió mi hermana riendo. Marcó con sus palabras todos los puntos que habiamos dejado desatados: "A veces te desubicás, Alex y sos desconsiderada. Vale, Lola no va a contar nada porque en dos horas se va a olvidar, es demasiado egocéntrica. Lo, vos no harías nada porque sos una cagona". Nos dejó calladas a las tres. Mi hermana me sorprende a veces...
- Y esa letra "A" que hiciste es espantosa, parece un hongo. Dame que te la hago yo- Me arrebató los papeles coloridos de cartel que yo estaba haciendo.
Mi hermana podía ser una mujer madura. De hecho, a veces era la madre de nuestra madre, papel que también había cumplido yo en su momento, pero que me había hecho casi enloquecer. Mi hermana, si bien es sensible, no se turba fácilmente: suele darle a las emociones el lugar que realmente ameritan, pero a veces exagera y parece apática frente a los problemas. Varias veces el año pasado aparecía en mi casa: yo le preparaba la cama y la cena. Creo yo que necesitaba sentirse mimada: veíamos alguna serie y nos reíamos como locas.
- Es exagerado -me dijo.- No sos egoísta-. Y me sonrió. Claramente, esta mujer me leía la mente. No importaba, yo a veces leía la suya-. Estás un poco loca...
Las tres asintieron con la cabeza.
- Che así que Sol...
- Sí, Vale.
- ¿Está contenta?
- Muy contenta.
- Ustedes son complicadas - Esa fue Alex, obvio. Se quedó pensando unos minutos. Era la primera vez en toda la tarde que no se miraba la panza -. Me retracto, no serían las palabras correctas: es complicado para ustedes...
- ¿Porque somos grandes?
- No, para nada. No son tan grandes... digo, la mayoría de las chicas de mi edad están solas y encaran cosas solas y está bien, pero no es lo común en tu "camada". Diría que son las pioneras - Ahora sí, Alex era una chica muy inteligente y nos había sacado la ficha.
- Estas elecciones que hacemos, ¿no?
Las tres me miraron (no de manera crítica). Era evidente que ellas hablaban de nosotras  y, de alguna manera, nos tenían como ejemplos. Somos de esa gente nueva que hace elecciones que tiene que mantener toda la vida.
Pienso que hay varios tipos de personas: los que nunca eligen, sino que son elegidos; aquellos que eligen una vez y se echan a dormir; y estamos los que tardamos en elegir, porque nuestra naturaleza quiere ver la cantidad de opciones, encontrar la idónea y sostenerla todos los días cuando la elegimos. Esto de ser mujeres nuevas, cada una a su manera, es agotador, pero creemos que, al final, podemos tener todo.
- Sí -dijo mi hermana -. Las elecciones a las que apostaron no hicieron la vida fácil, pero estoy segura de que un día van a tener todo lo que quisieron, todo eso por lo que sacrificaron una vida más cómoda.
- Eso es lindo...- Le sonreí. Ella bajó la mirada contenta. Se perdió de nuevo en el cartel que estaba ayudándome a hacer, y lo apoyó sobre la tapa de su libro. 
- Aparte queremos ver qué pasa -dijo Vale, y prendió otro cigarrillo -. Acordate que nosotras vamos por ese camino.
- Igual, estás loca -remató Alex-. Pero te bancamos.
- ¿Qué tan loca?
- No sé que contestar sabiendo que estás un cartel de cumpleaños en holandés...
- Igual te bancamos -dijo Vale.




Horas más tarde, solo quedábamos mi hermana y yo. Aunque seguía haciendo calor, el sol se retiraba de a poco. El jardín ya no estaba soleado.
Nos encontramos moviéndonos de acuerdo a lo que iba sucediendo: el  poco sol que quedaba nos acorraló hasta dejarnos contra la pared, el único lugar en dónde se proyectaba su luz, cada vez más lejos del piso.
Escapar del sol nunca había sido una opción, porque en la sombra hacía la misma temperatura, y la inversión más estética era mantener este bronceado. Minutos después, casi fue noche.
Me acerqué a la pileta y toqué el agua. Recordé que el agua siempre me daba frío en la noche, incluso en verano, pero el clima estaba demasiado pesado. Me sorprendió que el agua se sintiese tan tibia, tan bien...
- ¿Te saco otra foto? -dijo mi hermana, que se movía con su propia música, en la propia armonía de esa tarde noche. La vi como una presencia diferente en el medio de la oscuridad. Se movió rápido y el pelo castaño se balanceó hasta desaparecer dentro del quincho.
"Constancia", pensé. Eso también se destacaba en este movimiento hacia algún lado. O sea, no tengo idea hacia dónde debo ir y, a duras penas, estoy aprendiendo a ser quién soy. Me ayuda aferrarme a mis amores, mis pequeños amores que son mis propias familias y mis propios universos: ellos saben quién soy, y me recuerdan quién no soy. Sí, quizás sea la persona demandante y solitaria que puedo ser; y tal vez, cuando en un futuro, si algún europeo diga: "Estuve casado seis meses con una argentina... hace años que no sé nada de ella", podría tranquilamente referirse a mí.
Pero necesito a mi gente. Y necesito constancia, mantenerme en mi ruta y en mi alegría. Lo sé...
Creo en la alegría: la constancia es fe, y la alegría, justamente, es la mejor amiga de la fe.


Vi a mi mamá en un rincón. Seguro hacía rato que había salido al jardín, y estaba apoyada contra las rejas de una ventana, mirándome. Aunque estaba bastante oscuro vi el esbozo de su sonrisa. ¿Qué pensaría sobre mí? 
Esa sonrisa grande y repetido fue una no respuesta.
Algo me dijo, pero apenas lo oí porque me arrojé de cabeza al agua. Se sentía tan bien... 

viernes, 9 de marzo de 2012

Cuando soy contigo

Somos como nos gustamos.
Mi sonrisa no fue tu lágrima.
Tus ojos no desvelaron.


Invadime en mi primavera.
Yo te espero sin esperar nada...


Estamos por todo el mundo.
Sueltos, porque somos así.
Te dejo en las mejores manos: las tuyas.


E hicimos planes sin sentido.
Nos dimos naturales y sin rumbo,
alineando este no destino.


Me encantan mis tiempos.
Te encantan los tuyos.
Fue nuestro tiempo el que casi no existió.


sábado, 3 de marzo de 2012

No solo soy palabras. Soy el viento que molesta a veces; y otras, el viento compañero. Soy el que puede quedarse horas, mirando algo sin mirar. Pensando en algo más que lo que se toca...
Me toca el orgullo el amor que no llega, que viene, parece, se va. No sé que es el amor cuando soy crisis y confusión...
Mi confusión se supone que es oportunidad. Me lleno de vestigios de un futuro posible, y lentamente, me encuentro a mi mismo como una sombra. La luz refleja la sombra de mis deseos y virtualidades...
La virtud me queda grande cuando la plantean abstracta. Me deshago de nuevo y solo soy viento.Agito las hojas y me parece descubrir un sentido.

En mi intimidad hablo con alguien, y no sé si solo soy yo la que responde. Yo, que tanto hablo de mí que me agota. Me agotan las caras malas y la actitudes hirientes.
Un grito puede partir mi corazón en dos. Él vuelve a unirse y me preparo cada día para enfrentarte. Pero peleo contra cíclopes miopes y las mentiras entorpecen mis pasos.
Quiero llegar, creeme. Me aferro a una oración, a una palabra. Pero no soy solo palabras.

No soy un llanto eterno. Las canciones de muerte reclaman mi atención. Les sonrío y el sonido de mi risa tapa ese lamento.
Me recojo en la redondez perfecta que puede ser mi vida. Te miro, a mi lado, en todos lados. Por primera vez en el día me mirás. Una sonrisa en tu cara triste nos vuelve alegres. No estoy solo, no estoy con el mundo: estoy con vos.
Entiendo la pequeñez perfecta de los que me rodean. Me quieren. Y tengo valor para enfrentarte, y no soy el viento solamente, soy la hoja, soy un corazón, palabras vividas, crisis posible de virtudes reales, el eslabón entre el mundo que viene y el mundo que se cae, un salto de alegría en cámara lenta, la música que se mueve con este cambio continuo del tiempo que avanza, que no es mío, pero yo le pertenezco.
Me hago uno con el tiempo, con mi (del) tiempo: en mis manos están mis vivencias... Que no se escape nada de eso, ni las incertidumbres ni las alegrías.




Me despierto en silencio ("hola") y finalmente me integro en mi casi realidad. En noche de corazones rotos, te elegí (amigo), me elegiste (amiga). No más miedo. 

viernes, 2 de marzo de 2012



"Elucubración, elucubración, elucubración... elucubración. Elucu... elucubración".
Durante gran parte del viaje me quedo pensando en esa palabra... Sobre todo ahora, que Roberto se fue, y en mi cabeza puedo escuchar algo más que su vocecita chillona. Afuera sigue lloviendo y ya casi se fue la luz del día. Voy dejando playas atrás, y de vez en cuando, entre construcción y construcción, entre casa y casa en las que ya empiezan a asomar las luces artificiales, puedo ver al océano Pacífico que brilla en la oscuridad, en esa media oscuridad que aún no termina de ser día pero no llega a ser noche.
"Elucubración": esa palabra que elegí una hoja atrás. Suena extraña; y yo la uso pero ni siquiera sé si está bien usada. Me anoto en el cuaderno lo siguiente: "buscar en el diccionario".
La palabra me suena a "culebra" y sospecho que debe de tener una mala connotación, pero nunca se puede estar seguro con las palabras, algunas nos sorprenden.
Mi mente viaja hacia atrás en el tiempo, mientras trato de entender de dónde proviene tal nivel de excitación mental: o sea, dormí media hora la noche anterior, y llevo despierta más de doce.
Para ser sincera, tampoco dormí mucho la noche anterior a esa.
Por lo tanto, ¿cómo es posible que mis ojos no se dejen seducir por Morfeo?
Claro, es el café que me invitó el argentino en la terminal de micros de Guayaquil. Ese café potente que necesité todo el día y recién había conseguido dos horas atrás.
Al argentino lo conocí en el cambio de aviones que hubo entre Santiago de Chile y Guayaquil. Creo que él inició la conversación, pero lo cierto es que yo se la seguí, incluso cuando la respuesta que le di habría sido más que suficiente para sellar un trato cordial y aceptable. Después de atravesar el pasillo, y habiéndolo perdido cerca del baño de hombres, volvió a aparecer y se sentó en el mismo banco que yo, pero del otro lado. Ambos de perfil, yo en una punta y él en otra, nos miramos y mantuvimos una conversación reveladora. Él viajaba solo también, y estaba absolutamente más informado que yo: era como si a mí me hubiesen arrojado al avión, apenas con el nombre de los lugares a los cuales debía dirigirme (por ejemplo, nunca supe cuál era la tensión en Ecuador, motivo por el cual, el apagón de Montañita tiene nombre y apellido).
El argentino sabía detalladamente cómo era la vida en Ecuador. Sería exagerado decir que sabía cuáles iban a ser sus pasos día a día, pero lo cierto es que era una persona responsable e informada.
Yo ni siquiera sabía cómo iba a llegar desde el aeropuerto José Joaquín de Olmedo (dato que solo conozco gracias a mi pasaje) hasta la terminal de micros. No sabía si había micros hacia el pueblo, y muchos menos, claro, los horarios.
Lo bueno de los viajeros inconscientes es que tienen un ángel aparte: ese ángel se apareció en distintas formas durante mis vacaciones. Y este ángel argentino me buscó al llegar a Guayaquil para poder compartir el taxi, ya que él debía dirigirse también hacia uno de los hermosos pueblos de Ecuador. Y como el bien es difusivo y la gracia angelical no entra en pocas personas, pronto una pareja de rosarinos hippies se unió a la pandilla.
Cuatro entramos en la terminal de micros al salir del taxi. Las boleterías colapsaban, y la pareja de rosarinos y yo íbamos a la misma ventanilla (la que peor se veía), mientras mi primer amigo compró su boleto sin mayor problema.
"Solo queda un lugar para Montañita", se corría la voz por la cola formada de gente ansiosa. Y mientras Roberto (a quién aún yo no conocía más que por un revolucionario peleador) discutía con quién le había vendido el boleto, los rosarinos me daban la bendición. Levanté la mano: "Yo viajo sola".
Todas las caras en la fila, jóvenes, alegres, giraron hacia mí. Pasé frente a ellos, sin poder contener la felicidad de sentirme afortunada.
Perdí a los rosarinos, y ni siquiera me había podido despedir cuando apareció mi amigo. Caminamos hasta las casas que vendían café y rápidamente me compró uno.
Hablamos durante diez minutos hasta que llegó el horario en que su micro debía partir. Nos despedimos. Prometió encontrarme más adelante en aquel lugar en el que supuestamente íbamos a coincidir varios días después.
El resto lo saben: humedad, quioscos, Roberto.
Pero ahora, de nuevo en el micro, varias horas después, descubro que el Pacífico se perdió atrás de un bosque. Después de ese bosque aparecieron construcciones parecidas a las anteriores, con ese estilo que podría definirse como  "de la Costa del Pacífico": casas como las que habitaría Robinson Crusoe. Pero las que veía ahora eran más grandes, con más pisos, más gente, más luz... ¿era música? Había gente en la calle, algunos autos que coincidían en un punto en el que la gente no paraba de aparecer con bolsos. Todos empezaron a levantarse cuando el micro se detuvo.
Ya no llovía, y cuando abrieron la puerta, el calor entró como una masa pesada y se fundió con el aire acondicionado, dando esa sensación extraña de dos fuerzas que chocan, esa mezcla de olores y el estiramiento placentero de las piernas, el hormiguero relajante.
"Llegamos", dijo el chofer, y por primera vez en todo el viaje se paró del asiento y salió a respirar el aire de la costa del Pacífico.




viernes, 24 de febrero de 2012

I feel love

Amar. Querer... (Te quiero, Fuckin love you, Ik houd van jou, Mi amas vin).
Desear. Esperar. Buscar.
Era como si alguien me mirase todo el tiempo. Yo nunca estuve sola.
Me esperaba; me esperaba en la esquina mientras hacía mis caminatas; en Cabildo; en la salida del subte; a veces, me esperaba en la cama, en el baño, en la cocina.
La solitaria y su fantasma. Siempre estuvo conmigo...
Extrañar. Lo bueno, lo único bueno de la melancolía siniestra. Sin embargo, me pregunto qué problema tiene esa parte mía que se esfuerza por aferrarse a las desgracias, a esas malas experiencias de las que ninguno de ustedes está exento tampoco.
Tuve que cambiar de agua para poder descansar, escapar para sobrevivir, ser lejos para poder volver a ser; viajar por lugares hasta mi propio centro, con mucho esfuerzo, muchas alegrías, aventuras, nuevos desafíos. Fui y vine, corrí, salté, nadé, huí pero estaba, volví y me alejé; después de cinco aviones, seis lanchas, infinitos taxis de un dólar cincuenta y autos compartidos con asociados que jamás volveré a ver, me (te) pregunto (en serio): "¿cuál es tu problema?".




- Decímelo, Juan...
- No es mi intención juzgarte. De hecho, no es mi estilo, Lolita.
- Me las estás mirando desde que llegué. Decímelo ya o no sigo contándote del viaje.
- ¿¿Tenías que ponerte ojotas??
Juampi se rió cuando me lo dijo, pero sé que en algún punto secreto de aquella mente llena de ideas y planes siempre divertidos, yo lo había desilusionado. Esperaba ver a la mujer que tenía guardada en su mente: una mujer de por sí alta, pero subida a tacos interesantes; le daba esa sensación de estar acompañado de una modelo. Una modelo que sin embargo reía con sus chistes verdes, los retrucaba y seguía el hilo de los acontecimientos dispares de su vida.
También esperaba algún vestido entallado, ese escote sugerente, ese bronceado parejo, luminoso, acompañado de la sombra prolija que definía dos ojos grandes y furiosos. El pelo largo, castaño a punto, movimiento justo.
En cambio, mi querido amigo recibió a un negro isleño, con ese rostizado desprolijo algo leproso ya después de varios días. "Me estoy poniendo crema, te lo juro...", fue lo que le dije cuando un pedazo de mí cayó sobre la mesa. "Te juro que es entre gracioso y trágico, pero te veo tan bien...".
Tampoco tuvo suerte con el escote, porque toda mi ropa más bonita estaba lavándose en la casa de mi mamá, por lo que vieron la luz viejos trapos que me resigno a regalar.
- Y eso que te dije que cenábamos en Puerto Madero...
- Vi un montón de gente en ojotas.
- Pero ¡son brasileros!
Sí, Buenos Aires, o por lo menos Puerto Madero, estaba lleno de brasileros. Juampi y yo nos habíamos buscado con la mirada mientras buceábamos en un mar de personas de Brasil que vacacionaban en nuestra ciudad. Una vez que llegué, pasaron cinco minutos hasta que no muy lejos pude ver a otra persona que alzaba la cabeza buscando a alguien: era mi amigo, que esquivaba a las señoras que ostentaban esa gracia carioca y algo inexplicable para mis congéneres. Finalmente, nos cruzamos y nos fundimos en un abrazo.
Juampi era el primero de mis amigos que he visto "oficialmente" desde que llegué, y esa había sido mi polémica decisión. El y yo no solíamos hablar de la vida como esa tensión que aumentaba y disminuía, como ese rincón misterioso lleno de peligros. Al contrario, y a pesar de que como todos tenía sus pesares, la vida era para él algo que no ameritaba ningún tipo de búsqueda tediosa, sino ese eterno campo de juegos, ese colchón cómodo y alegre en el que podía tener una cómoda siesta.
Volvamos a las ojotas: todavía no me sentía lo suficientemente urbana como para usar un calzado más sofisticado, y lo único que mis pies (negros, golpeados, felices) parecían aceptar, aparte de las condenadas ojotas, eran esos zapatitos de enfermera con los que iba al trabajo, que a mi me parecían divinos. Este era el motivo por el cual no entendía las cargadas de mis amigos.
Si algo aprendí de mí, es que por lo general necesito un período de adaptación gradual, y todo lo que sea violento o apresurado me desequilibra tanto que saca lo peor de mí: sí, puedo ser un pez en el agua, un pez espada, pero primero debo empezar por ser un erizo y evolucionar.
Por otro lado, no quería sentirme en Buenos Aires, así que cualquier vestigio de playa que pudiese llevar conmigo no sería abandonado aún. Llevaría la playa hasta julio si eso fuese posible. Y en estos días de calor tremendo, en medio del subte, solo llevaría un short y una remera sin mangas. Ay verano, ¡amo de ti el hecho de no tener que vestirme! No por exhibicionista, sino por vaga y cómoda.
- Volvamos a las ojotas -dijo Juampi. Y me palmeó la cabeza con delicadeza.
- ¿Me estás leyendo la mente?
- A veces sí... Nooo, veo cómo te empezás a colgar y a irte por las ramas. Después de esto, me debés el uso de unos tacos altísimos.
- Ay noo...
- Ay sí. El sábado volvés a las pistas porteñas.
Una vez logrado que Juampi no se obsesionara con mis ojotas, empecé a repasar miles de excusas para no salir. Hasta que mi mente dio con una que era de lo más real: yo tenía un cumpleaños.
- Vas a ver que terminás saliendo...
Ni siquiera tuve que exponer mi excusa. Juan Pablo siempre logra lo que quiere.
Si bien lo disimulaba, y necesitaba hablarme de ciertas cosas, estaba entusiasmado por escuchar mi relato.
Y aunque su pose era relajada sobre el sillón, al aire libre, frente al río y bajo la noche porteña, los ojos se me clavaban fijos esperando que le transmita cada sensación de haber estado en dónde estuve.
Yo seguía de cerca sus últimas confesiones: aquel hombre relajado, al que nunca le faltaba una sonrisa, se acercaba trágica e inconscientemente a ese momento en el que todo se coloca en una balanza. Nuestra mente entra en uno de sus estados más poderosos: sabemos que no es probable que en otro momento de la vida tengamos más conciencia y más capacidad que espera por ser desarrollada. Pero como nada es gratis en el universo (por suerte, lo bueno que hacemos tampoco lo es), esta época, que debería ser gloriosa, se convierte en tal por el precio de las mochilas que llevamos: esas historias de amor, de odio, de pasión, de fracaso... sí, ¡tantos fracasos! Experiencia más inteligencia más capacidad más conciencia. Todo esto, una combinación letal que nos arroja bajo el martillo de ese juez que nos declara culpables y nos sentencia a la inevitable crisis de los treinta.
Claro, a ese momento se acercaba Juampi. Sería a su manera, pero era demasiado listo e intenso como para atravesarla sin que todos sus secretos más privados se unieran para noquearlo.
- Te hablo de Galápagos -le dije, y le agarré la mano. Esa mirada que de a ratos me esquivaba tenía esa tristeza propia de los que están cayendo y aún no lo hacen.
Su silencio fue un sí.


"Todas las mañanas me despertaba temprano. El sol entraba por la pequeña ventana de mi habitación en el primer piso. Mi cuarto era todo de madera y me hacía acordar al que tenía en la casa de mi mamá. Miraba por la ventana y veía la playa, que me esperaba. Aunque a veces era tentador dar vueltas en la cama, enseguida recordaba en dónde estaba y como disparada me ponía lo primero que encontraba sobre la biquini y salía a la terraza. Desde ahí veía las playas, el mar, la iguanas que se acomodaban sobre la arena de manchas negras por la ceniza, y ellas buscaban el sol. De vez en cuando pasaba alguna persona, y como efecto dominó, ellas se iban moviendo, con algo de pereza. No me era posible pensar, creer, que hay lugares en los que no está ese olor a mar (así de metida en ese universo estaba yo), y el viento, que ahora recuerdo y extraño, en ese momento no llamaba mi atención... Ese viento marino lleno de paz, que me acompañó por tantos días en la isla Isabela, en la isla Santa Cruz.".
Juampi se rió. Pude ver en él la melancolía por aquel lugar que ni siquiera conocía. Fue extraño reconocer en él la melancolía.
"Desayunaba en la cocina que había. Pequeña. Una mujer que creo que se llamaba María y era muy amable nos traía huevos, café, pan (que se suponía que era tostado, pero lo cierto era que no), manteca.".
- ¿Nos?
"Nunca desayunaba sola. En ese hotel había solo cinco habitaciones de las cuales solo cuatro estaban habitadas: dos familias mendocinas, que de alguna manera me habían adoptado,eran quienes ocupaban dos; un italiano deportista aventurero y su lindísima novia sueca ocupaban una tercera; por último, la chica algo autista y solitaria, a la que a veces pasaba a buscar un belga, y otras un argentino igual de solitario. O sea, yo. Una vez que desayunaba y estaba lista...".
- Con lista, ¿decís?
- Shh, es suficiente información.
- No interrumpo más.
"¿Te conté que teníamos un enorme ventanal transparente por el que veíamos el mar? Yo salía, atravesaba las reposeras y la carpa abierta a modo de toldo que el hotel nos daba y en el que solían estar lo padres mendocinos, y llegaba hasta la orilla. Siempre llevaba la cámara conmigo, porque a cada paso algo nuevo sucedía. En mi playa, en el mar en el que yo nadaba a veces había pelícanos y algún lobo marino. Los lobos marinos no eran dulces, de hecho, uno casi me ataca...Me iba hacia las piedras grises oscuras llenas de puntitos rojo fuerte, que eran cangrejos. Me apuraba para alcanzarlos (aunque en Galápagos, nada se puede tocar porque te multan), a veces me golpeaba los pies... Mirá cómo me quedaron... y los cangrejos huían, en todas las direcciones. Pero jamás, en todos esos días entendí que no los iba a alcanzar: esa ilusión no se apagaba nunca, y me reía solo al verlos, pensando en que al otro día lo intentaría de nuevo... Va, otro día no, lo intentaría a cada paso.
No paraba de caminar por esas playas... Solo de vez en cuando me cruzaba a alguien. Nos mirábamos y nos saludábamos con esa complicidad que tienen las especies que no pertenecen a un lugar, pero que han sido invitadas. Por otro lado, eso generaba un sentimiento de solidaridad, parecido al que existe en los centros de esquí: delicados como somos en estado natural, debemos defendernos en ese estado salvaje en la que el hombre no tiene el absoluto control de los hechos.
- Ok, te perdí Loli. Pedimos la pizza y seguimos.


- Que bueno que comas... Eh con cuidado ese pedazo...
- Juan Pablo. Me hacés sentir una chanchita-le dije, todavía medio atragantada por el pedazo de pizza que acababa de terminar.
- A veces salgo con mujeres que no comen... Es un embole. Con vos puedo pedir una pizza entera para dos.- Y me palmeó la espalda.
- Ok... gracias por el ¿piropo?
- Me gustaría haber estado ahí.
"Una caminata por la playa era algo de otro mundo. Un día me fui en bicicleta a recorrer la isla. Casi no pasaban autos, porque hay pocos autos en todas las islas, sobre todo en Isabela, que es en la que casi no hay gente. La vegetación es como de un clima árido, hay cactus y a veces me perdía en caminos de tierra, por metros interminables: igual yo nunca dejaba de moverme y cuando me creía sola, algún insecto enorme me rondaba. Al costado, siempre alguna lagartija estaba tomando sol, vigilando mis pasos...".
- Ayy, las infinitas fotos de lagartijas. Solo a vos te parece divertido.
- Es que cada una tenía un detalle diferente. En el pecho... todos colores diferentes, miradas diferentes.
- Una lagartija no tiene cara de nada, no insistas, Lola.
Claro que él tenía razón.
- No te me enojes.
- Es difícil con vos y tu realismo.
- Igual lo lográs. Estoy ahí. Extraño. Te juro, a mi pesar, que siento que estuve ahí... y que quiero volver.
- Vamos a volver, te lo juro.
- ¿Y el día que llegaste a esa playa que era como una pileta?
- Ese día fue increíble. Me había cambiado de isla y estaba en Santa Cruz, que es una isla más habitada y con  una estructura más urbana. Si bien extrañaba Isabela y su aire de pueblo, con plaza principal alumbrada por faroles extraños que parecían palos de un viejo mago, con su bola de cristal mágica; rodeada de lugares de comidas con techos de paja y mozos que después de servirte decían "Que Dios te bendiga", Santa Cruz tenía su encanto. Nunca te conté que en Santa Cruz había bares y hasta se armaban fiestas.
- Ahí estaría yo, de cabeza.
- Igual en Isabela había dos bares: uno lo descubrimos con un amigo una noche, mientras caminábamos por la playa. Vimos una luz en el medio de la nada: se escuchaban música, risas, gente que se movía por la playa y un árbol lleno de botellas, como para no desentonar con la aventura primitiva que era vivir ahí.
- ¿Botellas?
- Sí, colgando de sus ramas, en vez de hojas.
- Anotame ahí también...
- Listo... anotado. Y había otro bar, al que fuimos la siguiente noche. Sobre un muelle, con vista al mar, al faro del que se desprendía una luz tenue. "El humito de Lost" le decíamos.
- Jajajaj, ingeniosos. Vos y tu novio galapaguense.
- Primero, éramos amigos. Segundo, es argentino.
- Bueno... pero digamos, los dos solos ahí... ¿vivían juntos?
- Nop. Cada cual en su casa.
- Pero pasaban tiempo juntos... excursiones, cenas, bares. ¿No intentó nada?
- No, Juan.
- Mmmm tu tranquilidad hacia el sexo opuesto me extraña. ¿Y el pibito de tu despedida?
- ¡Nada! ¿Me vas a preguntar por cosas del año pasado?
- Lola, el año pasado fue hace tres semanas.
Me di cuenta de que si bien siempre tuve presente mi caricaturesca exageración con respecto al tiempo, para mí había pasado un mundo en el medio. Estaba tan lejos en mi corazón de todo lo ocurrido antes del 29 de diciembre, que casi me era imposible dar explicaciones de cualquier hecho de ese entonces. Eso era bueno. Porque si bien el año duro había terminado, antes había tenido la preocupación de poder desprenderme emocionalmente de él... Bueno, parece que lo logré.
- ¿Cómo aceptó Sol no ser la primera en verte? O sea, ¿corro peligro mi vida?
Me reí. Le hice "sí" con la cabeza cuando sin hablarme me preguntó si quería otra cerveza.
- Sol me busca por acá y nos vamos caminando a su casa. Me quedo a dormir ahí.
- Ahhh... Ya me parecía.
- Igual, extraoficialmente y de manera accidental, Cata fue la primera en verme. Pasó por la casa de mi mamá ese domingo...Viste que es amiga de la familia. Aunque me hizo dejarle un esquema que le informaba detalladamente dónde iba a estar yo en cada momento, entendió que mi avión llegaba a la noche, no a la mañana.
- Me imagino su sorpresa cuando te vio.
- No lo podía creer.
- ¿Sabés algo de alguien, Lo? O sea, yo no vi a nadie.
- A ver... Santi está en Colombia.
- Lo sé... intenso.
- Aja... me extraña que aún no recibí mail de él, le debe estar "quemando" la cabeza a alguien más. Bue, Julia embarazada y padeciendo calor. Sol dice que me quiere contar algo: si me dice que está embarazada me tiro al río. Nadie sabe nada de Barbi...
- Se fue. Pero no sé adónde.
- Es raro... me preocupa. Sol quizás sepa algo.
Eso era cierto, extraño. Había recibido mails de ella, pero desde que llegué la había llamado algunas veces y no la encontré. Me imaginé que estaría con trabajo, pero al no encontrarlo a Daro tampoco, sospeché que estarían juntos por la costa (anticipo: nada de esto era así).
Juampi casi no me escuchó: no se dejaba de mirar con la moza; mejor dicho, ella no dejaba de mirar a mi lindo amigo.
- Es una desubicada -le dije, muerta de risa-. Estamos los dos solos... quizás estás conmigo. ¡Y la mina te "histeriquea"!


- ¿Interrrumpo? -nos dijo una rubia. Era Sol. Me reí. Me levanté y la abracé. Juampi nos miró con dulzura mientras nos fundíamos en un abrazo. "Estás tan lindaaa, Lola, cómo te extrañé mi amor, no me dejes más...".
Más tranquila y relajada que nunca, Sol estaba vestida de manera casera. No suelo verla así, pero como vive tan cerca, para ella, esto no era más que una caminata nocturna después de cenar.
- ¿Estás embarazada? -preguntó Juampi, con su habitual descaro y algo de celos al decirlo. Yo lo miré de reojo con una expresión de "¿qué decís?". Juampi es celoso de nosotras, tanto de Sol, de Barbi, de mi.
Ella se rió. "Estúpida", me dijo, "¿por qué andás con esa idea?".
- Porque estás misteriosa...
- Lo estoy. Pero, ¿vos y esa cara? -le dijo a Juampi, a quién miró preocupada.
- Dolor, pero no sé de dónde viene... - Se tocó el pecho al decirlo.
Sol se sentó. Los tres nos quedamos mirando el río: Juampi extrañaba algo de él; Sol estaba feliz y extraña. Yo los había extrañado tanto que entendí lo bueno de querer, de amar. En cualquier idioma, con todos los lenguajes, con todos los abrazos.
Creo que llegó ese momento: yo estoy sola.




Para ser sincera, el fantasma se había ido conmigo en el avión ese 29 de diciembre del 2011, pero en algún momento se perdió.
No fue el primer día; probablemente, tampoco el segundo. Pero un día me desperté y estaba sola y estaba feliz. El sol fue mío, las playas fueron mías. Montañita, mi primer destino, había sido un viaje a mi cabeza, a la música que suena en mi mente, y fue por esas costas que entendí que estaba sola, que ya no me iba a esperar en ningún lado. Estuve en el mejor lugar del mundo, se los aseguro.
Pero Galápagos fue un viaje a mi corazón... ese viaje que uno hace cuando ya está solo, despojado de sus demonios. Aún me estremezco al recordar la persona que fui ahí, la persona que podía ser y que finalmente soy: mis amaneceres y atardeceres; caminatas sin destino ni horario, pero que paradójicamente, me llevaban adónde quería ir a la hora exacta.
Si hago fuerza con mi mente, siento un escalofrío al recordar la sensación de la piel de la tortuga marina que permitió que la tocara... el caparazón resbaloso, los ojos amigables se fijaron en los míos. Toqué su cara, casi la abracé por detrás. Me sacaron del agua porque yo no quería salir, me había aferrado tan fuerte a ella que me hundía a su lado. Estaba congelada, y mis dedos arrugados, pero era feliz. Al volver al hotel, le dije: "Fue el mejor día de mi vida". Creo que no me entendió ni una palabra, pero se rió y se le achinaron los ojos azules.
Lo bueno de estar solo en el corazón, es que uno realmente "está" con esas personas que aparecen a cada instante. Cuando uno no lleva a su fantasma consigo, en el fondo, puede no estar solo, sino bien acompañado.
- Pocas veces fui tan feliz. No puedo creer que esto me esté pasando... -nos dijo Sol.




http://www.youtube.com/watch?v=7weusloU8Xc

viernes, 17 de febrero de 2012





Hagamos de cuenta que no sé quién soy. O mejor dicho, hagamos de cuenta que nadie sabe quién soy yo, porque personas que nunca vi en mi vida miran cómo las estoy mirando, cómo empiezo a aislarme del mundo (¡Déjenme ir!) y cómo me pierdo en mis auriculares azules. 
Sé que mis ojos son ridículamente grandes, hoy ya me lo han dicho tres veces; y sé que mi lenguaje corporal es demasiado agresivo para los ecuatorianos. Tristemente, me acerqué a uno para preguntarle dónde podía conseguir el pasaje hacia el pueblo al cual quiero ir: se alejó de mí, ¡como si yo le fuera a pegar! Poco a poco se dejó llevar por la dulzura de mi voz de pito y el bosquejo de una sonrisa amable. 
Mi "che" no lo confundió; al final se rió como esas personas que observan a los animales marinos haciendo piruetas (solo faltó su aplauso).
De todas formas, él no sabía adónde tenía que ir yo, y lo abandoné con sus onomatopeyas y sus manos que se agitaban en un "no sé" físico.

Estoy tomando una Sprite, porque es lo más familiar que encontré en la terminal. Claro, ya subida al micro me creo una reina. 
Es entonces que saco mi anotador y trato de dejarme acompañar por la música, y sobre todo, trato de evitar que alguien me hable. Obviamente, fallo, porque mi compañero de asiento insiste en presentarse.
Le esquivo la mirada y veo la terminal que aún no dejamos (¡y ya casi sé todo sobre Roberto!): los quioscos amontonados uno al lado del otro; esa especie de quiosco que no es más que un mostrador en el que se exhiben las golosinas apiladas. Lo curioso es que cada dos pasos hay uno, y (no exagero) debe haber veinte en una sola cuadra que forma la terminal de los buses que llegarán y saldrán de las puertas 20 a la 40.
La humedad ya no se siente desde mi asiento, pero la puedo ver en la cara de las personas: los hombres no son guapos (Roberto no es la excepción), y las mujeres no son feas y están muy arregladas, con los rímeles que pelean ante ese calor sofocante. El buen humor no abunda como sí lo hace la humedad . De hecho, debe existir una estrecha relación entre ambos fenómenos.
Parece ser que se ha decretado feriado en el país (algo similar a lo que debe estar sucediendo en el mío) y la terminal colapsó de gente. Gente obsesionada por viajar, por llegar a cualquier lugar que no sea esa ciudad. Estresados llegan de todas partes para arrojarse contra las ventanillas.
Algo que me llamó mucho la atención es que el grado de estrés de esta gente no es similar al grado de estrés que maneja la mía: fui testigo de una pelea entre el vendedor de boletos y un interesado en adquirirlos. No hubo gritos, nadie levantó la voz: de hecho, la tensión del momento se vivió en una verborragia de tintes caricaturescos, seguidos por un alto por parte del vendedor y una elucubración (supuestamente) amenazante: "¿Por que tú no te callas y me oyes a mí?". El comprador se fue, o más bien, escapó con el boleto, debiendo los 50 centavos de dólar que creía que no debía pagar (producto todo de la conocida avivada: todos quieren, entonces aumenta). 
Ese hombre que se había enojado es el que está sentado al lado mío. "Hola, soy Roberto", me dijo y me extendió la mano. Lejos de ser el líder sindicalista que embistió al pobre chico boletero en favor de los derechos de los trabajadores, es un pescador que ama la yanquipelículapochoclera que nos pusieron. Se ríe de a ratos y me codea cómplice.
Yo, que no sé quién soy, o más bien, nadie sabe quién soy, le sonrío de compromiso y trato de seguir escribiendo estas líneas.


Guayaquil es sucia. A medida que me alejo del centro, veo las calle llenas de basura. No hay muchas personas en la calle, pero es clara la pobreza de este país. Ahora, no soy la típica filántropa, pero me molesta cómo son las cosas. O sea, soy humana. 
Secretamente no me llama la atención y de nuevo, aunque molesta, no siento ese dolor descomunal de los que ven situaciones extremas. Termino con la conclusión (ácida) de que no siento esa espina de manera grave porque nos han acostumbrado a todo esto. Sí, me empatizo y busco en mí la solidaridad en sentimiento. Remuevo y pienso "¿Soy una buena persona o una tonta egoísta?". Me quedo sin respuesta.

El mundo es injusto (o quizás simplemente es). Y sin embargo, la naturaleza se impone frente a la suciedad: las montañas siguen en pie y el pasto esconde algo de nuestra propia basura. Pero dejamos Guayaquil, lugar al que volveré en diez días, quizás muy cambiada, o por lo menos, muy lejos de hoy. Por ahora nos acompaña una lluvia, y yo acerco mi nariz a la ventana porque me gusta sentir cómo el agua se hace presente de alguna manera, incluso a través de los cristales. El olor traspasa las barreras y mi memoria olfativa elabora esa emoción inexplicable que dura unos momentos. 
Me alejo de lo poético y sigo en mi observación: hay pocos autos, malos conductores. Roberto me vuelve a mirar. Me desconecto de mi música y con una sonrisa cómplice presto, por primera vez, atención a la película.
Al rato, yo intercambio con mi compañero opiniones de cine. 
Roberto se despide y me da la mano. "Un gusto, señorita. No se olvide de mi playa...". 
Ya pronto llegaré a destino: repaso mis pasos y me siento afortunada. Los boletos a Montañita escaseaban, pero como yo viajo sola, ese único boleto que ningún grupo quería  fue mío. "Tuviste suerte", me dijo el hombre que me lo dio. 


viernes, 10 de febrero de 2012

La hija del fletero...

Noe aterrizó en su amada Lima. Se dio cuenta de que no volvería a ser la misma. De hecho, nada volvería a ser igual.
Entendió esto con una sonrisa tímida y pícara mientras el taxi doblaba en la avenida llena de autos. La noche seca se sintió distinta a las noches húmedas del Pacífico. Había extrañado la suavidad de aquel viento sereno, y el ritmo de todas sus rutinas.
También sabía que no podría olvidar la intensidad del viento cargado de agua; de la música; las fotos imprecisas y confusas.
Todo tuvo un gusto distinto porque le dijo al buen mozo sentado al lado de ella que la despertara poco antes de aterrizar para poder ver la noche limense desde las alturas. Él le sonrió (cosa que le sorprendió: desde joven tuvo la impresión de que la gente no le sonreía nunca). Él asintió con la cabeza al mismo tiempo que arrugaba la frente, porque ella, claramente peruana, había hablado de otra manera. La nueva Noe había voseado sin ningún pudor.
En su mente cansada, sí, pero excitada por las novedades, se mezclaban las palabras, los "che" porteños que ya no escucharía, los gritos italianos, los guiños ecuatorianos, esa "s" que se perdía en susurros, las diferentes idas y vueltas del español de todos los pueblos, y ese castellano infantil bañado de inglés dulce con las palabras que habían quedado en su mente: "No regreses...". Eso había dicho ella. Y Noe entendió que nada sería lo mismo.




Se pasó la mano por la frente mojada. Se miró en el espejo, y pese a la fea luz fría que iluminaba aquel baño más que público, reflejó una imagen que lo dejó satisfecho.
Los ojos negros se detuvieron en los detalles que componían su cara: no por poético, sino, simplemente, como aquel que descubre que a pesar de la edad, las arrugas que rodean los ojos recién empiezan a asomar. Se comparó rápidamente con todos sus amigos: dejados, gordos, con patas de gallo. En cada reunión, parte del saludo inicial iba acompañado de: "Negro, ¿cómo hacés para mantenerte así? Estás hecho un pibe".
Las mujeres de sus amigos le preguntaban si acaso seguía un tratamiento especial; prometían guardar el secreto si confesaba qué extraña mezcla mantenía su piel tersa y desestresada. Él se limitaba a aconsejarles que no fumaran, que no tomaran café y que se acercaran a la medicina homeopática. Siempre, con el mismo entusiasmo, se tomaba su tiempo para explicarles cómo funcionaba el universo físico. Incluso, cuando sabía que ellas no prestaban ningún tipo de atención: en cuanto se enteraban que estar bien suponía más que frotar una crema por treinta segundos, perdían el interés. Lejos de molestarse, él les hablaba con dulzura, porque creía en que algún día entenderían. Él creía en las personas.
En una de esas charlas en las que no faltaban los recuerdos de aquellos tiempos con sabor distinto, se enteró de que su exnovia no solo había sido madre, sino que su hija tenía ya casi tres años. Ella y la niña vivían en otro país.
"Nunca nadie me contó...", dijo él.
No le habían contado porque a veces no lo incluían en aquellas conversaciones.
Ese día sintió una punzada en el pecho, de esas que había olvidado. Se sintió raro, como si hubiera habido un hueco emocional entre ese chico que intentaba hacerla feliz y ese hombre que luchaba día a día  por ser feliz. 
Peleas y reconciliaciones. La convivencia y el alejamiento gradual que se hacía inevitable. Hasta ese día en el que uno no conoce a la persona con la que come y duerme; en la que uno no se conoce, se aliena y debe huir. Las familias interviniendo... ¡qué gusto amargo dejó eso y qué olvidado había estado! El padre de ella, que había sido como un padre, lo buscaba para golpearlo.


¿Pero qué había pasado en el medio? Entre aquello y hoy.
"Tiempo", le dijo alguien. Él lo miró con asombro. "Tiempo es lo que tenemos pero no tenemos...".
El "Suizo" había llegado hacía no más de veinte minutos. 
Dany y el "Suizo" eran los que no estaban casados del grupo, las ovejas negras, los indomables, los que no tenían hijos, los que no llevaban una vida de fines de semana en plazas al sol o en los sectores de juegos en los centros comerciales; al contrario, se movían en un ambiente bohemio, con esa vida desestructurada y descontracturada.
Para ser justos, Dany siempre resaltaba que, a diferencia del "Suizo" (quien a veces saltaba de la nada con comentarios como el que le había hecho), amaba sus rutinas semanales. Esas rutinas que incluían meditación a las seis de la mañana antes de partir hacia su trabajo, en dónde, sin ningún contratiempo, cumplía las nueve horas mientras se mantenía al pie del cañón. Esas rutinas incluían también días de ayuno en el que solo se permitía líquidos y frutas. 
Luego llegaban los jueves, días de contraste y descontractura, en los que por lo general, Magui lo invitaba a algún evento: nunca faltaban ni el champán ni una buena cerveza. 
El fin de semana abría sus puertas desde el viernes: Dany se perdía en una corriente que lo llevaba de manera espontánea por bares, encuentros con artistas, cenas de madrugada y regreso al hogar en algún punto entre esas 48 horas erráticas. Claro que nunca perdía ese rumbo que lo arrojaba nuevamente al lunes con sus disciplinas sanas.


A veces, solo a veces, se sentía perdido en esas juntadas con los amigos que tenían familia. Brillaba como nadie cuando recordaban el pasado divertido y esas anécdotas que fueron trágicas en algún momento.
Toda esa vida intensa lo había encarrilado hacia ese viaje, y este personaje repasó todo esto en aquel baño de Ezeiza.


- Dany, te estás muriendo de calor... ¿no te vas a sacar la campera?- le dijo su madre, con ese aire protector pero no absorbente.
¡No se sacaría la campera! Su look era algo muy importante para él, y esa campera de cuero simbolizaba lo que era y lo que sería.
Ella no necesitó respuesta ni explicación: lo conocía desde hacía 40 años.
La abrazó. Hasta acá llegaba ella. El resto dependía de él.
Parece mentira que, aún de grandes, seguimos sorprendiéndonos, y que, a veces, hacemos cosas arriesgadas, cosas que nunca creíamos que haríamos, cosas que habíamos ido pateando pero que tanto deseamos siempre: volver por alguien, decir cosas que no nos solemos permitir, viajar por primera vez en avión.
- No vas a tener miedo, ¿no?
- Mamá, voy a estar bien. Los aviones son seguros...
- Sí, claro, pero mirá si te da un ataque de pánico ahí arriba...
- ¿Cuándo tuve un ataque de pánico?
- Nunca.
- ¿Y por qué lo tendría ahora que es uno de los mejores momentos de mi vida?


Amó cada detalle de esa primera vez en un aeropuerto: la gente que llegaba, apurada, arrastrando enormes valijas; personas con papeles y con bolsos de mano enganchados en sus hombros buscaban información sobre sus vuelos en las pantallas pequeñas que colgaban prolijas del techo blanco. Hombres y mujeres que aparecían por todas las puertas, que buscaban a sus familiares levantando la cabeza y corrían al encuentro: salían airosos con sus carritos llenos de equipaje; algunos bronceados, otros blancos como papel (de acuerdo al lugar del que venían); vestidos con shorts de jean, pantalones deportivos, trajes elegantes, vestidos; zapatillas, zapatos y ojotas. Una mujer que levantaba miradas con ese andar de pelo impecable, casi salido de una peluquería. Puestos de revistas, en el que todas parecían más interesantes de lo que cotidiana y realmente eran. Y las golosinas, sí: se veían gloriosos los Marrocs, como si fuesen los últimos del planeta. 
Ya había hecho todos los trámites previos ayudado por su madre que custodiaba los bolsos: de esa manera, Dany, había podido leer tranquilo su libro mientras esperaba su turno. Claro que cada detalle de lo que sucedía a su alrededor lo distrajo. Con una sonrisa baja, cerró la tapa y se dispuso a observar: amó cada detalle de esa primera vez en un aeropuerto... 
Frente a la mirada de su madre, entró en la sala de preembarque. Ella siguió cada uno de sus movimientos después de esconderse atrás de un grupo de personas.
Dany nunca supo cómo su "vieja" lo miraba. Una lágrima privada de alegría por parte de ella, un respiro lleno de amor; y luego, se fue, volvió al auto donde la esperaba su marido.


"C6", se dijo en voz baja al ubicar el asiento que le había tocado en suerte. Su compañero era un muchacho, quizás una década más joven que él, que hablaba por celular tratando de esquivar la mirada inquisitiva de la azafata que empezaba a pedir que apagaran los equipos eléctricos.
- Tengo miedo, Lo... Sé que soy pesado... que no va a pasar nada. 
Dany lo miró asombrado: él creía que era el único que tenía miedo. Bien oculto, pero miedo en fin. Le gustó saber que hay gente valiente en todos lados: gente que sabe tener miedo y sabe compartirlo. Eso debilita el miedo.
- ¿Primera vez en un avión?- le preguntó al muchacho.
- Nooo, ni en pedo... - contestó él, casi sin mirarlo. Se veía ansioso;  parecía una persona ansiosa, de hecho.
Aunque por un momento se arrepintió de haber iniciado una conversación, un minuto después, su compañero de avión enseñó una mirada amable: "Estoy preocupado porque voy a Colombia a buscar a alguien... a una mujer. Supongo que me preguntabas por lo que escuchaste...".
- Claro -contestó Dany.-. Dany, y es mi primera vez en un avión. La primera vez que salgo de este país, aunque no lo creas-. Y le estiró la mano.
- ¡No te lo puedo creer! Y yo con miedo por una mina...
- Yo no te puedo creer a vos. Y yo con miedo nada más que por viajar en avión...
- ¿Vas a buscar a alguien?
- Sí, por supuesto. 
- ¿Una chica?
- No, a mí mismo.
- ¡Hay que festejar entonces que finalmente estás en viaje! Yo soy Santiago. ¡Un gusto, Dany!




"Qué me importa lo que piense la gente... OJO, encontrar el punto justo entre que importe lo que importa y cagarse en lo que no importa, esa es la idea. Pero es como estar en una calesita en la que solo hay que sacar las sortijas de un determinado color y la verdad es que uno es medio daltónico y, encima, los colores son parecidos entre sí.
Todo el tiempo pierdo y no saco la que corresponde... y sin embargo, después de intentarlo, empiezo a encontrarle la mano y mis ojos se agudizan y saben distinguir el color correcto. Eso mismo hace que los colores sean distintos y pueda prepararme mejor para llevarme el premio. Acá estoy ahora, sentado, en el avión. Creo que acabo de sacar la sortija correcta. Estoy bien. De hecho, soy muy feliz.".
Eso escribió Dany, "el Negro", en un papel. Cerró los ojos y respiró hondo.





viernes, 3 de febrero de 2012

Cuando soy lagarto

Me deshago poeta en mis propias manos.
Mis palabras son de aire, porque no tengo palabras.
Camino en los confines de mi propia historia,
y miro de cara a la melancolía.


Cerca de este mar, no tiene fuerza lo que duele,
un farol en la noche ilumina una luna como maqueta de mis cuentos.
Me vuelvo a deshacer en sus palabras,
y siento que no sé dónde estoy.


No me envuelve ningún tipo de conciencia,
solo existo en esa mañana solitaria.
Una mano me recuerda cuál es mi especie,
y logro articular estas pocas coherencias.


Un hilo lleno de sol y luminosidad
me ata en mi corazón.
Recordaré que anduve por mares de criaturas mitológicas
(protegida en su abrazo),


Recordaré cuáles son las cosas que me salen bien,
porque bailé con un hombre de la isla de Pascua.
Un rey comunista me dio un amuleto de la suerte,
mientras lo viejo y lo nuevo se fundían en ese tambor que suena lejos
(¿o era mi corazón?).


Porque terminé con lo malo en una hoguera gigante,
y reinicié mi vida rodeada de piratas.
Porque perdí cosas que no importaban,
pero me importaron las cosas que no perdí.


Que a veces soy sueño y no mal recuerdo,
y que el mejor lugar del mundo es en muchos lugares a la vez.


Cuando fui lagarto fui reina.
Me lo dijo el viento en la playa.
Me subí a la bicicleta.
Y llegué a la mitad de mi propio mundo.


Tan frágil que desaparezco en el aire...
cuando vuelva, seré la reina.
Cuánto hay de mí en vos.





Gracias http://www.flickr.com/people/mesuenolosdedos/